Las potencias regionales construyen su propio equilibrio mientras Washington deja de ser el árbitro indiscutible
Durante décadas, prácticamente cualquier transformación importante en Oriente Medio terminaba pasando por Washington. Estados Unidos protegía las rutas energéticas, garantizaba la seguridad de las monarquías del Golfo, respaldaba militarmente a Israel, contenía a Irán y utilizaba una combinación de diplomacia, bases militares y poder económico para ordenar los equilibrios regionales. Ese sistema no ha desaparecido, pero está dejando de funcionar como antes. Israel actúa con una autonomía creciente, Arabia Saudí desarrolla una política exterior menos dependiente de Washington, Turquía busca convertirse en potencia regional, los Emiratos Árabes Unidos multiplican sus alianzas, Irán conserva capacidad para alterar el equilibrio de seguridad y China ha demostrado que puede ocupar espacios diplomáticos antes reservados a Estados Unidos. Oriente Medio no está entrando en una era sin presencia estadounidense, sino en algo mucho más importante: una etapa en la que Washington ya no puede decidir por sí solo las reglas del juego.
EL FINAL DEL ÁRBITRO ÚNICO
La hegemonía estadounidense en Oriente Medio nunca fue absoluta, pero durante buena parte del periodo posterior a la Guerra Fría ningún otro actor disponía de una capacidad comparable para influir simultáneamente sobre seguridad, energía, diplomacia y economía. La Guerra del Golfo de 1991 representó probablemente el momento culminante de ese modelo: Washington fue capaz de construir una enorme coalición internacional para expulsar a Irak de Kuwait y establecer después una arquitectura regional sostenida por su presencia militar.
Tres décadas de conflictos han erosionado esa posición. Irak y Afganistán demostraron los límites de la intervención militar; las sucesivas crisis regionales redujeron la disposición estadounidense a asumir nuevas operaciones prolongadas y la creciente importancia estratégica de China desplazó progresivamente el centro de atención de Washington hacia Asia.
Estados Unidos continúa disponiendo de bases, fuerzas militares y alianzas decisivas en Oriente Medio. La diferencia es que sus socios ya no consideran necesariamente que la relación con Washington deba excluir otras opciones. Arabia Saudí puede mantener su asociación estratégica con Estados Unidos mientras profundiza sus relaciones económicas con China. Emiratos puede cooperar militarmente con Washington y desarrollar simultáneamente vínculos tecnológicos y comerciales con Pekín. Turquía pertenece a la OTAN mientras mantiene una política exterior que en numerosas ocasiones contradice las prioridades occidentales.
La región ha aprendido a diversificar.
ARABIA SAUDÍ YA NO QUIERE SER SOLAMENTE UN ALIADO
Riad representa quizá mejor que ningún otro actor esta transformación. Durante décadas funcionó una ecuación relativamente sencilla: Estados Unidos proporcionaba seguridad y Arabia Saudí garantizaba estabilidad energética. La relación atravesó numerosas crisis, pero el fundamento estratégico permaneció.
Mohamed bin Salman está modificando esa lógica. Arabia Saudí aspira a convertirse en una potencia autónoma capaz de mantener relaciones simultáneas con Washington, Pekín, Moscú y sus vecinos regionales. Su transformación económica necesita inversiones, tecnología y estabilidad, lo que obliga a desarrollar una política exterior mucho más pragmática.
La reconciliación diplomática con Irán, facilitada por China en 2023, constituyó una señal especialmente importante. No convirtió a Teherán y Riad en aliados ni eliminó su rivalidad, pero demostró que Arabia Saudí estaba dispuesta a utilizar canales diplomáticos ajenos a Estados Unidos para reducir tensiones regionales.
Riad quiere además desempeñar un papel de mediación en conflictos internacionales y convertirse en centro económico y diplomático entre Europa, Asia y África. La estrategia saudí no pretende expulsar a Estados Unidos de Oriente Medio. Pretende evitar depender exclusivamente de él.
Ese matiz define buena parte del nuevo orden regional.
ISRAEL TAMBIÉN ACTÚA CON MAYOR AUTONOMÍA
Israel continúa siendo el aliado más estrecho de Estados Unidos en Oriente Medio y la cooperación militar entre ambos países sigue siendo extraordinaria. Pero los últimos conflictos han demostrado que disponer de una alianza privilegiada con Washington no significa aceptar automáticamente sus preferencias políticas.
Israel considera que determinados riesgos regionales afectan directamente a su supervivencia y, por tanto, está dispuesto a actuar incluso cuando esas decisiones generan incomodidad entre sus aliados. Irán ocupa el centro de esa doctrina. Para Israel, impedir que Teherán alcance capacidades estratégicas capaces de alterar definitivamente el equilibrio regional constituye una prioridad que puede imponerse sobre otras consideraciones diplomáticas.
La consecuencia es una relación paradójica. Israel necesita el respaldo militar, tecnológico y diplomático estadounidense, mientras Washington dispone de una capacidad limitada para condicionar algunas decisiones israelíes cuando Jerusalén considera que afectan a su seguridad esencial.
Al mismo tiempo, los Acuerdos de Abraham demostraron que Israel puede construir relaciones directas con actores árabes a partir de intereses compartidos en comercio, tecnología, inversión y seguridad. Aunque el conflicto palestino continúa limitando profundamente ese proceso, la lógica regional está cambiando: las alianzas ya no se construyen exclusivamente alrededor de la posición respecto a Israel, sino también mediante amenazas e intereses comunes.
TURQUÍA, IRÁN Y EMIRATOS JUEGAN SU PROPIA PARTIDA
La desaparición de una disciplina regional organizada alrededor de Washington ha abierto espacio para otras potencias. Turquía desarrolla desde hace años una estrategia destinada a recuperar influencia sobre Oriente Medio, el Cáucaso, Asia Central y el Mediterráneo. Su pertenencia a la OTAN no le impide negociar con Rusia, competir con Irán o mantener una relación extraordinariamente compleja con Israel.
Emiratos Árabes Unidos sigue una estrategia diferente, basada en poder financiero, inversiones, tecnología, puertos y presencia diplomática. Su reducido tamaño no le ha impedido convertirse en uno de los actores más activos de la región y extender su influencia hacia África y el océano Índico.
Irán representa el polo más conflictivo de este sistema. Las sanciones y las confrontaciones militares han limitado su capacidad económica, pero no han eliminado su influencia regional. Su posición geográfica, sus capacidades militares y sus relaciones con diferentes actores armados continúan permitiéndole condicionar la seguridad de Oriente Medio y, especialmente, uno de los puntos más sensibles de la economía mundial: el estrecho de Ormuz.
Ninguno de estos países posee capacidad para sustituir a Estados Unidos. Pero tampoco necesita hacerlo. El nuevo Oriente Medio no parece dirigirse hacia una hegemonía alternativa, sino hacia un equilibrio entre varias potencias regionales.
CHINA ESPERA SIN NECESIDAD DE DOMINAR
Pekín constituye la gran novedad exterior. China necesita la energía del Golfo, mantiene importantes relaciones comerciales con Arabia Saudí, Emiratos e Irán y quiere garantizar que Oriente Medio permanezca suficientemente estable para proteger sus intereses económicos.
Su estrategia es muy diferente de la estadounidense. China no mantiene una arquitectura militar comparable ni parece dispuesta a asumir el coste de convertirse en garante general de la seguridad regional. Prefiere comercio, infraestructuras, inversión y diplomacia.
Esa menor implicación militar puede convertirse incluso en una ventaja. Pekín puede hablar con países enfrentados entre sí porque evita exigir el tipo de alineamiento estratégico que tradicionalmente acompañó a las alianzas estadounidenses. La mediación entre Arabia Saudí e Irán mostró las posibilidades de esa estrategia.
Sin embargo, existe un límite evidente. Facilitar acuerdos diplomáticos es mucho más sencillo que garantizar su cumplimiento cuando aparece una crisis militar. Si China pretende aumentar su influencia, llegará un momento en que tendrá que decidir cuánto riesgo está dispuesta a asumir para proteger el orden del que también se beneficia.
Por ahora puede permitirse algo mucho más cómodo: ampliar su presencia mientras Estados Unidos continúa soportando una parte importante del coste de seguridad regional.
UN ORIENTE MEDIO SIN HEGEMONÍA
La transformación fundamental no consiste, por tanto, en la retirada de Estados Unidos. Washington seguirá siendo durante mucho tiempo la principal potencia militar exterior de Oriente Medio y conservará relaciones estratégicas difíciles de reproducir para China, Rusia o cualquier otro actor.
Lo que está desapareciendo es su capacidad para estructurar por sí solo el comportamiento de la región.
Arabia Saudí, Turquía, Israel, Irán y Emiratos han desarrollado agendas propias. China ofrece una alternativa económica y diplomática. Rusia conserva determinadas capacidades pese al desgaste provocado por Ucrania. India aumenta su presencia económica y los Estados del Golfo disponen de recursos suficientes para construir políticas exteriores mucho más ambiciosas.
El resultado será probablemente un Oriente Medio más autónomo, pero no necesariamente más estable. Un sistema con varios centros de poder puede favorecer acuerdos pragmáticos porque obliga a negociar, pero también aumenta el riesgo de errores de cálculo cuando ninguna potencia dispone de autoridad suficiente para contener una escalada.
Durante décadas, la pregunta fundamental ante cada crisis regional era qué haría Estados Unidos. Esa pregunta sigue siendo importante, pero ya no es suficiente.
Ahora también importa qué decidirá Riad, hasta dónde llegará Israel, qué pretende Ankara, cómo responderá Teherán, qué papel asumirán los Emiratos y cuánto espacio está dispuesto a ocupar Pekín.
Ese cambio define la nueva era. Estados Unidos continúa en Oriente Medio, pero Oriente Medio empieza a aprender a vivir sin esperar siempre la decisión de Estados Unidos.
CONTEXTO
La diversificación de alianzas de las monarquías del Golfo, la autonomía creciente de las potencias regionales y la expansión económica y diplomática china están modificando el sistema de poder que dominó Oriente Medio durante las últimas décadas.
IMPLICACIONES
Washington conserva una capacidad militar y diplomática incomparable, pero sus aliados disponen de más alternativas y desarrollan políticas exteriores propias. El resultado es un sistema regional menos dependiente de una única potencia exterior.
PERSPECTIVAS
Oriente Medio se dirige hacia un equilibrio multipolar donde Estados Unidos seguirá siendo imprescindible sin ser omnipotente. La gran incógnita es si esa distribución del poder generará una mayor capacidad regional para resolver conflictos o un escenario más inestable en el que ninguna potencia pueda contener por sí sola las próximas crisis.
