Análisis | Rusia empieza a perder su propio imperio

Departamento de Análisis del grupo Prensamedia

Vladimir Putin.

La guerra de Ucrania debilita la influencia de Moscú entre sus antiguos aliados

Vladímir Putin inició la guerra de Ucrania con una ambición que iba mucho más allá del territorio ucraniano. Rusia pretendía demostrar que seguía siendo la potencia dominante del espacio surgido de la desaparición de la Unión Soviética y que Occidente no podía continuar avanzando sobre una región que Moscú considera parte esencial de sus intereses estratégicos. Más de cuatro años después, comienza a aparecer una paradoja histórica: mientras Rusia concentra enormes recursos militares, económicos y políticos en Ucrania, algunas de las antiguas repúblicas soviéticas están aprovechando precisamente esa situación para aumentar su autonomía. China expande su influencia en Asia Central, Turquía fortalece sus relaciones con las repúblicas túrquicas, Armenia se distancia de Moscú y Kazajistán desarrolla una política exterior cada vez más independiente. Rusia conserva una capacidad militar formidable y continúa siendo un actor imprescindible en Eurasia, pero su condición de potencia indiscutible sobre el antiguo espacio soviético empieza a erosionarse. La guerra concebida para reconstruir la esfera de influencia rusa puede terminar acelerando su descomposición.

EL ESPACIO POSTSOVIÉTICO YA NO PERTENECE SOLAMENTE A MOSCÚ

Durante las décadas posteriores a la desaparición de la URSS, Rusia mantuvo una posición privilegiada sobre buena parte de las antiguas repúblicas soviéticas. No necesitaba controlarlas directamente para conservar una enorme influencia. Los vínculos económicos, energéticos y culturales, la presencia de importantes comunidades rusoparlantes, las infraestructuras heredadas de la Unión Soviética y, sobre todo, la capacidad militar rusa convertían a Moscú en el interlocutor inevitable para los gobiernos de la región.

La Organización del Tratado de Seguridad Colectiva permitió además construir una estructura militar alrededor de Rusia, mientras la Unión Económica Euroasiática intentaba ofrecer una dimensión económica a esa esfera de influencia. Durante años, Moscú presentó estos mecanismos como prueba de que seguía articulando políticamente el espacio postsoviético.

Pero el equilibrio está cambiando. Las repúblicas centroasiáticas han descubierto que pueden mantener sus relaciones con Rusia mientras amplían simultáneamente sus vínculos con China, Turquía, la Unión Europea, los países del Golfo y Estados Unidos. Kazajistán, Uzbekistán, Kirguistán, Tayikistán y Turkmenistán poseen recursos energéticos, minerales críticos y una posición geográfica que los convierte en socios cada vez más importantes dentro de las nuevas rutas comerciales entre Asia y Europa.

La consecuencia es una progresiva diversificación de dependencias. Rusia continúa siendo importante, pero empieza a dejar de ser imprescindible.

CHINA PENETRA EN EL CORAZÓN DE ASIA CENTRAL

Ningún país está aprovechando mejor esta transformación que China. Pekín lleva años desarrollando inversiones, infraestructuras y relaciones comerciales en Asia Central, pero la guerra de Ucrania ha acelerado una tendencia que ya estaba en marcha. Para China, la región tiene una importancia extraordinaria: proporciona energía y materias primas, constituye una pieza fundamental de las conexiones terrestres de la Franja y la Ruta y ofrece profundidad estratégica en su frontera occidental.

La relación entre Rusia y China en Asia Central resulta especialmente interesante porque combina cooperación y competencia. Ambos países comparten el objetivo de limitar la influencia occidental y presentan públicamente su relación como una asociación estratégica. Moscú conserva ventajas importantes en seguridad, lengua, migración laboral y conexiones históricas, mientras Pekín dispone de una capacidad económica incomparablemente mayor.

Durante años funcionó una especie de reparto informal: Rusia proporcionaba seguridad y China inversión. Esa división resulta cada vez menos clara. Pekín desarrolla relaciones políticas directas con los gobiernos centroasiáticos y construye corredores comerciales que permiten reducir la dependencia de las rutas tradicionales controladas por Rusia.

Moscú difícilmente puede enfrentarse abiertamente a esa expansión. Necesita a China como socio económico y diplomático frente a Occidente y depende cada vez más del mercado chino para compensar parcialmente las consecuencias de las sanciones. La relación de fuerzas se ha modificado. Rusia continúa siendo una gran potencia, pero en Asia Central debe compartir un espacio que durante décadas consideró prácticamente propio.

ARMENIA DEMUESTRA LOS LÍMITES DE LA PROTECCIÓN RUSA

Si Asia Central muestra la creciente competencia económica, Armenia representa un problema todavía más profundo: la pérdida de confianza en Rusia como garante de seguridad.

Durante décadas, Ereván mantuvo una relación extraordinariamente estrecha con Moscú. Armenia pertenecía a la Organización del Tratado de Seguridad Colectiva, acogía presencia militar rusa y consideraba a Rusia el principal contrapeso frente a Azerbaiyán y Turquía. Ese sistema comenzó a quebrarse después de las sucesivas crisis en Nagorno Karabaj y, especialmente, tras la ofensiva azerbaiyana de 2023 que terminó con el control de Bakú sobre el enclave.

El Gobierno armenio llegó progresivamente a la conclusión de que la alianza rusa no proporcionaba la protección esperada. Desde entonces ha congelado de hecho su participación en la OTSC, ampliado sus relaciones con la Unión Europea y Estados Unidos y desarrollado nuevos contactos con otros socios internacionales. El proceso no significa una ruptura inmediata con Moscú, porque los vínculos económicos y geográficos continúan siendo importantes, pero sí demuestra algo que puede resultar mucho más perjudicial para la influencia rusa: un aliado histórico ha empezado a buscar alternativas.

La credibilidad de una potencia no depende solamente de su capacidad para desplegar fuerza, sino también de la confianza de sus aliados en que esa fuerza será utilizada cuando resulte necesaria. Rusia ha demostrado en Ucrania que puede sostener una guerra extraordinariamente costosa, pero al mismo tiempo ha mostrado que sus prioridades estratégicas pueden dejar en segundo plano las necesidades de otros socios.

KAZAJISTÁN APRENDE A DECIR NO

Kazajistán constituye probablemente el caso más delicado para Moscú. Comparte una frontera de aproximadamente 7.600 kilómetros con Rusia, mantiene importantes vínculos económicos y alberga una numerosa población de origen ruso. Su Gobierno conoce perfectamente la necesidad de evitar una confrontación directa con el Kremlin, pero durante los últimos años ha desarrollado una diplomacia cada vez más autónoma.

Astaná no reconoció las anexiones rusas de territorios ucranianos y ha intentado mantener relaciones tanto con Moscú como con Occidente y China. Al mismo tiempo, busca diversificar sus rutas de exportación energética para reducir la dependencia de las infraestructuras rusas y participa activamente en el desarrollo del denominado Corredor Medio, que conecta Asia con Europa a través del mar Caspio, el Cáucaso y Turquía.

La importancia de estos movimientos no reside en que Kazajistán esté convirtiéndose en un adversario de Rusia. Precisamente ocurre lo contrario. Quiere mantener una buena relación con Moscú, pero ya no desea que esa relación determine completamente su política exterior.

Ese comportamiento empieza a extenderse por toda Asia Central. Los gobiernos de la región practican una diplomacia multivectorial que les permite negociar simultáneamente con Rusia, China, Turquía, Europa y Estados Unidos. Cuantas más alternativas poseen, menor es la capacidad de Moscú para imponer condiciones.

Para Rusia, el problema no es perder completamente estos países. Es dejar de ser la potencia a la que todos ellos deben acudir primero.

PUTIN QUERÍA RECONSTRUIR UNA ESFERA DE INFLUENCIA

La paradoja resulta especialmente significativa porque la recuperación de influencia sobre el antiguo espacio soviético ha sido una de las grandes obsesiones estratégicas de Putin. El Kremlin considera la desaparición de la URSS no solamente como un acontecimiento histórico, sino como el origen de un desequilibrio que permitió a Estados Unidos y Europa expandir su influencia hacia el este.

Georgia en 2008, Crimea en 2014 y finalmente la invasión de Ucrania en 2022 pueden interpretarse dentro de esa misma lógica: impedir que territorios considerados estratégicos por Moscú abandonen definitivamente su órbita.

Pero una esfera de influencia no puede mantenerse únicamente mediante capacidad militar. Necesita también atractivo económico, instituciones, alianzas fiables y la percepción de que permanecer dentro de ella proporciona más ventajas que buscar alternativas.

Ahí aparece la principal debilidad rusa. Mientras Moscú dedica una parte extraordinaria de sus recursos a la guerra, China puede ofrecer inversiones, Turquía conexiones comerciales, la Unión Europea acceso a mercados y los países del Golfo capital. Incluso Estados tradicionalmente cercanos a Rusia encuentran ahora oportunidades para ampliar sus márgenes de maniobra.

El problema puede agravarse cuando termine la guerra. Independientemente de cuál sea el resultado territorial en Ucrania, Rusia tendrá que reconstruir capacidades económicas, militares y diplomáticas mientras compite con actores que han aprovechado estos años para consolidar posiciones en regiones que antes estaban dominadas por Moscú.

GANAR TERRITORIO Y PERDER INFLUENCIA

Sería prematuro anunciar el final del poder ruso sobre Eurasia. Rusia mantiene enormes recursos energéticos, armas nucleares, una poderosa estructura militar y profundos vínculos históricos con sus vecinos. Millones de ciudadanos centroasiáticos trabajan en Rusia y las economías regionales continúan dependiendo en diferente medida del comercio, las remesas y las infraestructuras rusas. Moscú conserva, por tanto, instrumentos suficientes para seguir siendo una potencia decisiva.

Lo que está desapareciendo es algo diferente: su exclusividad.

El antiguo espacio soviético está convirtiéndose progresivamente en un territorio de competencia entre varias potencias. China domina cada vez más la dimensión económica; Turquía desarrolla influencia cultural y estratégica; Europa intenta abrir corredores comerciales y energéticos; y los propios Estados de la región han aprendido a utilizar esa competencia para ampliar su autonomía.

Putin quería demostrar en Ucrania que Rusia seguía teniendo derecho a decidir sobre el orden estratégico de su vecindad. Puede terminar demostrando justamente lo contrario: que incluso los países históricamente más vinculados a Moscú tienen ahora suficientes alternativas para construir políticas exteriores propias.

Rusia puede conseguir ganancias territoriales en Ucrania y, simultáneamente, perder influencia en otros lugares. Ambas cosas no son incompatibles.

Y ahí reside quizá una de las consecuencias geopolíticas más profundas de esta guerra. Moscú puede ganar kilómetros y perder un imperio.

CONTEXTO

La prolongación de la guerra de Ucrania coincide con una creciente diversificación de las relaciones exteriores de las antiguas repúblicas soviéticas. China, Turquía, Europa y otros actores amplían su presencia en regiones donde Rusia mantuvo durante décadas una posición predominante.

IMPLICACIONES

La erosión de la influencia rusa no significa la desaparición de Moscú como gran potencia euroasiática, pero sí el final progresivo de su exclusividad. Asia Central y el Cáucaso están convirtiéndose en espacios donde varios actores compiten por energía, infraestructuras, comercio, seguridad e influencia política.

PERSPECTIVAS

El resultado estratégico de la guerra de Ucrania no podrá medirse solamente por los territorios controlados. Si Rusia termina el conflicto con una mayor presencia territorial en Ucrania pero con menor capacidad para condicionar a sus antiguos aliados, Putin habrá conseguido exactamente la paradoja que pretendía evitar: recuperar parte del espacio soviético mientras pierde buena parte de su antigua esfera de influencia.

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