Análisis | China empieza a construir su propio orden mundial

Departamento de Análisis del grupo Prensamedia

La fotografía de Biskek contiene buena parte de la transformación que está experimentando el sistema internacional. Xi Jinping, Vladímir Putin, Narendra Modi y Masoud Pezeshkian han coincidido esta semana en la cumbre de la Organización de Cooperación de Shanghái junto a dirigentes de las principales potencias de Asia Central y otros socios de una organización que representa ya alrededor del 43% de la población mundial. Lo importante, sin embargo, no es solamente quién estaba en la sala, sino lo que China intenta construir alrededor de ella. Pekín está desarrollando progresivamente una arquitectura internacional formada por instituciones, corredores comerciales, financiación, cooperación tecnológica y alianzas flexibles capaces de funcionar con menor dependencia de Occidente. No pretende reproducir exactamente el sistema de bloques de la Guerra Fría ni convertir a todos sus socios en aliados políticos. India mantiene profundas diferencias con China; Rusia quiere conservar su propia esfera de influencia; Irán persigue sus intereses particulares y las repúblicas centroasiáticas buscan relacionarse simultáneamente con varias potencias. Precisamente ahí reside la novedad: China no necesita que todos compartan su visión del mundo. Le basta con que una parte creciente del planeta considere que existen alternativas al orden construido alrededor de Estados Unidos y sus aliados.

BISKek COMO ESCAPARATE DEL MUNDO MULTIPOLAR

La Organización de Cooperación de Shanghái nació hace veinticinco años vinculada fundamentalmente a cuestiones de seguridad regional y cooperación entre China, Rusia y las antiguas repúblicas soviéticas de Asia Central. Desde entonces ha experimentado una transformación extraordinaria. India y Pakistán se incorporaron en 2017, Irán lo hizo posteriormente y Bielorrusia amplió todavía más su dimensión política. La cumbre de Biskek ha reunido a los diez Estados miembros y, mediante el formato SCO Plus, ha extendido la conversación a países como Turquía, Armenia, Azerbaiyán, Egipto, Vietnam o Mongolia. Al término de la reunión se aprobaron 28 documentos y la agenda abarcó seguridad, comercio, inversión, energía, industria, nuevas tecnologías y cooperación internacional.

Pero la importancia de la organización no debe medirse exclusivamente por sus declaraciones. La SCO continúa siendo extraordinariamente heterogénea y contiene rivalidades importantes entre algunos de sus propios integrantes. India y Pakistán mantienen una relación históricamente conflictiva; Nueva Delhi observa con recelo la creciente influencia china en Asia; Moscú y Pekín cooperan, pero también compiten silenciosamente por influencia en Asia Central. La organización carece además de la cohesión política y militar de estructuras occidentales como la OTAN.

Ese aparente defecto puede constituir, paradójicamente, una de sus fortalezas. China está promoviendo un modelo internacional que no exige grandes niveles de integración política. Los participantes pueden mantener diferencias entre ellos y, al mismo tiempo, cooperar en energía, infraestructuras, seguridad, comercio o tecnología. La declaración de Biskek volvió a defender expresamente un mundo multipolar y una mayor capacidad de decisión para los países no occidentales. No estamos todavía ante un nuevo orden internacional completamente construido, pero sí ante la creación de espacios donde ese orden empieza a ensayarse.

CHINA NO QUIERE SUSTITUIR A ESTADOS UNIDOS DE LA MISMA MANERA

Durante años se ha interpretado el ascenso chino mediante una pregunta sencilla: cuándo superará China a Estados Unidos. Probablemente esa formulación resulte insuficiente. Pekín no necesita reproducir exactamente el sistema de alianzas construido por Washington después de 1945 para aumentar su influencia. Estados Unidos desarrolló una extensa red de alianzas militares, instituciones económicas y compromisos de seguridad. China está siguiendo un camino diferente, basado en relaciones mucho más flexibles donde infraestructura, comercio, financiación y tecnología ocupan un lugar central.

La Iniciativa de la Franja y la Ruta fue la primera gran manifestación de esa estrategia. Puertos, ferrocarriles, carreteras, redes energéticas y corredores logísticos conectaron progresivamente a China con Asia Central, Oriente Medio, África y Europa. A ello se añadieron instituciones financieras propias y una presencia creciente en organismos internacionales. La Organización de Cooperación de Shanghái proporciona ahora otra dimensión: un espacio político donde China puede presentar su visión sobre seguridad y gobernanza mundial.

El objetivo no consiste necesariamente en destruir las instituciones existentes. Pekín reclama una redistribución del poder dentro de ellas mientras desarrolla simultáneamente mecanismos alternativos. La propia reunión SCO Plus celebrada en Biskek estuvo dedicada al papel de Naciones Unidas dentro de un “orden mundial justo” y a la contribución de los países de la organización a la construcción de un sistema multipolar. China puede defender la ONU y al mismo tiempo cuestionar un reparto de influencia internacional que considera excesivamente favorable a Occidente. citeturn0search0

Esta estrategia resulta especialmente atractiva para muchos países del denominado Sur Global. No necesariamente quieren convertirse en aliados de China, pero tampoco desean tener que elegir permanentemente entre Washington y Pekín. Buscan inversiones, acceso a mercados y capacidad para mantener relaciones simultáneas con diferentes potencias. China les ofrece precisamente esa posibilidad.

INDIA DEMUESTRA QUE EL NUEVO BLOQUE NO ES REALMENTE UN BLOQUE

La presencia de Narendra Modi junto a Xi y Putin resulta especialmente significativa. India mantiene una relación estratégica cada vez más estrecha con Estados Unidos y participa junto a Washington, Japón y Australia en el Quad, uno de los mecanismos destinados a equilibrar el creciente poder chino en el Indo-Pacífico. Al mismo tiempo, compra grandes cantidades de petróleo ruso, pertenece a los BRICS y participa activamente en la Organización de Cooperación de Shanghái.

Desde una lógica de bloques tradicionales, esa política parece contradictoria. Desde la lógica del nuevo mundo multipolar resulta perfectamente coherente.

India no quiere sustituir una dependencia por otra. Aspira a convertirse en una gran potencia autónoma capaz de cooperar con Estados Unidos frente a China cuando sus intereses coinciden, mantener relaciones económicas con Rusia, participar en instituciones impulsadas por Pekín y conservar simultáneamente su propia capacidad de decisión. La cumbre ha mostrado precisamente esa autonomía: Modi pidió ante Putin avanzar hacia el final de la guerra de Ucrania mientras India continúa manteniendo importantes relaciones energéticas con Moscú.

Este comportamiento ayuda a entender por qué resulta impreciso describir la SCO como una especie de OTAN antioccidental. Sus miembros no comparten una estrategia común contra Estados Unidos. Comparten algo más difuso pero igualmente importante: la voluntad de disponer de mayor margen frente a un sistema internacional dominado durante décadas por Washington.

China parece haber entendido esa transformación mejor que nadie. No pide necesariamente fidelidad. Ofrece plataformas.

RUSIA E IRÁN NECESITAN A CHINA MÁS DE LO QUE CHINA LOS NECESITA

Biskek también ha mostrado la creciente asimetría dentro del espacio euroasiático. Rusia continúa siendo una potencia militar y nuclear imprescindible, pero la guerra de Ucrania, las sanciones occidentales y sus dificultades económicas han aumentado considerablemente su dependencia de las relaciones con China e India. Putin utilizó la cumbre para reclamar mecanismos financieros menos expuestos a las sanciones occidentales y volvió a defender una arquitectura económica capaz de reducir la utilización del sistema financiero como instrumento de presión internacional.

Irán se encuentra en una posición todavía más vulnerable. El enfrentamiento con Estados Unidos y las sanciones convierten las relaciones con China y Rusia en una necesidad estratégica. La declaración de Biskek expresó preocupación por la situación alrededor de Irán y condenó los ataques contra territorio iraní, mostrando hasta qué punto la organización puede ofrecer respaldo político a países enfrentados con Washington.

Pero China mantiene una diferencia fundamental respecto a sus socios. No necesita que la confrontación con Occidente sea permanente. Su economía continúa profundamente conectada con los mercados internacionales y Estados Unidos sigue siendo un interlocutor indispensable. Xi puede aparecer junto a Putin, Modi y Pezeshkian en Biskek y preparar al mismo tiempo una reunión con Donald Trump. Esa aparente contradicción constituye en realidad el núcleo de su estrategia.

Pekín quiere liderar el mundo no occidental sin romper con el occidental.

LA BATALLA NO SERÁ POR DOMINAR EL MUNDO, SINO POR CAMBIAR SUS REGLAS

La gran transformación internacional probablemente no conducirá a un planeta dividido limpiamente entre un bloque estadounidense y otro chino. Todo apunta hacia algo mucho más complejo: un sistema donde numerosas potencias medianas intentarán relacionarse simultáneamente con varios centros de poder. Turquía, Arabia Saudí, India, Brasil, Indonesia, Sudáfrica o los países de Asia Central quieren aumentar precisamente esa autonomía.

China está construyendo una arquitectura especialmente adecuada para ese mundo. La SCO, los BRICS, la Franja y la Ruta y sus diferentes iniciativas de seguridad y desarrollo forman parte de una misma estrategia: ampliar progresivamente los espacios internacionales donde Pekín puede establecer agendas, financiar proyectos, definir estándares y construir coaliciones.

Estados Unidos conserva ventajas extraordinarias: poder militar, capacidad tecnológica, mercados financieros, universidades, empresas globales y una red de aliados que China todavía está muy lejos de reproducir. Pero el desafío chino no consiste necesariamente en eliminar esas ventajas. Consiste en conseguir que dejen de ser imprescindibles para todos.

La fotografía de Biskek representa precisamente ese cambio. Xi puede reunirse con Putin, Modi e Irán y después negociar con Trump porque China intenta ocupar una posición que ningún otro país posee: ser simultáneamente el centro del mundo que cuestiona el liderazgo occidental y un interlocutor imprescindible del propio Occidente.

Si esa estrategia funciona, el gran éxito de Pekín no será sustituir a Estados Unidos como única superpotencia. Será haber conseguido algo posiblemente más profundo: construir un mundo en el que ninguna potencia vuelva a poder organizar por sí sola las reglas del sistema internacional.

CONTEXTO

La cumbre de la Organización de Cooperación de Shanghái celebrada en Biskek reunió a China, Rusia, India, Irán y las principales potencias de Asia Central dentro de una organización que amplía progresivamente su agenda económica, tecnológica, política y de seguridad.

IMPLICACIONES

China está utilizando organizaciones flexibles, inversiones, infraestructuras y relaciones económicas para construir una arquitectura internacional alternativa sin exigir a sus socios la disciplina característica de los bloques tradicionales.

PERSPECTIVAS

El desafío para Estados Unidos y Europa no será únicamente contener el ascenso chino, sino competir por la influencia sobre países que no quieren elegir entre bloques. El nuevo orden mundial puede definirse menos por nuevas alianzas rígidas que por la capacidad de cada potencia para convertirse en un socio imprescindible.

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