Análisis | Japón deja atrás el pacifismo: el gigante silencioso que empieza a convertirse en potencia militar

Departamento de Análisis del grupo Prensamedia

Durante ocho décadas Japón construyó su poder internacional sobre una extraordinaria paradoja: convertirse en una de las mayores potencias económicas del planeta mientras renunciaba prácticamente a ejercer el poder militar. Ese modelo empieza a agotarse. El ascenso de China, el programa nuclear norcoreano, la creciente cooperación entre Pekín, Moscú y Pyongyang, la amenaza sobre Taiwán y las dudas sobre la capacidad de Estados Unidos para garantizar simultáneamente la seguridad de todos sus aliados están transformando profundamente la estrategia japonesa. Tokio aumenta su gasto en defensa, adquiere misiles de largo alcance, desarrolla capacidades de contraataque y prepara una revisión de su arquitectura de seguridad. Japón no está abandonando formalmente el pacifismo, pero está dejando de comportarse como una potencia protegida para empezar a actuar como una potencia estratégica.

El final de una excepcionalidad que duró ochenta años

Pocas decisiones han condicionado tanto la política internacional de un país como el artículo 9 de la Constitución japonesa de 1947.

Después de la derrota en la Segunda Guerra Mundial, Japón renunció a la guerra como instrumento para resolver conflictos internacionales y construyó alrededor de ese principio una identidad política completamente diferente de la que había definido su expansión imperial durante la primera mitad del siglo XX.

La fórmula funcionó extraordinariamente bien.

Mientras Estados Unidos garantizaba su seguridad, Japón pudo concentrar prácticamente todos sus esfuerzos en reconstruir su economía, desarrollar su industria y convertirse en una potencia comercial y tecnológica.

La defensa quedó en segundo plano.

Incluso cuando creó sus Fuerzas de Autodefensa en 1954, Tokio mantuvo durante décadas una interpretación extremadamente restrictiva de su capacidad militar. El gasto en defensa permaneció alrededor del 1% del PIB y las operaciones exteriores estuvieron sometidas a fuertes limitaciones.

Pero el entorno estratégico que permitió aquel modelo ha desaparecido.

El Libro Blanco de Defensa japonés de 2026 describe el escenario de seguridad que rodea al país como uno de los más graves y complejos desde el final de la Segunda Guerra Mundial.

No se trata solamente de una percepción.

Japón está situado frente a tres potencias nucleares —China, Rusia y Corea del Norte— que además han incrementado su cooperación estratégica.

La geografía ha vuelto a importar.

China cambia completamente la ecuación

El principal factor de transformación es China.

Durante décadas Japón pudo convivir con el crecimiento económico chino porque Estados Unidos mantenía una superioridad militar prácticamente indiscutible en Asia-Pacífico. Esa certeza resulta hoy mucho menos evidente.

China ha construido una poderosa marina, desarrollado una enorme capacidad de misiles y aumentado considerablemente sus operaciones militares alrededor de Japón.

La disputa por las islas Senkaku —Diaoyu para Pekín— añade además un conflicto territorial directo entre las dos potencias asiáticas.

Pero la verdadera cuestión estratégica está algo más al sur.

Taiwán.

Una operación militar china contra la isla tendría consecuencias inmediatas para Japón. Las principales islas japonesas del sudoeste se encuentran muy próximas a Taiwán y las fuerzas estadounidenses desplegadas en territorio japonés desempeñarían previsiblemente un papel esencial en cualquier respuesta militar.

Tokio difícilmente podría permanecer al margen.

Esa realidad explica uno de los cambios más importantes de la doctrina japonesa: la adquisición de capacidades de contraataque.

Japón está incorporando misiles de largo alcance capaces de alcanzar objetivos situados a cientos e incluso más de mil kilómetros. Los Tomahawk estadounidenses forman parte de ese proceso, junto con el desarrollo de sistemas japoneses como las versiones ampliadas del misil Type 12.

Un destructor japonés ya ha sido adaptado para poder utilizar Tomahawk.

La transformación es considerable.

Durante décadas, Japón sostuvo que sus fuerzas existían exclusivamente para impedir o responder a una agresión directa. Ahora está construyendo la capacidad de alcanzar instalaciones militares situadas en territorio enemigo.

Tokio continúa calificándolo como defensa.

Pero estratégicamente supone cruzar una frontera histórica.

Corea del Norte y la amenaza imposible de ignorar

China representa el gran desafío estructural. Corea del Norte constituye la amenaza inmediata.

Pyongyang ha desarrollado durante años misiles balísticos capaces de alcanzar todo el territorio japonés y continúa avanzando en sistemas hipersónicos, misiles de combustible sólido y capacidades nucleares.

Japón sabe además que un sistema exclusivamente defensivo tiene límites.

Interceptar todos los misiles lanzados contra su territorio sería extraordinariamente difícil. De ahí la nueva doctrina: si la defensa antimisiles no puede garantizar por sí sola la protección del país, Tokio necesita disponer de capacidad para destruir instalaciones desde las que pudiera producirse un ataque.

Ese razonamiento modifica la naturaleza misma de las Fuerzas de Autodefensa.

Ya no se trata solamente de proteger el territorio japonés.

Se trata de construir capacidad de disuasión.

Y la disuasión exige convencer al adversario de que una agresión tendría consecuencias.

Japón está entrando así en un terreno estratégico que evitó deliberadamente durante ochenta años.

Estados Unidos continúa siendo imprescindible, pero ya no suficiente

Existe otro elemento decisivo: Washington.

La alianza con Estados Unidos continúa siendo el pilar fundamental de la seguridad japonesa. Decenas de miles de militares estadounidenses permanecen desplegados en Japón y las bases norteamericanas constituyen una pieza esencial de la arquitectura militar del Indo-Pacífico.

Tokio no pretende sustituir esa alianza.

Pretende prepararse para una situación en la que Estados Unidos no pueda hacerlo todo.

Las crisis simultáneas en Europa, Oriente Próximo y Asia han puesto de manifiesto una realidad incómoda: incluso la mayor potencia militar mundial tiene recursos limitados.

El desplazamiento de capacidades estadounidenses hacia otros escenarios y los retrasos que pueden afectar a determinadas entregas de armamento han alimentado el debate japonés sobre la necesidad de una mayor autonomía.

A ello se añade la incertidumbre política.

La política exterior estadounidense se ha vuelto más transaccional y sus aliados se preguntan hasta qué punto las garantías de seguridad seguirán funcionando automáticamente en cualquier escenario.

Japón está llegando a una conclusión similar a la que comienza a extenderse por Europa: la alianza estadounidense continúa siendo indispensable, pero depender completamente de ella empieza a parecer demasiado arriesgado.

Una potencia militar de más de nueve billones de yenes

El cambio puede medirse también en dinero.

El presupuesto japonés de defensa para 2026 ha superado por primera vez los nueve billones de yenes y el país ha adelantado el objetivo de situar el esfuerzo relacionado con la defensa en torno al 2% del PIB.

La comparación histórica resulta reveladora.

Durante décadas, el límite informal del 1% simbolizó la contención militar japonesa. Duplicarlo supone mucho más que aumentar el presupuesto.

Significa redefinir las prioridades del Estado.

Japón está invirtiendo en misiles de largo alcance, defensa aérea, sistemas no tripulados, guerra electrónica, espacio, ciberseguridad, municiones y capacidad logística para sostener operaciones prolongadas.

También está flexibilizando las restricciones que durante años limitaron las exportaciones de armamento.

Ese último cambio puede resultar especialmente importante.

Japón posee una extraordinaria base tecnológica e industrial. Si consigue trasladar parte de esa capacidad hacia el sector de defensa, podría convertirse progresivamente en uno de los grandes productores mundiales de tecnología militar avanzada.

La potencia tecnológica empieza a convertirse también en potencia estratégica.

El gran tabú continúa siendo la Constitución

Sin embargo, existe una frontera que Japón todavía no ha cruzado.

El artículo 9 continúa vigente.

La primera ministra Sanae Takaichi pretende avanzar hacia una reforma constitucional que reconozca explícitamente a las Fuerzas de Autodefensa. El objetivo no sería eliminar directamente la renuncia a la guerra, sino resolver una contradicción que se ha hecho cada vez más evidente: Japón dispone de unas fuerzas militares crecientemente sofisticadas cuya existencia continúa encajada mediante interpretaciones sucesivas de una Constitución originalmente diseñada para impedir precisamente la reconstrucción de un poder militar.

Pero reformar la Constitución japonesa exige amplias mayorías parlamentarias y posteriormente un referéndum.

Y ahí aparece la otra cara de Japón.

El pacifismo no es simplemente una disposición jurídica. Forma parte de la identidad política de varias generaciones de japoneses.

Hiroshima y Nagasaki continúan ocupando un lugar central en la memoria nacional. Una parte importante de la sociedad teme que normalizar completamente el poder militar pueda terminar arrastrando al país hacia conflictos que durante décadas consiguió evitar.

Japón deberá encontrar un equilibrio extraordinariamente delicado entre memoria y seguridad.

El gigante que puede cambiar Asia

La transformación japonesa tendrá consecuencias mucho más allá del archipiélago.

Un Japón militarmente más fuerte modifica los cálculos de China, refuerza la posición estadounidense en el Indo-Pacífico y aumenta la capacidad de las democracias asiáticas para responder a una eventual crisis en Taiwán.

También puede generar nuevas tensiones.

China observa cualquier rearme japonés a través de la memoria de la ocupación y la guerra. Corea del Sur mantiene igualmente una relación histórica compleja con Tokio, aunque las necesidades estratégicas estén favoreciendo una cooperación cada vez mayor.

Existe además una cuestión todavía más profunda.

Si Japón concluye que debe asumir una responsabilidad creciente sobre su propia defensa, otras potencias regionales pueden llegar a conclusiones similares.

El resultado sería una Asia mucho más militarizada.

Durante décadas, la estabilidad regional descansó en una fórmula relativamente sencilla: superioridad militar estadounidense, crecimiento económico chino y contención estratégica japonesa.

Las tres condiciones están cambiando.

China quiere convertirse en la potencia dominante de Asia. Estados Unidos exige a sus aliados un esfuerzo mucho mayor. Y Japón empieza a prepararse para defender por sí mismo intereses que durante décadas confió fundamentalmente a Washington.

El país que después de 1945 convirtió la renuncia al poder militar en una de las bases de su éxito nacional está llegando a una conclusión histórica.

En el Asia del siglo XXI, ser una gran potencia económica puede dejar de ser suficiente para garantizar la propia seguridad.

RECUADRO | Japón cambia su doctrina estratégica

Contexto. El deterioro del entorno de seguridad asiático, el crecimiento militar chino, el programa nuclear norcoreano y las dudas sobre la capacidad estadounidense para atender simultáneamente diferentes escenarios están acelerando la transformación defensiva japonesa.

Implicaciones. Japón aumenta el gasto militar, desarrolla capacidades de contraataque, adquiere misiles de largo alcance y fortalece su industria de defensa. El cambio modifica el equilibrio estratégico del Indo-Pacífico y afecta directamente a cualquier escenario futuro alrededor de Taiwán.

Perspectivas. La revisión de los principales documentos estratégicos japoneses durante 2026 y el futuro debate sobre el artículo 9 determinarán hasta dónde está dispuesto a llegar Tokio. Japón no necesita abandonar formalmente el pacifismo para convertirse en una de las principales potencias militares de Asia.

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