Análisis | Europa descubre el precio de depender de Estados Unidos: la autonomía estratégica vuelve al centro del tablero

Departamento de Análisis del grupo Prensamedia

Europa está realizando el mayor esfuerzo de defensa desde el final de la Guerra Fría, pero el aumento del gasto militar está revelando una realidad incómoda: gastar más no significa necesariamente depender menos de Estados Unidos. Inteligencia, satélites, defensa aérea, transporte estratégico, mando, misiles y disuasión nuclear continúan descansando en gran medida sobre capacidades estadounidenses. La guerra de Ucrania confirmó que Washington sigue siendo imprescindible para la seguridad europea, pero también abrió una pregunta que ya no puede aplazarse: ¿qué ocurriría si Estados Unidos decidiera concentrar sus recursos militares en Asia? Europa empieza a descubrir que la autonomía estratégica no consiste solamente en comprar más armas, sino en adquirir la capacidad política, industrial y militar para actuar cuando Washington no quiera o no pueda hacerlo.

Europa gasta más, pero continúa dependiendo

La invasión rusa de Ucrania produjo un cambio histórico en la política europea de defensa. Los presupuestos militares comenzaron a crecer, numerosos países superaron antiguos límites políticos y la defensa regresó al centro de las prioridades nacionales.

Europa se está rearmando.

Pero bajo las cifras aparece una paradoja.

Una parte importante del incremento del gasto termina reforzando precisamente la dependencia que Europa pretende reducir. La necesidad de reconstruir rápidamente los arsenales ha llevado a muchos gobiernos a adquirir material estadounidense porque estaba disponible, había demostrado su eficacia y podía integrarse fácilmente en las estructuras de la OTAN.

Aviones F-35, sistemas Patriot, helicópteros, misiles y numerosas tecnologías estadounidenses forman ya parte esencial de la modernización militar europea.

La decisión tiene lógica desde el punto de vista inmediato.

Pero plantea un problema estratégico a largo plazo.

Europa puede gastar mucho más en defensa y continuar necesitando a Estados Unidos para utilizar eficazmente buena parte de esas capacidades.

Las armas son solamente una parte del poder militar

La guerra de Ucrania ha demostrado que la superioridad militar moderna depende de mucho más que disponer de soldados, tanques o aviones.

Inteligencia satelital, comunicaciones seguras, vigilancia, sistemas de alerta temprana, transporte estratégico, defensa antimisiles, reabastecimiento aéreo y capacidad de mando son elementos fundamentales para sostener operaciones de gran escala.

Y en muchos de ellos Estados Unidos continúa proporcionando capacidades que Europa difícilmente podría sustituir a corto plazo.

Ese es el verdadero núcleo de la dependencia.

Incluso un continente que aumentara considerablemente sus arsenales podría encontrarse con dificultades para desarrollar una operación militar compleja sin apoyo estadounidense.

La autonomía estratégica europea exige por tanto algo bastante más difícil que elevar los presupuestos nacionales.

Exige construir un sistema militar.

Europa necesita poder detectar amenazas, compartir inteligencia, trasladar fuerzas, proteger su espacio aéreo, disponer de municiones suficientes y mantener operaciones durante periodos prolongados.

Y necesita hacerlo conjuntamente.

Washington empieza a mirar hacia Asia

Durante décadas Europa pudo evitar ese debate porque Estados Unidos asumía la responsabilidad principal de la seguridad occidental.

La prioridad estratégica estadounidense está cambiando.

China representa para Washington un desafío económico, tecnológico y militar de una dimensión muy superior al que plantea Rusia. El Indo-Pacífico concentra progresivamente una parte mayor de la planificación estratégica estadounidense.

Una eventual crisis alrededor de Taiwán aceleraría radicalmente ese desplazamiento.

Europa debe plantearse entonces un escenario que hasta hace pocos años parecía improbable: tener que asumir la mayor parte de su propia defensa mientras Estados Unidos concentra sus principales recursos militares en Asia.

Eso no significaría necesariamente el final de la OTAN.

Significaría algo distinto: una OTAN mucho más europea.

Washington podría mantener su compromiso nuclear y determinadas capacidades estratégicas mientras exige que los aliados europeos asuman una proporción mucho mayor de la defensa convencional del continente.

El debate sobre el reparto de cargas dejaría entonces de ser principalmente presupuestario.

Se convertiría en una cuestión de capacidad real.

La industria se convierte en el gran problema

La debilidad europea no es solamente militar. También es industrial.

La guerra de Ucrania reveló hasta qué punto Europa había reducido durante décadas su capacidad para producir munición y determinados sistemas de armamento a gran escala.

El continente conserva empresas de defensa extraordinariamente avanzadas, pero el mercado continúa fragmentado entre industrias nacionales, requisitos diferentes y programas que compiten entre sí.

Europa produce varios modelos de carros de combate, fragatas, aviones, sistemas de artillería y vehículos blindados.

Estados Unidos obtiene una ventaja evidente de un mercado militar mucho más integrado.

La fragmentación europea aumenta los costes, reduce las economías de escala y dificulta mantener grandes cadenas de producción.

El rearme europeo ofrece una oportunidad para corregir ese problema.

Pero también puede agravarlo.

Si cada gobierno utiliza el aumento del gasto para comprar principalmente material nacional o estadounidense, Europa tendrá más armas sin disponer necesariamente de una industria de defensa verdaderamente integrada.

La autonomía estratégica empieza en las fábricas tanto como en los cuarteles.

La cuestión nuclear que Europa evita

Existe además una dependencia todavía más delicada: la disuasión nuclear.

Estados Unidos proporciona la principal garantía nuclear de la OTAN. Francia y Reino Unido poseen arsenales propios, pero ninguna de las dos capacidades fue diseñada originalmente para sustituir completamente el paraguas estadounidense sobre Europa.

Mientras la relación transatlántica permanezca sólida, la cuestión puede mantenerse relativamente contenida.

Pero cualquier duda sobre el compromiso estadounidense obliga inevitablemente a plantearla.

Francia lleva años defendiendo un debate sobre la dimensión europea de su disuasión nuclear. La cuestión es políticamente explosiva porque afecta directamente al núcleo de la soberanía nacional.

¿Estaría Francia dispuesta a extender explícitamente su protección nuclear al conjunto de Europa? ¿Participarían otros Estados en su financiación? ¿Quién decidiría sobre una eventual utilización?

No existen respuestas sencillas.

Precisamente por eso Europa ha preferido durante décadas no formular las preguntas.

La autonomía estratégica terminará obligándola a hacerlo.

Autonomía no significa ruptura con Estados Unidos

Existe un error frecuente en este debate: presentar la autonomía europea como alternativa a la alianza transatlántica.

Probablemente ocurra lo contrario.

Una Europa militarmente más capaz puede fortalecer la relación con Estados Unidos porque repartiría mejor las responsabilidades dentro de la OTAN.

Washington lleva décadas reclamando a los europeos un esfuerzo mayor.

El verdadero cambio es que ahora Europa empieza a necesitarlo también por razones propias.

La autonomía estratégica no debería significar competir militarmente con Estados Unidos ni construir estructuras destinadas a sustituir la OTAN.

Debería significar que Europa pueda actuar cuando sus intereses estén amenazados incluso si Washington decide no intervenir.

Esa diferencia es fundamental.

Los intereses europeos y estadounidenses seguirán coincidiendo en numerosas cuestiones, pero no necesariamente en todas.

África, Mediterráneo, Oriente Próximo, Balcanes o determinadas crisis en la vecindad europea pueden exigir respuestas que Washington no considere prioritarias.

Una potencia que necesita permanentemente que otro país garantice su seguridad tiene inevitablemente limitada su autonomía política.

El verdadero precio de convertirse en potencia

Europa se encuentra así ante una decisión que trasciende ampliamente el porcentaje del PIB dedicado a defensa.

Puede continuar aumentando el gasto mientras mantiene una dependencia estructural de Estados Unidos.

O puede utilizar el nuevo ciclo de inversión para construir capacidades que hasta ahora delegó en Washington.

La segunda opción será mucho más cara y políticamente más difícil.

Exigirá coordinar compras, integrar industrias, aceptar especialización entre países y financiar capacidades comunes que no siempre producen beneficios visibles para cada gobierno.

También obligará a discutir cuestiones incómodas sobre mando, soberanía y utilización de la fuerza.

Pero ese es precisamente el precio de la autonomía.

Durante décadas Europa pudo convertirse en una potencia económica sin asumir completamente el coste militar de proteger su propio modelo político.

La guerra de Ucrania terminó con aquella comodidad.

Y el desplazamiento estratégico estadounidense hacia Asia puede terminar con la siguiente.

Europa empieza a comprender que la pregunta ya no es cuánto debe gastar en defensa.

La pregunta es mucho más importante: si algún día Estados Unidos mira hacia otro lugar, ¿será Europa capaz de defenderse por sí misma?

RECUADRO | La dependencia estratégica europea

Contexto. Europa aumenta aceleradamente su gasto militar, pero continúa dependiendo de Estados Unidos en capacidades esenciales como inteligencia, satélites, defensa aérea, transporte estratégico y disuasión nuclear.

Implicaciones. Comprar más armamento no garantiza autonomía si persisten la fragmentación industrial, las carencias tecnológicas y la dependencia operativa estadounidense.

Perspectivas. El desplazamiento estratégico de Washington hacia el Indo-Pacífico puede obligar a Europa a asumir progresivamente una responsabilidad mucho mayor sobre su propia defensa.

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