Análisis | Islandia en el nuevo tablero mundial: el referéndum que puede alterar el equilibrio estratégico del Ártico

Departamento de Análisis del grupo Prensamedia

Dos personas estrechando manos frente a banderas de Islandia y la UE

Imagen de un apretón de manos entre representantes de Islandia y la UE.

Islandia tiene apenas 400.000 habitantes, carece de ejército propio y representa una fracción mínima de la economía mundial. Sin embargo, ocupa uno de los espacios geográficos que están adquiriendo mayor importancia en la nueva competición entre las grandes potencias. El referéndum del próximo 29 de agosto sobre la reapertura de las negociaciones de adhesión a la Unión Europea debe interpretarse también desde esa perspectiva. Los islandeses decidirán formalmente si vuelven a negociar con Bruselas, pero la consulta se produce cuando el Ártico y el Atlántico Norte están dejando de ser periferias relativamente estables para convertirse en una nueva frontera estratégica entre Estados Unidos, Europa, Rusia y, cada vez más, China.

Durante décadas, Islandia construyó una posición internacional excepcional. La OTAN garantizaba su seguridad; el Espacio Económico Europeo le proporcionaba acceso al mercado único; Schengen facilitaba su integración europea; y mantenerse fuera de la UE le permitía conservar plena autonomía sobre ámbitos especialmente sensibles como la pesca. Ese equilibrio funcionó en el mundo surgido tras la Guerra Fría. La cuestión que empieza a plantearse ahora es si puede sobrevivir a su desaparición. La guerra de Ucrania, la militarización rusa del Ártico, el interés chino por las rutas y recursos del norte y la presión de Donald Trump sobre Groenlandia han cambiado el contexto estratégico en el que Islandia debe definir su futuro.

El regreso del corredor GIUK

Para comprender la importancia geopolítica islandesa hay que mirar el mapa. Entre Groenlandia, Islandia y Reino Unido se encuentra el denominado corredor GIUK, uno de los espacios marítimos más importantes para la seguridad del Atlántico Norte. Durante la Guerra Fría fue esencial para controlar el acceso de los submarinos soviéticos desde sus bases septentrionales hacia el Atlántico.

La geografía no ha cambiado y la competición estratégica está devolviendo al corredor buena parte de aquella relevancia. La Flota del Norte rusa constituye uno de los principales componentes de la capacidad naval y nuclear de Moscú. Vigilar sus movimientos y proteger las rutas marítimas que conectan Norteamérica y Europa vuelve a ser una prioridad fundamental para la OTAN.

Islandia ocupa prácticamente el centro de ese sistema. Su territorio resulta esencial para vigilancia aérea y marítima, operaciones antisubmarinas, protección de infraestructuras submarinas y control del tráfico entre el Ártico y el Atlántico.

La isla fue además uno de los miembros fundadores de la OTAN en 1949 pese a no disponer de fuerzas armadas. Estados Unidos mantuvo durante décadas una importante presencia en la base de Keflavík y, aunque retiró sus fuerzas permanentes en 2006, las nuevas tensiones han provocado un renovado interés militar por las instalaciones islandesas.

Lo que parecía una posición geográfica heredada de la Guerra Fría vuelve así a convertirse en un activo estratégico de primer orden.

El Ártico deja de ser una periferia

La transformación del Ártico multiplica todavía más esa importancia. El cambio climático está reduciendo progresivamente la extensión del hielo y aumentando las posibilidades de navegación, explotación de recursos y actividad económica. Las rutas septentrionales pueden adquirir una creciente relevancia para conectar Asia, Europa y Norteamérica.

Rusia posee la mayor costa ártica del mundo y lleva años reforzando bases, aeródromos, sistemas de vigilancia y capacidades militares en la región. Para Moscú, el Ártico es simultáneamente una fuente de recursos, una ruta económica y una pieza fundamental de su defensa estratégica.

China, pese a no ser un Estado ártico, también ha mostrado un interés creciente. Pekín se define como un país «cercano al Ártico» y ha buscado presencia mediante investigación científica, inversiones, proyectos de infraestructuras y relaciones económicas con los países de la región. Su aspiración a desarrollar una futura «Ruta Polar de la Seda» demuestra que considera el norte una pieza de su estrategia global.

La respuesta occidental también ha transformado el mapa. La incorporación de Finlandia y Suecia a la OTAN ha convertido prácticamente todo el espacio nórdico europeo en territorio aliado, con la excepción de Rusia. El Ártico europeo está cada vez más integrado dentro de la arquitectura defensiva occidental.

En este contexto, Islandia deja de ser una pequeña isla situada entre Europa y América para convertirse en una pieza central del espacio estratégico que conecta ambos continentes.

Trump y las dudas sobre el vínculo atlántico

Existe además un factor político que diferencia radicalmente el debate islandés actual del que se produjo cuando el país solicitó ingresar en la UE en 2009: Donald Trump.

Las reiteradas pretensiones estadounidenses sobre Groenlandia han provocado una profunda inquietud en los países nórdicos. La posibilidad de que Washington cuestione abiertamente la soberanía territorial de Dinamarca sobre un territorio autónomo situado en el corazón del Ártico introduce una contradicción difícil de ignorar: Estados Unidos continúa siendo el principal garante militar de Europa al mismo tiempo que algunas de sus decisiones generan preocupación entre sus propios aliados.

Para Islandia, esa contradicción resulta especialmente relevante. Su modelo de seguridad depende de la OTAN y, en último término, de Estados Unidos. El país no posee ejército propio y su reducido tamaño hace imposible desarrollar autónomamente capacidades defensivas comparables a las necesarias para proteger un territorio situado en un espacio estratégico cada vez más disputado.

La pregunta que empieza a emerger es si pertenecer únicamente a la OTAN sigue siendo suficiente o si la creciente dimensión geopolítica de la UE aconseja complementar la alianza atlántica con una integración política europea plena.

No significa sustituir Washington por Bruselas. Ningún proyecto europeo puede reemplazar actualmente las capacidades militares estadounidenses. Pero sí refleja una tendencia más amplia: los países europeos están intentando diversificar sus garantías de seguridad ante la posibilidad de que el compromiso estadounidense con Europa sea menos previsible que en décadas anteriores.

Una incorporación pequeña con enormes consecuencias geográficas

Desde una perspectiva demográfica, la entrada de Islandia apenas modificaría la Unión Europea. Desde una perspectiva geográfica, el cambio sería considerable.

La UE reforzaría significativamente su presencia en el Atlántico Norte y adquiriría una posición mucho más directa en el espacio ártico. Islandia aportaría además una extensa zona económica exclusiva, capacidades marítimas, recursos pesqueros y una posición privilegiada sobre algunas de las rutas que pueden ganar importancia durante las próximas décadas.

Tras el Brexit, la Unión perdió parte de su dimensión atlántica y una de sus principales potencias navales. Una eventual incorporación islandesa no compensaría evidentemente la salida británica, pero sí reforzaría la conexión física y estratégica de la UE con el norte del Atlántico.

También modificaría el equilibrio dentro del Consejo Ártico y fortalecería la capacidad europea para intervenir en debates sobre navegación, recursos, medio ambiente, infraestructuras y seguridad regional.

Para Rusia, una Islandia plenamente integrada en la UE significaría una consolidación adicional del espacio político occidental en su entorno septentrional. Para Estados Unidos, supondría que uno de los puntos estratégicos fundamentales del Atlántico Norte quedaría aún más estrechamente vinculado a Europa. Y para China reduciría las posibilidades de desarrollar relaciones bilaterales con Reikiavik al margen de una política europea común.

Islandia debe decidir en qué Occidente quiere estar

El referéndum del 29 de agosto no decidirá la adhesión. Una victoria favorable únicamente permitiría reabrir las negociaciones con Bruselas, y cualquier eventual acuerdo tendría que ser sometido posteriormente a los ciudadanos. Tampoco desaparecerán las profundas reservas existentes en torno a pesca, soberanía y moneda.

Pero el contexto internacional ha transformado el significado de la pregunta.

Islandia ya no debate exclusivamente si pertenecer a la UE beneficia a su economía o si Bruselas puede interferir demasiado en sus recursos pesqueros. Está empezando a debatir dónde quiere situarse dentro de una reorganización mucho mayor del poder mundial.

Durante treinta años pudo vivir cómodamente en varios círculos simultáneos: europeo económicamente, atlántico militarmente e independiente políticamente. Esa fórmula fue posible porque Europa y Norteamérica formaban un espacio estratégico extraordinariamente estable.

Ese mundo está desapareciendo.

El Ártico se militariza, Rusia vuelve a ser una amenaza directa para la seguridad europea, China busca presencia en el norte y Estados Unidos redefine su relación con sus aliados. La geografía islandesa, que durante años pareció proporcionar seguridad, vuelve a convertir al país en territorio estratégico.

Por eso el referéndum puede terminar teniendo una importancia internacional muy superior a la dimensión de Islandia. No se trata solamente de decidir si Reikiavik vuelve a llamar a la puerta de Bruselas. Se trata de saber si uno de los países que mejor representó el equilibrio transatlántico posterior a la Guerra Fría considera que ese equilibrio ya no basta para garantizar su futuro.

CONTEXTO

Islandia celebrará el 29 de agosto un referéndum sobre la reapertura de las negociaciones de adhesión a la Unión Europea. El país pertenece a la OTAN, al Espacio Económico Europeo y a Schengen, pero permanece fuera de la UE y carece de fuerzas armadas propias.

IMPLICACIONES

Su posición en el corredor Groenlandia-Islandia-Reino Unido convierte al país en una pieza estratégica para la seguridad del Atlántico Norte. Una eventual integración en la UE reforzaría además la dimensión ártica y atlántica de Europa en plena competición con Rusia y ante la creciente presencia china.

PERSPECTIVAS

El resultado no determinará todavía la adhesión, pero mostrará hasta qué punto la transformación del orden internacional está modificando la percepción islandesa sobre su tradicional posición entre Europa y Estados Unidos. El futuro del Ártico puede acabar acercando a Reikiavik mucho más a Bruselas.

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