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Home Análisis

Análisis | La crisis de Ceuta y la guerra híbrida en el Estrecho: el nuevo tablero estratégico del Mediterráneo occidental

Departamento de Análisis del grupo Prensamedia

Departamento de Análisis Prensamedia
3 de agosto de 2026
en Análisis
0
Multitud de personas en la playa de Ceuta intentando cruzar a España

Foto: www.observatorioceutaymelilla.org

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La entrada masiva de inmigrantes en la ciudad autónoma reabre el debate sobre la utilización de los flujos migratorios como instrumento de presión política y sitúa de nuevo a Marruecos, España, la Unión Europea y la OTAN ante uno de los escenarios más sensibles de su seguridad común.

La crisis migratoria registrada en Ceuta tras la entrada masiva de miles de inmigrantes ha dejado de ser únicamente un problema de control fronterizo para convertirse en un episodio de gran trascendencia geopolítica. La rápida convocatoria de un Consejo extraordinario de ministros de Interior de la Unión Europea, las divergencias surgidas entre varios Estados miembros y la intensa actividad diplomática desarrollada durante los días posteriores reflejan que el episodio trasciende ampliamente la relación bilateral entre España y Marruecos.

Lo ocurrido en el Estrecho vuelve a situar sobre la mesa una cuestión que desde hace años ocupa un lugar creciente en los análisis estratégicos de la OTAN y de la propia Unión Europea: la utilización de instrumentos no militares para alcanzar objetivos políticos. La presión migratoria, la desinformación, los ciberataques, la coerción económica o la instrumentalización de recursos esenciales forman parte de lo que la doctrina occidental denomina amenazas híbridas, un conjunto de actuaciones que buscan influir sobre otro Estado sin recurrir a un enfrentamiento militar convencional.

La experiencia europea demuestra que la inmigración puede convertirse en uno de esos instrumentos de presión. La crisis provocada por Bielorrusia en la frontera con Polonia y los países bálticos en 2021 marcó un punto de inflexión en la percepción europea. Bruselas asumió entonces que determinados gobiernos podían facilitar o promover movimientos migratorios para desestabilizar políticamente a la Unión, tensionar sus fronteras y condicionar sus decisiones diplomáticas.

Desde entonces, la Comisión Europea y la OTAN han incorporado esta posibilidad a sus documentos estratégicos. El concepto de guerra híbrida ya no se limita a los ciberataques o a las campañas de desinformación. Incluye también la utilización deliberada de flujos migratorios cuando estos son promovidos o facilitados con fines de presión política sobre un Estado o sobre una organización internacional.

Marruecos, una potencia regional con creciente capacidad de influencia

En este contexto, Marruecos ocupa una posición singular. Durante las dos últimas décadas, Rabat ha desarrollado una estrategia destinada a consolidarse como actor imprescindible para la estabilidad del Mediterráneo occidental y del Sahel. Su cooperación en materia antiterrorista, su papel en la gestión de los flujos migratorios, su creciente peso económico en África y su condición de interlocutor privilegiado tanto para la Unión Europea como para Estados Unidos han reforzado notablemente su capacidad negociadora.

La relación entre España y Marruecos ilustra bien esta complejidad. Ambos países mantienen una cooperación muy intensa en ámbitos como la lucha contra el terrorismo yihadista, el crimen organizado, el narcotráfico, la gestión migratoria, el comercio, la pesca y las interconexiones energéticas. Al mismo tiempo, persisten cuestiones históricas especialmente sensibles, como la soberanía del Sáhara Occidental, las aguas atlánticas, la delimitación marítima o la situación de Ceuta y Melilla.

Esa combinación de cooperación estructural y desacuerdos estratégicos convierte la relación bilateral en una de las más delicadas de la política exterior española. Ningún otro vecino concentra simultáneamente tantos intereses compartidos y tantos elementos potenciales de fricción. Por ello, cada episodio de tensión adquiere una dimensión mucho mayor que la de un simple incidente fronterizo.

La crisis actual ha reavivado un debate presente desde los acontecimientos de Ceuta en 2021: ¿hasta qué punto la gestión de los flujos migratorios puede utilizarse como instrumento de presión diplomática? Las autoridades marroquíes han rechazado reiteradamente esa interpretación y defienden que su colaboración con España y con la Unión Europea en materia migratoria ha sido constante y decisiva para contener la inmigración irregular. Sin embargo, diversos analistas y centros de estudios estratégicos sostienen que la capacidad de un Estado para intensificar o relajar el control sobre determinados movimientos migratorios puede convertirse, en determinadas circunstancias, en un elemento de influencia política, especialmente cuando el país receptor depende en gran medida de esa cooperación para proteger sus fronteras.

Precisamente por ello, el debate abierto tras la crisis de Ceuta trasciende el episodio concreto y plantea una cuestión de mayor alcance: cómo deben responder las democracias europeas cuando las vulnerabilidades derivadas de la inmigración irregular pueden ser utilizadas por actores estatales o por redes organizadas para incrementar su capacidad de presión política. Esa pregunta, lejos de afectar únicamente a España, constituye hoy uno de los principales desafíos para la seguridad del flanco sur europeo y para la futura política mediterránea de la Unión.

El nuevo equilibrio estratégico: Estados Unidos, Israel y la consolidación internacional de Marruecos

Para comprender el alcance geopolítico de la crisis de Ceuta resulta imprescindible situarla en el contexto de la profunda transformación que ha experimentado el Magreb durante los últimos años. El episodio no puede interpretarse únicamente desde la perspectiva de las relaciones bilaterales entre España y Marruecos, sino como una manifestación de un nuevo equilibrio estratégico en el Mediterráneo occidental, donde Rabat ha reforzado significativamente su posición internacional gracias a una combinación de estabilidad política, modernización militar, proyección económica y estrechamiento de sus alianzas con las principales potencias occidentales.

El punto de inflexión se produjo en diciembre de 2020, cuando la Administración estadounidense de Donald Trump reconoció la soberanía marroquí sobre el Sáhara Occidental como parte de los denominados Acuerdos de Abraham, que facilitaron al mismo tiempo la normalización diplomática entre Marruecos e Israel. Aunque la posterior Administración Biden no amplió ese reconocimiento, tampoco lo revocó, consolidando de facto una posición que modificó profundamente el equilibrio diplomático de la región. La continuidad de esa política por parte de Washington ha sido interpretada por numerosos analistas como una muestra del creciente valor estratégico que Estados Unidos atribuye a Marruecos dentro de su arquitectura de seguridad para el norte de África y el flanco sur de la OTAN.

Paralelamente, la cooperación entre Marruecos e Israel ha experimentado un desarrollo extraordinariamente rápido. Ambos países han intensificado sus relaciones diplomáticas, comerciales, tecnológicas y, especialmente, en el ámbito de la defensa. La adquisición de sistemas avanzados de vigilancia, inteligencia, drones y tecnologías de seguridad ha reforzado considerablemente las capacidades militares marroquíes. Asimismo, la colaboración en materia de ciberseguridad, inteligencia artificial aplicada a la defensa y protección de infraestructuras críticas sitúa hoy a Marruecos entre los socios más relevantes de Israel en el continente africano.

Todo ello ha incrementado la percepción de que Rabat dispone hoy de un margen de maniobra internacional muy superior al existente hace apenas una década. La estrecha relación con Washington, el fortalecimiento de los vínculos con Israel, el desarrollo de asociaciones estratégicas con varios países europeos y su creciente protagonismo en África Occidental han convertido al Reino alauí en un actor cuya cooperación resulta especialmente valiosa para los intereses occidentales.

No obstante, de esa evolución no puede deducirse una implicación directa de Estados Unidos o de Israel en la crisis de Ceuta. Hasta la fecha no existe evidencia pública que permita sostener que ambos países hayan participado, alentado o coordinado las circunstancias que desembocaron en la entrada masiva de inmigrantes. Cualquier afirmación en ese sentido carecería del respaldo documental exigible desde un punto de vista periodístico.

Lo que sí constituye un objeto legítimo de análisis es la forma en que este nuevo contexto estratégico condiciona el comportamiento de los distintos actores. Numerosos especialistas en relaciones internacionales sostienen que la creciente relevancia geopolítica de Marruecos ha fortalecido su capacidad negociadora frente a sus socios occidentales. Esa mayor confianza internacional podría traducirse en una política exterior más asertiva en la defensa de sus intereses nacionales, especialmente en cuestiones tan sensibles como el Sáhara Occidental, la delimitación marítima, la cooperación migratoria o sus relaciones con la Unión Europea.

España observa esa evolución con una mezcla de oportunidades y cautelas. Desde la normalización de las relaciones bilaterales iniciada tras el respaldo español al plan marroquí de autonomía para el Sáhara Occidental, ambos gobiernos han reconstruido buena parte de los mecanismos de cooperación política, económica y policial. Sin embargo, la crisis de Ceuta demuestra que esa estabilidad continúa siendo vulnerable y que cualquier episodio de tensión puede adquirir rápidamente una dimensión europea e incluso atlántica.

España ante un entorno estratégico cada vez más complejo

La posición española resulta especialmente delicada porque confluyen varios intereses de carácter estructural. España necesita mantener una relación fluida con Marruecos para garantizar la cooperación en inmigración, terrorismo, narcotráfico, comercio, pesca y estabilidad del Estrecho de Gibraltar. Al mismo tiempo, debe preservar la confianza de sus socios europeos, mantener el equilibrio dentro de la OTAN y proteger la integridad de las fronteras exteriores de la Unión.

Esta realidad limita considerablemente el margen de actuación diplomática de cualquier gobierno español. La política hacia Marruecos difícilmente puede abordarse desde planteamientos exclusivamente nacionales. Cualquier deterioro de la cooperación bilateral repercute inmediatamente sobre la seguridad europea, mientras que cualquier decisión adoptada por Bruselas respecto al Magreb afecta directamente a los intereses estratégicos de España.

Precisamente por ello, la reacción europea adquiere una importancia decisiva. La convocatoria extraordinaria del Consejo de ministros de Interior y el respaldo institucional ofrecido por la Comisión Europea ponen de manifiesto que Bruselas considera la frontera de Ceuta como una frontera común de la Unión. Sin embargo, las diferencias surgidas entre varios Estados miembros sobre la respuesta política también reflejan que persisten sensibilidades muy distintas respecto a la gestión de la inmigración y a las relaciones con los países del norte de África.

Más allá de la coyuntura inmediata, la crisis plantea una cuestión de fondo para la política exterior española: cómo gestionar una relación estratégica con un vecino cuya importancia internacional continúa creciendo y cuya capacidad de influencia sobre cuestiones esenciales para España aumenta de forma paralela. Ese desafío exigirá combinar firmeza en la defensa de los intereses nacionales con una intensa diplomacia bilateral y una creciente implicación de las instituciones europeas.

Europa y la OTAN frente a las amenazas híbridas del flanco sur

Si la crisis de Ceuta ha tenido una consecuencia política inmediata es la de acelerar un debate que ya estaba presente tanto en Bruselas como en la sede de la OTAN: el flanco sur de Europa se ha convertido en un escenario de amenazas híbridas cuya complejidad supera ampliamente los tradicionales problemas de control fronterizo. La inmigración irregular continúa siendo uno de los principales desafíos, pero ya no puede analizarse de forma aislada. Se entrelaza con la inestabilidad del Sahel, el terrorismo yihadista, las redes criminales transnacionales, la competencia por los recursos estratégicos, la desinformación y la creciente rivalidad entre potencias por la influencia en el norte de África.

La Alianza Atlántica lleva años advirtiendo de que la seguridad europea no depende únicamente de la frontera oriental. La guerra de Ucrania ha concentrado buena parte de la atención política y militar, pero numerosos documentos estratégicos de la OTAN insisten en que el Mediterráneo y el Sahel constituyen espacios igualmente decisivos para la estabilidad de Europa. España ha sido uno de los países que con mayor insistencia ha defendido esa visión, reclamando que la seguridad del flanco sur reciba una atención semejante a la otorgada a Europa del Este.

La crisis de Ceuta refuerza ese planteamiento. Aunque el episodio no puede equipararse a una amenaza militar convencional, sí pone de manifiesto que las fronteras europeas pueden verse sometidas a presiones de naturaleza muy diversa que requieren respuestas coordinadas. La utilización de la inmigración, la capacidad de las organizaciones criminales para explotar cualquier situación de vulnerabilidad y la posibilidad de que determinados actores estatales utilicen esas circunstancias como elemento de presión política obligan a desarrollar mecanismos de prevención mucho más sofisticados que los existentes hasta ahora.

En el ámbito comunitario, el desafío es igualmente profundo. La Unión Europea ha construido durante los últimos años una arquitectura normativa mucho más sólida en materia migratoria, con el nuevo Pacto sobre Migración y Asilo, el refuerzo de Frontex y una política más activa de cooperación con los países de origen y tránsito. Sin embargo, la crisis demuestra que el verdadero examen no consiste en aprobar nuevos instrumentos jurídicos, sino en comprobar hasta qué punto los Estados miembros son capaces de actuar con rapidez y de mantener una posición política común cuando una frontera exterior se ve sometida a una presión extraordinaria.

La carta remitida por veintidós Estados miembros solicitando una respuesta firme y la convocatoria del Consejo extraordinario de ministros de Interior evidencian que la cuestión ha dejado de percibirse como un problema exclusivamente español. Al mismo tiempo, las diferencias surgidas entre algunos gobiernos respecto a las causas de la crisis y a las medidas que deberían adoptarse muestran que la política migratoria continúa siendo uno de los ámbitos donde la cohesión europea resulta más frágil.

La evolución de los acontecimientos también tendrá consecuencias para las relaciones entre la Unión Europea y Marruecos. Rabat seguirá siendo un socio imprescindible para la estabilidad del Mediterráneo occidental y para la gestión de los flujos migratorios. Ninguna estrategia europea puede prescindir de la cooperación marroquí. Pero, precisamente por esa razón, Bruselas tratará previsiblemente de reforzar los mecanismos institucionales que reduzcan la dependencia de decisiones coyunturales y proporcionen mayor previsibilidad a una relación estratégica llamada a intensificarse durante los próximos años.

Desde la perspectiva española, la principal enseñanza de la crisis es que la política hacia Marruecos ya no puede entenderse únicamente como un asunto bilateral. La creciente proyección internacional del Reino alauí, el peso adquirido por sus relaciones con Estados Unidos, la profundización de la cooperación con Israel, su influencia creciente en África Occidental y su papel en la estabilidad del Sahel convierten cualquier incidente en un asunto de alcance europeo y atlántico. España seguirá siendo el interlocutor más directo de Rabat dentro de la Unión, pero su capacidad de actuación dependerá cada vez más del respaldo político de Bruselas y de la coordinación con sus aliados.

La crisis de Ceuta confirma, en definitiva, que la geopolítica del Mediterráneo occidental ha entrado en una nueva etapa. Las fronteras ya no se defienden únicamente con medios policiales o militares; también mediante inteligencia, diplomacia, cooperación económica, resiliencia institucional y capacidad para anticipar amenazas híbridas. La utilización de los movimientos migratorios como posible instrumento de presión política forma parte de esa nueva realidad que tanto la Unión Europea como la OTAN vienen analizando desde hace varios años y que hoy adquiere una relevancia creciente.

Lo sucedido en Ceuta no altera por sí solo el equilibrio estratégico de la región, pero sí constituye una señal de advertencia. La estabilidad del Mediterráneo occidental dependerá cada vez más de la capacidad de Europa para fortalecer su política común hacia el Magreb, consolidar la cooperación con Marruecos desde una posición de confianza mutua y reducir aquellas vulnerabilidades que puedan ser aprovechadas por actores estatales o no estatales en un entorno internacional cada vez más competitivo. En ese escenario, la diplomacia, la seguridad y la geopolítica dejarán de ser ámbitos separados para convertirse en elementos inseparables de una misma estrategia.

Contexto. La crisis migratoria de Ceuta se produce en un momento de profunda transformación del equilibrio estratégico en el Mediterráneo occidental, marcado por el fortalecimiento de Marruecos como actor regional, la aplicación del nuevo Pacto Europeo sobre Migración y Asilo y la creciente atención de la OTAN al flanco sur.

Implicaciones. El episodio refuerza el debate sobre la utilización de los flujos migratorios como posible instrumento de presión política dentro del concepto de amenazas híbridas y pone de relieve la necesidad de una mayor coordinación entre España, la Unión Europea y la Alianza Atlántica. Al mismo tiempo, confirma el carácter estratégico de la relación con Marruecos y la importancia de preservar mecanismos estables de cooperación.

Perspectivas. Más allá de la gestión inmediata de la crisis, Europa deberá definir una política mediterránea más integrada, reforzar la resiliencia de sus fronteras exteriores y consolidar una estrategia común hacia el Magreb que combine seguridad, cooperación económica y diálogo político. La evolución de las relaciones entre España, Marruecos, la Unión Europea y sus principales aliados seguirá siendo uno de los factores determinantes para la estabilidad del Mediterráneo occidental durante los próximos años.

Copyright todos los derechos reservados Grupo Prensamedia.

 

Tags: ceutaEE.UU.EspañaIsraelMarruecosMigraciónOTANUE
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