¿Será Ormuz la tumba del trumpismo?

José Antonio Gurpegui, director del Instituto Franklin.
Un reciente artículo del New York Times (7/04/2026) ha desvelado los pormenores de la reunión clave celebrada en la Casa Blanca, tras la visita de Benjamin Netanyahu a Donald Trump, en la que se gestó el apoyo estadounidense a una operación militar israelí contra Irán.

Según la reconstrucción del encuentro (11/02/2026), el primer ministro israelí junto al director del Mossad, David Barnea, presentaron un plan evidenciando la supuesta fragilidad del régimen iraní y la oportunidad estratégica del momento; se proponía una ofensiva rápida, limitada y altamente eficaz, capaz de descabezar la teocracia de los ayatolás y propiciar un cambio de gobierno. Al día siguiente (12/02/2026), ya sin los israelíes, Trump se reunió con sus asesores más próximos —Susie Wiles, Dan Caine, J.D. Vance, Marco Rubio…—, quienes le expresaron serias dudas sobre la viabilidad de la operación, opinión respaldada por la inteligencia de la CIA. “Señor, en mi experiencia, este es el procedimiento habitual de los israelíes. Exageran sus propuestas y sus planes no siempre están bien desarrollados. Saben que nos necesitan, y por eso están presionando con tanta insistencia”, fue la respuesta del general Caine, presidente del Estado Mayor Conjunto, a la pregunta del presidente sobre la propuesta israelí. Más concluyente fue la expresión del secretario de Estado, Marco Rubio, cuando, sintetizando la evaluación del director de la CIA, calificó el plan como “una mierda”.

Ninguno de estos argumentos logró hacer cambiar la decisión del presidente, quien, tras la previa presentación de Netanyahu, ya había adelantado su valoración con un escueto: “Me suena bien”. El presidente israelí había convencido a Trump de que la acción militar conjunta sería rápida y de gran impacto geopolítico —tal como había ocurrido en Venezuela—, y nadie logró alterar aquella primera impresión/valoración. La decisión fue, por tanto, una apuesta personal del presidente basada en que “lo sentía en los huesos”, según expresión propia, pese al cuestionamiento de sus asesores.

El plan israelí se dividía en cuatro fases: 1) Descabezar el régimen iraní eliminando su cúpula; 2) incapacitarle para proyectar poder y amenazar a sus vecinos; 3) propiciar levantamientos populares por todo el país, como había ocurrido en enero pasado, contra el régimen; 4) instauración de un nuevo gobierno secular. La apreciación de Caine, “sus planes [de los israelíes] no siempre están bien desarrollados”, resultó premonitoria, y tan solo la primera fase tuvo éxito. El régimen de los ayatolás se mostró mucho más sólido de lo previsto. Algunas acciones gravemente erróneas, como el prematuro bombardeo de una escuela que causó más de un centenar de víctimas infantiles, contribuyeron a reforzar

la unidad del país frente a los atacantes. En conjunto, los errores de cálculo fueron evidentes desde todos los puntos de vista y de tal calado que el mundo se enfrenta a la mayor crisis en lo que llevamos de siglo.

En estas semanas de guerra, Trump ha encadenado extemporáneas explicaciones para legitimar y justificar la intervención estadounidense: la instauración de un régimen democrático en Irán, la necesidad de eliminar su amenaza nuclear, pacificar la región, el aprovechamiento de sus recursos petrolíferos… En el ámbito internacional ni siquiera episodios recientes como la crisis de Groenlandia habían situado a Estados Unidos en una posición tan enfrentada con sus aliados tradicionales. La incontestable derrota de su pupilo ideológico en Europa, Viktor Orbán, pone de manifiesto que el trumpismo, allende los mares, está en sus horas más bajas.

En cualquier caso, las cuestiones internacionales y la valoración que de él se tenga, especialmente tratándose de Europa, no preocupan a Trump. Lo que verdaderamente le inquieta es la opinión pública interna que se pronunciará en las elecciones de mitad de mandato en noviembre (me inclino a pensar que en estos momentos las da por perdidas). Resulta obvio que Trump está atrapado en una encrucijada en la que él mismo se ha metido, pues el conflicto contradice abiertamente los principios que había defendido durante la campaña electoral bajo el lema America First, y los resultados están a años luz de los esperados. Con la enésima prórroga de alto el fuego, su única aspiración es regresar a la casilla de salida.

Por primera vez, amplios sectores del monolítico movimiento MAGA cuestionan abiertamente decisiones de su líder fundador. El fratricida enfrentamiento con influyentes defensores y divulgadores trumpistas, como Tucker Carlson, Marjorie Taylor (“traitor”) Greene o Candace Owens, era algo inaudito, inverosímil, irracional, antes del conflicto. También se ha enfrentado a sectores religiosos que constituyen su base más fiel e incondicional de votantes; más allá de su polémica con el papa León XIV que ha irritado a los católicos, importantes representantes de iglesias protestantes rechazaron su explícita identificación con Jesucristo en un infeliz cartel, y figuras como el influyente pastor Joel Webbon ha llegado a afirmar que el presidente está “endemoniado”. En el ámbito económico, algunas grandes corporaciones empiezan a tomar distancia ante el impacto negativo que la situación ha tenido en los mercados, reflejado en el desplome de sus acciones.

El futuro desvelará si en una guerra que no era la suya, sino la de Israel, se escribe el acta de defunción del trumpismo,

Salir de la versión móvil