Cuba ha entrado de lleno en uno de los capítulos más oscuros de su historia posterior a la Guerra Fría, sacudida por la captura de Nicolás Maduro en Venezuela el 3 de enero y presionada por una campaña cada vez más intensa desde Washington. El impacto ha sido inmediato y se siente en las calles de la isla. Privada del petróleo venezolano, escasa de divisas y cada vez más aislada, Cuba se resquebraja bajo el peso de una crisis que impregna la vida cotidiana, desde la electricidad hasta el transporte aéreo, desde el turismo hasta la distribución de alimentos.
Como explica Carolina Barrero, directora de Ciudadanía y Libertad, “la caída de Maduro es el golpe geopolítico más severo que ha recibido el régimen cubano desde el colapso soviético”. Durante décadas, el crudo venezolano subvencionado fue el oxígeno que mantuvo viva la economía cubana. Su desaparición ha dejado al Gobierno buscando alternativas que no existen a gran escala.
Estados Unidos, bajo la presidencia de Donald Trump, ha actuado con rapidez para explotar esa vulnerabilidad. Desde principios de enero, Washington ha aislado de facto a Cuba del petróleo venezolano y ha amenazado con imponer aranceles a cualquier país dispuesto a suministrar combustible a la isla. Las consecuencias han tenido un efecto paralizador que va más allá del sector energético. Las aerolíneas de varios países (entre ellas las que más turistas aportaban, Canadá y Rusia) han suspendido sus vuelos tras ser informadas de que no podrían repostar en los aeropuertos cubanos, lo que supone un duro golpe para el turismo, una de las últimas fuentes fiables de divisas del país.
El propio Trump ha redoblado la presión esta semana. “Creo que tendré… el honor de tomar Cuba. Ya sea liberarla, tomarla -podré hacer lo que quiera con ella-. Es una nación muy debilitada en este momento”, verbalizó el presidente estadounidense.
Mientras, en las calles, la crisis se mide en horas sin electricidad y en la erosión constante del peso, que ha caído a mínimos históricos en el mercado informal. Esta semana, los cubanos han pasado 30 horas seguidas sin electricidad, el sexto apagón nacional en 18 meses. Los hospitales y el transporte funcionan en situación de emergencia, las universidades han pasado a la enseñanza en línea y la agricultura se limita a los cultivos básicos. Los diplomáticos en La Habana hablan abiertamente de planes de contingencia y recortes, preocupados por la falta de combustible para el transporte, agua y alimentos, que podría provocar un colapso en cuestión de semanas.
En el centro de la estrategia de Washington se encuentra el secretario de Estado, Marco Rubio, hijo de inmigrantes cubanos y nacido en Miami. Rubio ha sido una de las voces más contundentes de la Administración Trump en lo que respecta a Cuba y sostiene que el instinto
del régimen por el control total es la causa principal del hundimiento de la isla. “Preferirían estar a cargo de un país moribundo antes que permitirle prosperar”, ha reconocido recientemente.
El Gobierno cubano, liderado por el presidente Miguel Díaz-Canel, ha rechazado públicamente la rendición y ha manifestado su disposición a dialogar con Washington “sin presiones ni condiciones previas”. Sin embargo, el margen de maniobra se agota. A diferencia de lo ocurrido en la década de 1990, cuando el colapso soviético sumió a Cuba en la miseria, no hay ningún patrocinador externo dispuesto a intervenir de forma decisiva. Los gobiernos de la izquierda iberoamericana están dejando que la isla se hunda. El apoyo retórico de Moscú o Pekín no se ha traducido en envíos de petróleo. En términos prácticos, solo la presidenta mexicana, Claudia Sheinbaum, ha ofrecido una ayuda humanitaria limitada, y cuidadosamente calibrada, que no llega a reanudar el suministro de energía.
Las escasas vías de supervivencia han alimentado entre los diplomáticos extranjeros la sensación de que Washington pone a prueba una hipótesis dura: que la asfixia económica sostenida podría empujar a los cubanos a las calles y forzar un cambio desde dentro. Aún no se sabe si ese cálculo resultará acertado. Lo que está claro es que Cuba se enfrenta, una vez más, a una crisis sistémica sin red de seguridad, con sus dirigentes apostando por la resistencia, su población preparándose para una escasez prolongada y su futuro pendiente de decisiones tomadas mucho más allá de sus fronteras.
Periodista. Jefa de Internacional y subdirectora de Artículo14. Ha cubierto como enviada especial los conflictos más importantes de los últimos 15 años.
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