Acción climática: una necesidad urgente para la humanidad

Winter landscape with ice sheets floating on the ocean surface.

El estado de las variables climáticas preocupa a la mayor parte de las personas; bien sea en el ámbito personal o en el productivo. Lo hace de forma más notoria a aquellas que cuentan con recursos para entender lo que está pasando. Por desgracia, las que carecen de una formación consolidada apenas se ocupan en entenderlas; bastante tienen con escaparse de los sucesivos embates meteorológicos. Estos, por su repetición a lo largo de los años, parecen configurar un clima cambiante. Las investigaciones serias apuntan a que nos encontramos en una crisis climática que marcará el inicio de un clima de diferentes caracteres: más incisivo según territorios.

No resulta sencillo convenir unánimemente que el cambio climático ya está aquí. Da lo mismo que el IPCC (Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático) lo confirme año tras año desde su creación en 1988. No importa que el sistema Copernicus de la UE alerte de los peligros que pueden venir. La voz de la ciencia apenas se escucha; no viaja por las redes informáticas más visitadas. Primero, porque dice verdades climáticas que asuntan; segundo, porque en las redes embaucadoras se encargan más bien de lanzar diariamente millones de mensajes cortos, halagadores del yoísmo o criticones con el sistema. Contienen una idea fija: la vida hay que vivirla; fuera las preocupaciones. Nada de poner cortapisas a la libertad de consumir y hacer individualmente aquello que nos plazca.

Algunos tenemos la manía de estar conectados con instituciones que hablan seriamente del clima. Es más, estas entidades tienen la grandeza de enviarnos gratuitamente información puntual sobre sus investigaciones. Entre ellas vamos a destacar a WRI (World Resources Institute). Hace unos meses, antes de la celebración de la COP30, daba cuenta de la publicación de State of Climate Action 2025. Allí realiza sus proyecciones de cómo será el clima en relación con aquel Acuerdo de París 2015. En aquella conferencia sobre el clima, los países se comprometieron con unos objetivos viables de mantener el clima “controlado” para 2030, 2035 y 2050. De forma especial en los sectores con mayores emisiones del mundo (energía, edificios, industria, transporte, bosques y tierras, y alimentación y agricultura). Pero no solo eso, en París se selló la rapidez con la que debía ampliarse la financiación tecnológica para mitigar la relación entre el dióxido de carbono (y otros gases de efecto invernadero) y el calentamiento/desajuste climático.

El citado informe evalúa los avances recientes en el logro de estos objetivos globales, destacando dónde y en qué medida deben acelerarse los esfuerzos en esta década. Constata con cantidad de datos que no podemos estar satisfechos por lo logrado. Por decirlo con buenas palabras, “la acción climática no se ha materializado al ritmo ni a la escala necesarios para alcanzar el objetivo de temperatura del Acuerdo de París”, en ninguno de los sectores señalados. Es más, se establecieron una serie indicadores evaluables. Ninguno de los 45 se encuentra cercano a alcanzar los 1,5 °C para finales de esta década.

En honor a la verdad, hay que subrayar que en tres de cada cuatro indicadores se progresa en la dirección correcta. Sin embargo, los avances son alarmantemente insuficientes. Lo cual, con el paso de los años expone a las comunidades, a las economías y a los ecosistemas a riesgos inaceptables. Vayamos a casos concretos: se siguen perdiendo bosques imprescindibles para la descarbonización; la deforestación ya supone el 10 % de las emisiones globales de dióxido de carbono, pero, además, sume en el dolor a la biodiversidad y deteriora los suelos antes protegidos; la desaparición del uso del carbón para generar energía no se detiene, como tampoco lo hace en sectores tan contaminadores como la construcción, la industria y el transporte. Además, la financiación climática global ha entrado en números rojos: la financiación pública de combustibles fósiles ha crecido un promedio de 75.000 millones de dólares anuales desde 2014, y la proporción de viajes en turismo, muchos de los cuales aún utilizan motores de combustión interna, sigue aumentando.

Así pues, por no hacer demasiado larga la entrada y puesto que incluimos los enlaces al estado del clima, resumamos diciendo que hay cierta urgencia en encaminarse hacia 2030. Mantener el rumbo apropiado hacia 2035 exige una enorme aceleración de los esfuerzos en todos los sectores. El mundo debe, por ejemplo, copiar casi textualmente las recomendaciones del WRI, trabajar rápido y bien para:

– Eliminar gradualmente el carbón más de diez veces más rápido

– Reducir la deforestación nueve veces más rápido

– Expandir las redes de transporte rápido cinco veces más rápido, lo que equivale a construir al menos 1400 km de carriles para trenes ligeros, metro y autobuses al año

– Reducir el consumo de carne de res, cordero y cabra en regiones de alto consumo cinco veces más rápido

– Escalar la eliminación tecnológica de dióxido de carbono más de diez veces más rápido, lo que equivale a construir cada mes nueve de las mayores instalaciones de captura directa de aire actualmente en construcción

– Aumentar la financiación climática en casi un billón de dólares anuales

Para mucha gente el clima es algo así como un espacio abierto por donde se escapa todo. Apenas inquieta, o si lo hace es fugazmente. Se concreta en poco más que la mutación de la vestimenta a lo largo de las estaciones. En sí mismo, esta anécdota oscurece a lo esencial; pero ahora mismo molestan algunas vestimentas mentales dentro de la sociedad universal.

El último párrafo de las conclusiones del informe dice, más o menos, así:

“Si bien en los últimos años hemos presenciado una creciente demanda pública y soluciones cada vez más probadas, el mundo aún carece de un liderazgo audaz y de tiempo. La mayoría de los indicadores evaluados en este informe avanzan en la dirección correcta, aunque con demasiada lentitud. Para convertir estas chispas de esperanza en una tormenta de cambio, no debemos retroceder. En cambio, ahora es el momento de levantarnos con determinación y convertir los logros dispersos en un cambio sistémico que beneficie a todos”.


Carmelo Marcén Albero
Investigador ecosocial y analista de la Fundación Alternativas

Maestro y Doctor en Geografía. Ha sido profesor de Educación Primaria, Secundaria y Formación del Profesorado. Autor de artículos e investigaciones sobre medioambiente y educación recogidos en revistas especializadas como Cuadernos de Pedagogía, Investigación en la Escuela o Aula de Innovación educativa.

Premio Nacional “Educación y Sociedad” 1992 y 1993 por sus propuestas didácticas en torno al río y el paisaje vividos. Ha publicado varios libros sobre estas temáticas. Investigador colaborador del Dpto. de Geografía de la Universidad de Zaragoza y de la Fundación Alternativas de Madrid. Es miembro del Consejo de Ecodes (Fundación Ecología y Desarrollo).

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