Tribuna del embajador de Irán: «¿Cómo debe entenderse esta guerra de agresión?»

 

Reza Zabib

Embajador de Irán en España

 

En la madrugada del 28 de febrero, el eje de agresión israelí-estadounidense volvió a imponer abiertamente, sin razón ni justificación alguna, una guerra elegida contra el pueblo de Irán. ¿Cómo debe entenderse este conflicto? ¿Por qué se activó la opción de la guerra agresiva? ¿Qué está realmente en juego? ¿Dónde se sitúa Europa en este escenario? ¿Quién será el vencedor y quién el derrotado final? De manera muy breve y sencilla:

 

No olvidemos que esta misma lógica ya condujo a una agresión similar en junio de 2025 por parte de ese mismo eje. Irán, mostrando la máxima contención en su defensa, acabó aceptando un alto el fuego no oficial para evitar un mayor deterioro de la paz y la seguridad internacionales y regionales, así como la desestabilización de la economía global. Sin embargo, este enfoque positivo provocó un error de cálculo entre los partidarios de la guerra en Washington y Tel Aviv, quienes decidieron reanudar el conflicto. La verdadera víctima de esta guerra de agresión, incluso antes que el pueblo iraní -como las 168 niñas de primaria en Minab-, es la paz y la seguridad internacionales. Porque permitir una agresión de este tipo implica que cualquier nación puede convertirse en la próxima víctima. En Europa, especialmente tras las recientes amenazas de Trump contra Europa y la OTAN, cabe preguntarse: ¿podrían Dinamarca o Groenlandia ser los siguientes objetivos?

 

¿Era evitable la guerra? Desde la perspectiva iraní, la diplomacia ha sido siempre la primera, la segunda y la tercera prioridad. Por ello, negoció sobre la cuestión nuclear hasta alcanzar un acuerdo en 2015. Sin embargo, en 2018 Trump se retiró de dicho acuerdo, y Europa no pudo o no quiso llenar ese vacío. Irán, con una visión orientada a la paz, permaneció en la mesa de negociación durante toda la presidencia de Biden, en junio de 2025 y en febrero de 2026. Según una entrevista del ministro de Asuntos Exteriores de Omán con NBC, en febrero el acuerdo estaba al alcance. Pero el eje de agresión inició las guerras de junio de 2025 y febrero de 2026 en pleno proceso diplomático, porque su único objetivo era la guerra.

 

Aunque los agresores aún no han logrado ofrecer una explicación clara sobre las razones de esta agresión -oscilando entre instalaciones nucleares que afirmaban haber destruido en junio de 2025, la democracia y otras justificaciones cambiantes-, quien piense que esta agresión se limita a un país concreto como Irán se equivoca gravemente. Basta observar la economía mundial: un aumento del 30% en el precio del petróleo, interrupciones en la cadena de suministro, incremento en los precios de fertilizantes, etc., que afectan la vida de cualquier ciudadano en cualquier rincón del planeta. Sin duda, esto también se siente en las gasolineras europeas. Así, dos aliados de Europa han emprendido una aventura agresiva que impacta directamente en la vida de los ciudadanos europeos, sin siquiera consultar o informar a su socio.

 

Más allá de lo económico, desde una perspectiva estratégica y de cortesía diplomática cabe preguntarse: ¿qué tipo de alianza es esta, en la que uno de los aliados inicia una guerra de agresión que genera enormes desafíos de seguridad y económicos para el otro, sin informarle siquiera? ¿Acaso se puede seguir hablando de una alianza transatlántica? Seamos claros: si atendemos al nuevo documento de seguridad nacional de Estados Unidos, esa alianza ha pasado a la historia con una muerte prematura. Y esto no es un hecho menor: el aliado europeo, abandonado en un vacío, sigue siendo presionado para participar en la guerra bajo el pretexto de mantener abierto el estrecho de Ormuz, es decir, para sacrificar la vida de sus soldados, sus recursos financieros y su seguridad en una guerra de agresión, con el fin de que el aliado agresor pueda declarar la victoria.

 

¿Qué está en juego? ¿Existen realmente intereses comunes transatlánticos? ¿Se veía amenazado algún interés europeo que justificara esta guerra? La realidad es que no hay intereses comunes atlánticos en juego, ni existía amenaza alguna contra Europa que requiriera una guerra de agresión. Más allá de las politizadas acusaciones en materia de derechos humanos, la preocupación nuclear no solo fue resuelta en 2015 con el acuerdo, sino que Irán, durante toda la administración Biden hasta junio de 2025 y febrero de 2026, estuvo dispuesto a cualquier compromiso dentro del marco de limitar su programa nuclear pacífico a cambio del levantamiento de sanciones ilegales -en realidad, una forma de terrorismo económico- que incluso han impedido la compra de vendajes para niños con enfermedades raras. Sin embargo, Estados Unidos destruyó el acuerdo en 2018 y no ha mostrado disposición a un nuevo compromiso, insistiendo únicamente en la inviable opción de la “rendición incondicional”, lo que ha desembocado inevitablemente en una guerra de agresión. Por lo tanto, lo que está en juego es un intento ilusorio de salvar a una superpotencia desgastada y en declive, que ha optado por hacerlo mediante la destrucción de las normas más fundamentales del orden internacional -como la prohibición de la amenaza y el uso de la fuerza- y desacreditando las instituciones de las relaciones internacionales basadas en el derecho (law-based) o, al menos, en reglas (rule-based). Pero, esta estrategia no ha producido ni producirá más que destrucción de la paz y la seguridad. Así, aunque Gaza, Líbano o Irán puedan sufrir grandes daños y pérdidas en un primer momento, los perdedores finales serán todos.

 

Sin embargo, para la Unión Europea hay mucho en juego. La opinión pública no ha olvidado que Bruselas, tras dos años de genocidio en Gaza, sigue siendo testigo de la catástrofe humanitaria en Palestina sin siquiera poder suspender su acuerdo comercial con un régimen de apartheid cuyo genocidio ha sido reconocido por dos tribunales internacionales. Al mismo tiempo, no solo ha avanzado -mediante toda clase de acusaciones infundadas- en la demonización de las víctimas de agresiones ilegítimas, entre ellas Irán, sino que, ante las agresiones de junio de 2025 y febrero de 2026 contra Irán, en lugar de pronunciar la más mínima condena del recurso a la fuerza en forma de guerra de agresión, ha preferido refugiarse de inmediato tras el discurso de los derechos humanos e imponer sanciones a decenas de instituciones y responsables iraníes. Esto puede interpretarse como un gesto de afirmación simbólica, pero lamentablemente no contribuye a fortalecer la posición de esta entidad en la promoción de una influencia positiva sobre el curso de los acontecimientos mundiales ni en el apoyo a la paz y la seguridad internacionales. No se trata meramente de fórmulas diplomáticas elegantes; como se ha explicado, en realidad esta institución no ha logrado salvaguardar los intereses de sus ciudadanos y de sus Estados miembros mediante la promoción de la paz y la seguridad internacionales como bienes comunes de la humanidad. Pero la cuestión no termina ahí. La UE, con esta actitud pasiva, se encuentra en una situación en la que sanciona a otros bajo el pretexto de la guerra de Ucrania, pero luego se despierta para descubrir que su aliado atlántico ha suspendido esas mismas sanciones con el fin de evitar las consecuencias devastadoras de la agresión militar contra Irán. En tales circunstancias, el contribuyente europeo bien podría preguntarse qué ha sido de la credibilidad y la eficacia de la institución europea.

 

Es lamentable que no haya querido o podido considerar reiteradas propuestas para mejorar su enfoque hacia Oriente Medio en beneficio de sus ciudadanos y de los intereses comunes. Debemos aceptar que, en el mundo interconectado actual, la seguridad y el bienestar son indivisibles: o todos se benefician, o todos pierden. La vida moderna debe entenderse como un juego de beneficio mutuo; de lo contrario, se convierte rápidamente en un juego de pérdida mutua. Nadie es perfecto, y nadie tiene derecho a dar lecciones, pero la prosperidad compartida requiere interacción, porque la demonización -que conduce a la confrontación y la guerra- no trae más que derrota colectiva y pone en peligro la paz, la seguridad y el bienestar.

 

 

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