La ceguera voluntaria de no sentir el aumento del calor global

Antarctic glacier in the snow. Beautiful winter background. Vernadsky Research Base.

El invierno es una buena época para hablar de calor. El calor es una magnitud que siempre poseen los cuerpos, en mayor o menor cantidad. Se siente el calor, o su escasez, pero no se puede saber la cantidad de frío; no es una magnitud. El calentamiento global, según dicen quienes de esto saben, significa que sobre todo el sistema tierra-agua-aire superficial está acumulando más energía calorífica de lo que lo hacía antes. ¿Dónde se nos habrá ido el calor? Con lo bien que nos iría ahora. Algo así pensó el señor Trump cuando visitó la costa este de EEUU en un invierno duro, quiero recordar que hacia el 30 de enero de 2019. Su concienzuda sabiduría, creciente en estos asuntos del “NO cambio climático” según vemos en el segundo mandato, le llevo a exclamar: “¡Por favor, calor vuelve pronto, te necesitamos!”. Se refería al calentamiento global, claro. Para nada me invento esto. Lo recogió The New York Times. La sabiduría del mandatario, que no distingue tiempo y clima, ha ido en aumento en el segundo mandato, del cual soportamos ya un año.

En general, no somos muy dados a hacer proyecciones basadas en datos objetivos. Sirven más los chascarrillos de TikTok y las redes enredadoras. Pero lo del clima es cosa seria; es más conveniente apoyarse en evidencias demostradas. Es por eso que gobiernos y entidades supranacionales nos quieren ayudar. Es el caso de Copernicus de la UE (Europe’s Eyes on Earth), que nos quiere evitar la transitoria (¿definitiva?) ceguera voluntaria. En su último informe Global-climate-highlights-2025 viene a decirnos que debemos cambiar nuestros estilos de vida. No podemos esperar a que el tiempo nos avasalle. La coherencia ecosocial debería ser el nexo de unión de todos los países miembros, de su ciudadanía.

Para no cansar a quienes se interesen en esta entrada, más bien en las consecuencias de lo que el informe apunta, vamos a subrayar algunas notas que la definen. Quienes tengan interés en ampliar disponen del enlace. Seguro que si entran en la web van a disfrutar. Resumamos por tanto en unas cuantas ideas/conclusiones básicas:

Señalemos, reflexionemos, sobre todos estos datos. No son un sumatorio sin más. Evidencian una serie de incertidumbres ecosociales. Afectarán más o menos según territorios y desigualdades. También a la menguante biodiversidad con la que somos interdependientes. Dan cuenta de cómo el calentamiento global y el cambio climático golpean nuestra salud. Sepamos que ambos afectan también a la salud ocular. Es lo que cuenta la revista Knovable magacin en Cómo el cambio climático afecta a la salud ocular. Recoge los resultados de la investigación Analysing the Evidence of the Effects of Climate Change, Air Pollutants, and Occupational Factors in the Appearance of Cataracts, liderada por Lucía Echevarría-Lucas y desarrollada en Andalucía hace unos años. Detectó un aumento en la incidencia estandarizada de cataratas seniles. La incidencia de estas cataratas está relacionada con el aumento anual de las temperaturas máximas, especialmente en hombres. Es más, parece que “la distribución de la incidencia estandarizada de cataratas tempranas en hombres exhibe una correlación bivariada con la presencia de diversos contaminantes (CO, N₂O, PM₁, PM₂ y contaminantes totales)”.

Ante este panorama nadie puede quedar petrificado, ciego climático. En Ensaio sobre a Cegueira (Ensayo sobre le ceguera), José Saramago definiría su novela como un ensayo que plasmaba, criticaba y desenmascaraba a una sociedad podrida y desencajada. Es una novela psicológica, contada por un narrador omnisciente. Un cada vez más profundo egoísmo marca a los distintos personajes en la lucha por la supervivencia; una especie de parábola de ciertos comportamientos de la sociedad actual, que no está ciega físicamente pero algo mentalmente. Es más, parece voluntariamente sorda (ceguera del pensamiento) a lo que dice la ciencia. En palabras del autor: «Creo que no nos quedamos ciegos, creo que estamos ciegos, ciegos que ven, ciegos que, viendo, no ven».

La UE debe hacer un eje de vida de los estudios de Copernicus. De lo contrario no sabemos hasta dónde podemos llegar. Por cierto, si se quiere se puede encaminar una trasformación ecosocial. En algunos ámbitos ya ha comenzado. Pero llegó el señor Trump y el mundo empezó a girar sobre su eje a empujones sin criterio razonado. ¡Si Galileo Galilei estuviera por aquí!


Carmelo Marcén Albero
Investigador ecosocial y analista de la Fundación Alternativas

Maestro y Doctor en Geografía. Ha sido profesor de Educación Primaria, Secundaria y Formación del Profesorado. Autor de artículos e investigaciones sobre medioambiente y educación recogidos en revistas especializadas como Cuadernos de Pedagogía, Investigación en la Escuela o Aula de Innovación educativa.

Premio Nacional “Educación y Sociedad” 1992 y 1993 por sus propuestas didácticas en torno al río y el paisaje vividos. Ha publicado varios libros sobre estas temáticas. Investigador colaborador del Dpto. de Geografía de la Universidad de Zaragoza y de la Fundación Alternativas de Madrid. Es miembro del Consejo de Ecodes (Fundación Ecología y Desarrollo).

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