por Carlos Hernández-Echevarría
El tuit en cuestión se publicó poco antes de medianoche, hora de Washington. Eso en sí no tenía nada de especial, ya que hay noches en las que Donald Trump ha llegado a tuitear hasta 160 veces antes de irse a la cama de madrugada. Lo que hizo que el mensaje llamara la atención fue su contenido: un vídeo del matrimonio Obama en el que aparecían caracterizados como monos. Incluso en alguien con el historial de declaraciones racistas de Trump, parecía demasiado. Lo de comparar a las personas de ascendencia africana con monos es la caricatura xenófoba por excelencia a través de los siglos, tan obvia que nadie puede fingir no saber su significado. La Casa Blanca lo intentó durante unas horas, pero al final Trump se inclinó por la salida más fácil: decir que no había visto el vídeo entero y echarle la culpa a un asesor.
La parte del asesor es dudosa, pero la de que no había visto el vídeo entero es… posible. Trump tiene mucha actividad en Truth Social, la red social donde es a la vez el principal influencer y el accionista mayoritario, pero casi toda se basa en retuitear contenido de terceros. Hay toda una galaxia de creadores de contenido trumpista que sueñan con que un retuit del presidente a sus 11,7 millones de seguidores les lance al estrellato.
Es irónico que el responsable de crear todo un nuevo ecosistema (des)informativo 100% digital sea alguien a quien sus asesores le imprimen los tuits para que los lea en papel y que es adicto algo tan demodé como la televisión. Pero a la vez no se puede negar que Donald Trump fue de los primeros en ver que se podía saltar a los mediadores tradicionales de la información (periodistas y medios) para conectar directamente con los votantes a través de las redes sociales, y también quien mejor entendió que atacar a esos intermediarios y ridiculizarlos era una estrategia de comunicación ganadora.
En esa revolución EE.UU. ha cambiado y el Partido Republicano mucho más. Aunque personalmente Trump siga prestando mucha más atención a lo que pasa en FOX News o en “el fallido New York Times”, en su partido marcan más agenda los streamings de varios influencers hiper partidistas como Ben Shapiro, Candace Owens, Steve Bannon, Benny Johnson o Laura Loomer.
Por encima de nichos ideológicos concretos, el modelo económico que han creado las grandes plataformas digitales con su preferencia por los creadores individuales por encima de las marcas mediáticas afecta a todo el panorama informativo. Para los jóvenes varones que desconfían de ambos partidos, orienta mucho más el voto lo que diga en su podcast el ex luchador Joe Rogan a 20 millones de suscriptores en YouTube y otros 15 en Spotify, que las noticias del CBS, que tienen tres veces menos suscriptores online y apenas una de cada siete personas que los ve por la televisión está entre los 25 y los 54 años.
EL DECLIVE DE LOS MEDIOS TRADICIONALES
Para los medios tradicionales, es la tormenta perfecta. A la pérdida combinada de credibilidad y modelo de negocio se le suma el miedo. Muchos de los mismos medios tradicionales que vivieron una relativa “edad de oro” durante el primer mandato de Trump han tomado en el segundo una actitud resignada, cuando no servil.
El Washington Post, por ejemplo, inauguró en el primer año del primer mandato de Trump su lema “La democracia muere en la oscuridad”, en plena época de expansión tras su compra por parte del dueño de Amazon, Jeff Bezos. En el último año, sin embargo, el magnate ha reformado las páginas de opinión para que se centren en “la libertad individual y los mercados libres” y su empresa ha donado un millón a Trump, todo después de que el presidente amenazara de forma explícita con perjudicarle en sus otros negocios. El periódico acaba de anunciar más de 300 despidos.
La gran referencia histórica del periodismo en televisión, la CBS, ha puesto al frente a una periodista cercana a Trump y le ha pagado al presidente una millonada en un acuerdo para no ir a juicio por un contencioso absurdo, la misma vía que ha elegido su rival ABC. Mientras tanto, el presidente llegó a expulsar de la sala de prensa de la Casa Blanca a medios tradicionales como la agencia Associated Press y acosa todavía en los juzgados a otros como Reuters o el Wall Street Journal.
Trump tampoco descuida la presión sobre las plataformas digitales y se ha asegurado de que el mismo empresario cercano que ha comprado la CBS se haga también con el control de TikTok en EEUU. Con todo, los medios tradicionales se llevan la peor parte. Trump, que empezó su carrera utilizando un alias para hacerse pasar por su propio director de comunicación y hablar directamente con los periodistas, disfruta ahora de los resultados de un ecosistema informativo cada vez más parcial y atomizado. Los medios, en concreto, están atrapados en un triángulo trágico de caída de audiencia, falta de ingresos y cada vez menos consideración por parte de sus audiencias: un hueco que otros ya están llenando con un contenido más ideológico y polarizante.
Carlos Hernández-Echevarría
Carlos Hernández-Echevarría es periodista, profesor del Máster en Estudios Norteamericanos del Instituto Franklin-UAH y profesor asociado en Universidad Carlos III de Madrid. Analiza la actualidad y la historia estadounidense en varios medios de comunicación y revistas especializadas. Es licenciado en periodismo por la Universidad San Pablo CEU y máster en Elections and Campaign Management por la Fordham University de Nueva York, donde fue becario Fulbright. Ha trabajado 15 años en televisión y ahora es el coordinador de Políticas Públicas del fact-checker Maldita.es.
