Maryam Efekharian es doctora en Filología Hispánica, activista de Derechos Humanos y colaboradora de la Fundación Alternativas

Tras diez días de silencio digital impuesto y veinte jornadas de protestas masivas en las calles de Irán contra el régimen teocrático y opresor de los ayatolás, las noticias procedentes de Irán ponen al descubierto la magnitud imparable de una resistencia popular, así como la escalofriante cifra de asesinados, desaparecidos y detenidos.
El régimen de los ayatolás intentó acallar el grito del pueblo iraní desconectando al país entero de la red global. Sin embargo, hoy, más que nunca, el pueblo, como el ave fénix, resurge con mayor fuerza desde sus cenizas: un pueblo herido por la represión vuelve a alzar la voz, ya no solo contra la crisis económica y la pobreza generalizada, sino contra la propia estructura del poder autoritario.
Lo que en principio parecía una simple protesta contra la subida desenfrenada de la inflación y la caída en picado del valor de la moneda nacional, fue solo la punta del iceberg. Todo ello desató una oleada de huelgas que comenzaron el 28 de diciembre en el Gran Bazar de Teherán, el corazón del mercado financiero, y cuya amplitud se extendió posteriormente a todas las ciudades grandes y pequeñas, así como a numerosos pueblos del país. Aunque el gobierno no está dispuesto a escuchar los gritos del pueblo iraní, el mensaje es claro: los manifestantes, unánimemente, exigen un nuevo amanecer.
Esta vez, la protesta no pertenece a un solo grupo. Estudiantes, obreros, profesionales, amas de casa e incluso antiguos leales al sistema se han unido en un frente común. Las imágenes que lograron filtrarse durante el apagón digital muestran a mujeres sin velo caminando junto a ancianos; a mujeres con hijab acompañadas de sus hijos pequeños; a jóvenes pintando consignas revolucionarias en los muros de las escuelas; y a barrios marginales del sur de Teherán convertidos en auténticas trincheras de dignidad.
Tras el llamamiento del príncipe heredero de Sha, Reza Pahlavi, a salir a protestar por sus derechos fundamentales durante los días nueve y diez de enero, una marea del pueblo enfurecido, pero valiente, llenó las calles del país. Las protestas, lejos de apagarse, se han extendido a más de 180 ciudades, grandes y pequeñas, dibujando un mapa del descontento que abarca todo el territorio nacional.
La respuesta oficial del régimen ha sido tan predecible como brutal: cortes totales de Internet, vigilancia masiva mediante tecnología satelital, apagón informativo y detenciones arbitrarias y una represión que ha teñido de luto a incontables hogares. Pero cada bala, cada arresto y cada intento de silenciar ha añadido leña al fuego. Este régimen, sin legitimidad nacional, intenta con su reacción inhumana sofocar al pueblo iraní e impedir que sus gritos crucen las fronteras y lleguen al mundo. La comunidad internacional observa, a veces con complicidad silenciosa, otras con declaraciones tibias. Mientras tanto, el pueblo iraní escribe, con su sangre y su valor, una de las páginas más conmovedoras de la lucha por la libertad en el siglo XXI.
Esto no es solo una imagen; es un testimonio. Detrás de cada número hay un rostro, detrás de cada consigna hay un sueño, detrás de cada protesta, una nación que ha dicho “fuera el régimen teocrático”. En cada palabra y en cada gesto de resistencia, late una verdad incuestionable: la demanda fundamental de libertad y la profunda brecha existente entre el régimen clerical y la sociedad.
El régimen es capaz de apagar pantallas, cortar deliberadamente el acceso a internet y aplicar controles y vigilancia digital, incluida la interferencia en redes satelitales como Starlink. Sin embargo, no será capaz de borrar la memoria ni sofocar el anhelo de un pueblo que ha decidido, por fin, reescribir su historia.
Las imágenes y vídeos que han logrado salir del país muestran con claridad la magnitud de este genocidio: cientos de cadáveres tendidos en el suelo en solo uno de los centros forenses de Kahrizak, familias de luto buscando a sus seres queridos entre innumerables bolsas negras. Muchos de estos vídeos muestran los cuerpos sin vida de niños o jóvenes mirando al cielo aún, con los tubos o parches médicos conectados, que recibieron un tiro en la cabeza para silenciar su voz para siempre.
Estas imágenes y vídeos desgarradores evocan inevitablemente las escenas del Holocausto, en particular la masacre de los judíos durante la Segunda Guerra Mundial. No debemos olvidar que toda esta información no es más que una gota dentro de la trágica realidad que vive hoy Irán, dado que aún no han salido a la luz las imágenes procedentes de los pequeños pueblos y de las ciudades más periféricas. No existe la menor duda de que, una vez que esas escenas logren salir del país, su impacto será aún más estremecedor y sobrecogedor.
Lo que verdaderamente conmueve y escandaliza a cualquier observador imparcial es la indiferencia del gobierno español ante el genocidio perpetrado en Irán y su incapacidad para situarse del lado correcto de la historia. Sin lugar a dudas, la matanza de miles de inocentes desarmados por un régimen opresor y sangriento constituye una evidencia clara de crímenes de lesa humanidad. ¿Dónde está el señor presidente Pedro Sánchez? ¿Acaso existen intereses bilaterales que expliquen que el gobierno español mantenga esta postura de indiferencia moral?
Las supuestas proclamas humanitarias procedentes de Occidente y de instituciones que se presentan como garantes de la ética y de los derechos humanos resultan, en este contexto, profundamente cuestionables. Es precisamente ahí donde todos los criterios morales y los principios fundamentales de los derechos humanos quedan puestos en entredicho, y donde la tragedia se revela en toda su magnitud. Ante esta realidad tan evidente, ¿queda todavía alguna justificación posible para este silencio?
