Veinticinco años después de los atentados contra Estados Unidos, el 11 de septiembre de 2001 aparece como mucho más que la fecha que inauguró la guerra global contra el terrorismo. La caída de las Torres Gemelas abrió un ciclo que transformó la seguridad, las relaciones internacionales y la propia concepción del poder. Afganistán e Irak desgastaron la hegemonía estadounidense mientras China construía silenciosamente su alternativa, Rusia regresaba al tablero y Europa comenzaba a descubrir los límites de su dependencia estratégica. Un cuarto de siglo después, el mundo unipolar que existía aquella mañana ha desaparecido. El 11-S no creó por sí solo el nuevo orden mundial, pero aceleró muchas de las fuerzas que terminarían construyéndolo.
El último día del mundo unipolar
El 11 de septiembre de 2001 comenzó, paradójicamente, en el momento de mayor poder de Estados Unidos. Habían pasado apenas diez años desde la desaparición de la Unión Soviética y ninguna potencia parecía capaz de discutir seriamente la hegemonía norteamericana. Washington dominaba militarmente, el dólar vertebraba la economía internacional, Silicon Valley simbolizaba la revolución tecnológica y la globalización parecía extender por todo el planeta un modelo económico construido fundamentalmente alrededor de Occidente.
Los atentados alteraron aquella sensación de invulnerabilidad. Al Qaeda demostró que una organización no estatal podía golpear el corazón financiero y militar de la primera potencia mundial. Pero la consecuencia histórica no estuvo únicamente en el ataque. Estuvo también en la respuesta.
Estados Unidos declaró una guerra global contra el terrorismo que determinaría buena parte de su política exterior durante las dos décadas siguientes. Afganistán fue primero. Irak llegó después. Washington concentró recursos militares, económicos, diplomáticos y políticos en un espacio que terminaría absorbiendo una parte extraordinaria de su atención estratégica.
El 11-S fue, en ese sentido, una gigantesca desviación geopolítica.
Las guerras que cambiaron a Estados Unidos
La intervención en Afganistán consiguió expulsar rápidamente del poder a los talibanes, pero terminó convirtiéndose en la guerra más larga de la historia estadounidense. Irak tuvo consecuencias todavía mayores. La caída de Sadam Husein eliminó una dictadura, pero destruyó equilibrios regionales, alimentó nuevas dinámicas sectarias, reforzó indirectamente la influencia de Irán y creó algunas de las condiciones que posteriormente facilitarían la aparición del Estado Islámico.
Las guerras posteriores al 11-S demostraron además los límites del poder militar. Estados Unidos podía derrotar ejércitos en semanas, pero no necesariamente construir Estados estables durante décadas.
Ese descubrimiento tuvo un enorme coste. Miles de soldados estadounidenses murieron, cientos de miles de civiles resultaron víctimas de las guerras y se gastaron cantidades extraordinarias de recursos. Pero hubo también un coste intangible: el desgaste de la legitimidad internacional de Washington.
Guantánamo, Abu Ghraib, las prisiones secretas, los programas de vigilancia y las polémicas sobre las armas de destrucción masiva iraquíes deterioraron una parte del capital político acumulado por Estados Unidos después de la Guerra Fría.
El poder norteamericano seguía siendo inmenso. Su capacidad para convertir ese poder en un orden aceptado empezaba, sin embargo, a disminuir.
Mientras Washington miraba a Oriente Medio, China crecía
Existe una coincidencia histórica especialmente significativa. Apenas tres meses después del 11-S, China ingresó en la Organización Mundial del Comercio.
Mientras Estados Unidos comenzaba a construir la arquitectura de la guerra contra el terrorismo, Pekín aceleraba su integración en la economía global. Durante los veinte años siguientes, China protagonizó una de las mayores transformaciones económicas de la historia contemporánea.
Se convirtió en la fábrica del mundo, desarrolló infraestructuras gigantescas, acumuló reservas financieras, construyó empresas tecnológicas, modernizó sus Fuerzas Armadas y comenzó a extender su presencia económica por Asia, África, América Latina y Europa.
Cuando Washington empezó a identificar a China como su principal competidor estratégico, el equilibrio ya había cambiado profundamente.
Esta es probablemente una de las consecuencias geopolíticas indirectas más importantes del 11-S. Estados Unidos dedicó buena parte de las primeras décadas del siglo XXI a combatir amenazas procedentes del terrorismo y de Oriente Medio mientras se desarrollaba una transformación mucho más profunda del sistema internacional: el ascenso de una potencia capaz de disputar su primacía económica, tecnológica y, progresivamente, militar.
El regreso de Rusia
También Rusia aprovechó aquel periodo para reconstruir su poder.
Vladímir Putin interpretó inicialmente la guerra contra el terrorismo como una oportunidad para aproximarse a Washington. Pero la relación terminó deteriorándose. La ampliación de la OTAN, las revoluciones en el espacio postsoviético, Georgia en 2008, la anexión de Crimea en 2014 y finalmente la invasión a gran escala de Ucrania en 2022 fueron marcando el regreso de una lógica de confrontación que Europa había creído superada.
El terrorismo había ocupado durante años el centro de las estrategias occidentales de seguridad. Ucrania devolvió al continente algo que parecía pertenecer al siglo XX: una guerra convencional de enorme escala entre Estados.
Europa descubrió entonces que, mientras se preparaba para responder a amenazas asimétricas, la geopolítica clásica nunca había desaparecido.
Europa y el precio de la dependencia
El 11-S también transformó profundamente Europa. Los atentados de Madrid de 2004 y Londres de 2005 demostraron que la amenaza terrorista no estaba únicamente al otro lado del Atlántico. La cooperación policial, el intercambio de inteligencia, el control de fronteras, la seguridad aérea, la vigilancia de las comunicaciones y la lucha contra la radicalización pasaron a ocupar un lugar central.
Pero la gran transformación europea llegaría después.
La crisis financiera, la dependencia energética de Rusia, la presión migratoria, la pandemia, la guerra de Ucrania y las dudas recurrentes sobre la futura relación transatlántica han obligado a la Unión Europea a preguntarse por su propia capacidad para actuar.
Conceptos como autonomía estratégica, soberanía tecnológica, seguridad económica, defensa europea o reducción de dependencias son hijos de ese largo proceso.
Europa ha descubierto que la globalización no eliminó la geopolítica. Simplemente ocultó durante algún tiempo sus vulnerabilidades.
Oriente Medio empieza a vivir sin Washington
Existe otra paradoja. El territorio que concentró buena parte de la estrategia estadounidense después del 11-S está aprendiendo ahora a funcionar con una presencia norteamericana menos determinante.
Estados Unidos no ha abandonado Oriente Medio, pero ya no quiere dedicarle la misma atención estratégica. Su prioridad es China y el Indo-Pacífico.
Arabia Saudí, Emiratos Árabes Unidos, Turquía, Irán, Israel y otras potencias regionales desarrollan políticas exteriores cada vez más autónomas. Mantienen relaciones simultáneas con Washington, Pekín, Moscú y otros actores. Las alianzas se vuelven más flexibles y los alineamientos menos automáticos.
El mundo que surgió del 11-S estaba organizado alrededor de la capacidad estadounidense para intervenir. El que aparece veinticinco años después se caracteriza precisamente por la multiplicación de actores capaces de actuar sin esperar necesariamente una decisión de Washington.
La seguridad también cambió nuestras sociedades
Las consecuencias del 11-S no fueron exclusivamente internacionales. También transformaron las democracias occidentales.
Aeropuertos, fronteras, comunicaciones, sistemas financieros y espacios públicos comenzaron a funcionar bajo nuevos criterios de seguridad. Los Estados ampliaron sus capacidades de vigilancia y las sociedades aceptaron restricciones que habrían resultado difíciles de imaginar antes de los atentados.
Apareció además un debate que continúa vigente: cuánto espacio están dispuestas a sacrificar las democracias en nombre de la seguridad.
Ese dilema ha cambiado de tecnología, pero no de naturaleza. Hoy ya no se refiere únicamente al terrorismo. Incluye reconocimiento facial, inteligencia artificial, vigilancia masiva, control de datos, ciberseguridad y capacidad de los Estados para anticipar amenazas.
El 11-S inauguró también la política de la vigilancia del siglo XXI.
Del terrorismo a la competición entre potencias
Quizá el cambio más revelador se encuentre en las estrategias de seguridad actuales. El terrorismo continúa siendo una amenaza, pero ya no ocupa el lugar absolutamente central que tuvo después de 2001.
La prioridad vuelve a ser la competencia entre grandes potencias.
Estados Unidos mira a China. Europa mira a Rusia y empieza también a mirar a China. El Indo-Pacífico adquiere una importancia creciente. La tecnología, los semiconductores, las materias primas críticas, los cables submarinos, los satélites, la inteligencia artificial, la energía y las cadenas de suministro se han convertido en instrumentos de poder.
La geopolítica ha regresado incluso a la economía.
Durante los primeros años posteriores al 11-S, Occidente discutía cómo combatir redes terroristas transnacionales. Veinticinco años después vuelve a discutir sobre bloques, zonas de influencia, rearme, fronteras, soberanía económica y equilibrio militar.
Es difícil imaginar una transformación más profunda.
El nacimiento del mundo multipolar
El 11-S no provocó por sí solo el declive relativo de Estados Unidos ni el ascenso de China, la recuperación rusa o la emergencia de nuevas potencias. Pero sí alteró las prioridades estratégicas de Washington durante un periodo decisivo y aceleró procesos que terminaron modificando el equilibrio internacional.
Hoy India reclama su propio espacio. Turquía practica una política exterior cada vez más autónoma. Arabia Saudí y los Emiratos diversifican alianzas. Brasil reivindica protagonismo global. África se ha convertido en territorio de competencia entre potencias. El llamado Sur Global exige una representación diferente en las instituciones internacionales.
El resultado no es todavía un nuevo orden perfectamente definido. Es, más bien, un mundo en transición.
Estados Unidos continúa disponiendo de una capacidad militar, financiera, tecnológica y diplomática extraordinaria. Pero ya no existe aquella sensación de ausencia de alternativa que caracterizaba el comienzo del siglo.
Veinticinco años después
Las imágenes de los aviones impactando contra las Torres Gemelas siguen siendo uno de los grandes símbolos visuales de nuestro tiempo. Cambiaron la percepción de la seguridad, desencadenaron guerras, transformaron legislaciones y condicionaron una generación entera de dirigentes.
Pero su consecuencia histórica más importante quizá solo pueda apreciarse ahora.
El 11 de septiembre de 2001, Estados Unidos era la potencia indiscutible de un mundo prácticamente unipolar. Veinticinco años después, China disputa su liderazgo, Rusia desafía militarmente el orden europeo, las potencias medias buscan autonomía, el Sur Global reclama poder y Europa intenta aprender a defender sus propios intereses.
El 11-S quiso demostrar que Estados Unidos era vulnerable. No acabó con su poder. Pero provocó una respuesta que contribuyó a dispersarlo precisamente cuando otros actores comenzaban a acumular el suyo.
Por eso, un cuarto de siglo después, aquel martes de septiembre puede contemplarse también como una frontera histórica. El 11-S no fue solamente el día en que cambió el mundo. Fue uno de los días en que comenzó el mundo en el que vivimos ahora.


