África vuelve a ocupar el centro de la competición entre las grandes potencias, pero esta vez por razones muy diferentes a las que marcaron las luchas geopolíticas del pasado. China, Estados Unidos, Europa, Rusia, Turquía y las monarquías del Golfo incrementan su presencia en un continente que concentra minerales críticos, algunas de las mayores reservas energéticas todavía disponibles, rutas marítimas estratégicas y, sobre todo, una transformación demográfica que puede convertirlo en uno de los grandes mercados mundiales durante las próximas décadas.
La nueva carrera por África no consiste únicamente en controlar recursos. Se compite por puertos, corredores ferroviarios, infraestructuras digitales, energía, mercados, influencia diplomática y alianzas militares. Y existe una diferencia fundamental respecto a épocas anteriores: los países africanos disponen hoy de muchas más alternativas y pretenden utilizarlas para negociar con todos.
África está dejando de ser considerada periferia del sistema internacional para convertirse en uno de los territorios donde se decidirá el reparto de poder del siglo XXI.
China y la ventaja de haber llegado antes
China comprendió esta transformación antes que sus competidores. Durante más de dos décadas ha desarrollado una extensa presencia mediante comercio, préstamos, construcción de infraestructuras e inversiones. Carreteras, ferrocarriles, puertos, presas y redes de telecomunicaciones han permitido a Pekín convertirse en un actor económico imprescindible para numerosos países africanos.
La estrategia ha evolucionado. Frente a los grandes proyectos financiados mediante deuda que caracterizaron las primeras etapas de la Nueva Ruta de la Seda, China está prestando mayor atención a proyectos de menor dimensión, rentabilidad económica y sectores estratégicos como energía, industria y minerales.
El objetivo continúa siendo fundamental: garantizar relaciones políticas duraderas y acceso a los recursos necesarios para la economía china.
África posee una parte sustancial de las reservas mundiales de cobalto, manganeso, platino y otros minerales esenciales para baterías, vehículos eléctricos, energías renovables, electrónica y defensa. La República Democrática del Congo ocupa una posición extraordinaria por el cobalto y el cobre; Zambia es fundamental para el cobre; Sudáfrica dispone de importantes reservas minerales; Mozambique, Tanzania y otros países aumentan su relevancia energética.
China no solamente busca extraer esos recursos. Pretende ocupar posiciones en toda la cadena de valor.
Esa ventaja acumulada obliga ahora a Estados Unidos y Europa a recuperar terreno.
Estados Unidos regresa con los corredores estratégicos
Washington ha comprendido que abandonar espacio económico en África significaba facilitar la expansión china. Su respuesta combina diplomacia, inversión privada y grandes proyectos de conectividad.
El Corredor de Lobito representa perfectamente esta nueva estrategia. La infraestructura pretende conectar las zonas mineras de Zambia y la República Democrática del Congo con el puerto angoleño de Lobito, en el Atlántico, creando una vía alternativa para exportar minerales críticos y estimular el desarrollo industrial regional.
No es simplemente un ferrocarril.
Es geopolítica convertida en infraestructura.
Estados Unidos quiere demostrar que puede ofrecer alternativas a la financiación china y construir cadenas de suministro menos dependientes de Pekín. Al mismo tiempo, busca reforzar relaciones con gobiernos africanos que durante años percibieron una atención estadounidense intermitente.
Washington afronta, sin embargo, una dificultad. China posee una presencia comercial construida durante décadas. Recuperar influencia requerirá continuidad, financiación y proyectos capaces de producir beneficios visibles para los países africanos.
África ha aprendido a distinguir entre anuncios occidentales y proyectos realmente ejecutados.
Europa ante el desafío de cambiar su relación
Para la Unión Europea, África constituye un desafío todavía más profundo. Ninguna otra gran potencia está tan directamente condicionada por lo que ocurra en el continente.
Migraciones, energía, seguridad, terrorismo, cambio climático, comercio y estabilidad política conectan ambas orillas del Mediterráneo. Sin embargo, Europa continúa arrastrando una relación marcada por el pasado colonial y por la percepción africana de que Bruselas contempla demasiado frecuentemente el continente desde la lógica de sus propios problemas.
La estrategia Global Gateway pretende modificar esa situación mediante inversiones en infraestructuras, conectividad, energía y digitalización. Europa dispone de ventajas importantes: proximidad geográfica, enorme mercado, capacidad financiera, tecnología y relaciones económicas históricas.
Pero debe cambiar el enfoque.
Los gobiernos africanos ya no quieren limitarse a exportar materias primas para comprar posteriormente productos manufacturados. Reclaman procesamiento local, industrialización, empleo, transferencia tecnológica y participación en las cadenas de valor.
La transición energética ofrece un ejemplo evidente. Europa necesita minerales africanos para fabricar baterías, redes eléctricas y tecnologías renovables. África quiere que una parte creciente de esa transformación industrial se produzca dentro del continente.
La asociación funcionará solamente si ambos intereses pueden reconciliarse.
Rusia apuesta por la seguridad y el poder político
La estrategia rusa es diferente. Moscú no dispone de la capacidad financiera china, estadounidense o europea, pero ha encontrado espacios de influencia mediante cooperación militar, suministro de armas, seguridad y apoyo político.
El retroceso de la presencia occidental en varios países del Sahel permitió a Rusia ampliar sus posiciones. Tras la transformación del antiguo Grupo Wagner, Moscú ha intentado institucionalizar parte de esa presencia mediante estructuras directamente vinculadas al Estado ruso.
Para determinados gobiernos africanos, Rusia ofrece una ventaja: cooperación en seguridad con menos condicionantes políticos relacionados con democracia o derechos humanos.
A cambio, Moscú obtiene influencia diplomática, acuerdos económicos y acceso a recursos estratégicos.
Su capacidad tiene límites. Rusia difícilmente puede competir con China o Europa en inversión e infraestructuras a gran escala. Pero ha demostrado que una presencia relativamente reducida puede generar una influencia política considerable cuando se concentra en sectores críticos para la supervivencia de determinados regímenes.
El desembarco de las potencias del Golfo
Uno de los cambios menos observados desde Europa es el rápido crecimiento de la presencia de Emiratos Árabes Unidos, Arabia Saudí y otras potencias de Oriente Medio.
Su interés se extiende desde agricultura y seguridad alimentaria hasta minería, energía renovable, logística y puertos. La costa africana del mar Rojo y el océano Índico posee un valor extraordinario para países que quieren convertirse en grandes nodos del comercio mundial.
Los puertos son especialmente importantes.
Controlar o gestionar terminales marítimas proporciona acceso comercial, pero también influencia estratégica sobre rutas esenciales entre Asia, África, Oriente Medio y Europa. El mar Rojo y el estrecho de Bab el Mandeb constituyen uno de los principales cuellos de botella del comercio internacional.
África forma así parte de una red geopolítica que conecta el Mediterráneo, el Golfo y el Indo-Pacífico.
Las monarquías del Golfo disponen además de enormes recursos financieros y pueden actuar con rapidez, lo que las convierte en socios atractivos para gobiernos africanos que buscan inversión sin las complejidades administrativas frecuentemente asociadas a la financiación occidental.
África también elige
Existe un error recurrente al analizar esta nueva competición: presentar a los países africanos como simples objetos de la rivalidad entre potencias.
La realidad es cada vez más diferente.
Muchos gobiernos practican deliberadamente una política de diversificación. Pueden contratar infraestructuras con China, cooperación militar con Rusia, inversiones con Emiratos, programas de desarrollo con Europa y acuerdos comerciales con Estados Unidos.
No quieren elegir un único bloque.
La estrategia recuerda, en cierta medida, la autonomía que buscan India y otras potencias emergentes. La fragmentación del orden internacional proporciona a los países africanos mayor capacidad de negociación.
La Unión Africana y la creación del Área Continental Africana de Libre Comercio refuerzan además la aspiración de construir un mercado menos fragmentado. Si la integración avanza, el continente dejará de ser únicamente un conjunto de economías nacionales para convertirse progresivamente en un espacio comercial de dimensiones globales.
La gran revolución demográfica
Por encima de minerales, puertos o bases militares existe un factor que explica por qué África será cada vez más importante: la población.
Mientras Europa y gran parte de Asia envejecen, África seguirá creciendo durante décadas. A mediados de siglo concentrará una proporción mucho mayor de la población mundial y algunas de sus ciudades estarán entre las mayores del planeta.
Esa transformación puede convertirse en una extraordinaria ventaja o en una fuente de inestabilidad.
Si millones de jóvenes acceden a educación, empleo, infraestructuras y mercados, África puede protagonizar una de las grandes expansiones económicas del siglo. Si las economías no consiguen crear suficientes oportunidades, aumentarán las tensiones sociales, migratorias y políticas.
Por eso la competición actual no debería limitarse a quién obtiene acceso a los minerales.
La verdadera cuestión es quién participa en la industrialización africana.
El continente que puede cambiar el equilibrio mundial
Durante demasiado tiempo las grandes potencias observaron África principalmente como fuente de materias primas, espacio de ayuda al desarrollo o escenario de conflictos. Esa visión resulta ya insuficiente.
China lo entendió antes. Estados Unidos intenta recuperar posiciones. Europa busca reformular una relación que necesita superar definitivamente la lógica poscolonial. Rusia explota los vacíos de seguridad. Las potencias del Golfo construyen una red de inversiones, puertos y alianzas.
Pero el resultado no dependerá solamente de ellos.
Los países africanos disponen ahora de una capacidad inédita para negociar entre competidores y exigir mayores beneficios económicos a cambio de sus recursos, mercados y posición estratégica.
La nueva carrera por África ya ha comenzado. Pero probablemente su principal diferencia respecto a las anteriores sea precisamente esa.
Esta vez África también quiere decidir las reglas.
Contexto: China, Estados Unidos, la Unión Europea, Rusia y las potencias del Golfo intensifican su presencia económica, política y estratégica en África.
Implicaciones: Minerales críticos, corredores logísticos, puertos, energía y crecimiento demográfico convierten al continente en un espacio central de la competencia internacional.
Perspectivas: La potencia que consiga asociar acceso a recursos con industrialización, infraestructuras, empleo y transferencia tecnológica dispondrá de una ventaja estratégica. Pero los Estados africanos utilizarán crecientemente la competencia entre actores externos para ampliar su propia autonomía.
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