Durante décadas, India fue definida como una potencia emergente. La expresión resultaba cómoda porque permitía reconocer su enorme potencial demográfico, económico y militar sin asumir todavía que Nueva Delhi pudiera ocupar una posición comparable a la de las grandes potencias internacionales. Esa etapa está terminando. India ya no pretende simplemente incorporarse al orden construido por otros. Su ambición es convertirse en uno de los polos capaces de determinar cómo funcionará ese orden durante las próximas décadas.
La estrategia de Narendra Modi responde precisamente a esa transformación. India coopera militarmente con Estados Unidos, participa en el Quad junto a Washington, Japón y Australia, mantiene una relación histórica con Rusia, compite estratégicamente con China, profundiza sus vínculos con Europa y se presenta simultáneamente como portavoz de las aspiraciones del denominado Sur Global. Lo aparentemente contradictorio constituye, en realidad, el núcleo de su política exterior.
Nueva Delhi no quiere elegir entre Estados Unidos y China, entre Occidente y Rusia o entre Norte y Sur. Quiere disponer de suficiente poder para no tener que hacerlo.
Esa aspiración convierte a India en uno de los actores imprescindibles para comprender el nuevo equilibrio internacional.
Una potencia construida sobre la autonomía
La política exterior india conserva una característica histórica: la resistencia a quedar subordinada a cualquier bloque. Durante la Guerra Fría, Nueva Delhi fue uno de los principales impulsores del Movimiento de Países No Alineados. Aquella doctrina respondía a un mundo bipolar dominado por Estados Unidos y la Unión Soviética.
El escenario actual es completamente diferente, pero permanece una parte esencial de aquella cultura estratégica.
India habla ahora de autonomía estratégica y de multi-alignment: colaborar simultáneamente con distintos actores dependiendo de los intereses concretos del país. No existe una alianza permanente capaz de determinar automáticamente todas las decisiones internacionales de Nueva Delhi.
Esta flexibilidad explica comportamientos que desde Europa pueden parecer contradictorios. India puede participar en ejercicios militares con Estados Unidos mientras compra armamento y petróleo ruso. Puede compartir con Japón y Australia la preocupación por la expansión china y simultáneamente participar junto a China en los BRICS. Puede reforzar su asociación con la Unión Europea sin asumir necesariamente las posiciones europeas ante todos los conflictos internacionales.
No se trata de indefinición.
Es una estrategia deliberada destinada a maximizar la capacidad de maniobra de un país que considera que su tamaño le permite mantener relaciones diferentes con potencias rivales.
China, el gran condicionante estratégico
Si existe un actor que determina buena parte de la transformación geopolítica india es China.
Ambos países comparten una frontera de miles de kilómetros y mantienen disputas territoriales que periódicamente provocan enfrentamientos. La rivalidad se extiende además al océano Índico, Asia meridional, las infraestructuras regionales y la influencia sobre países como Sri Lanka, Nepal, Bangladés o Maldivas.
Existe también una enorme asimetría económica. China desarrolló durante las últimas décadas una capacidad industrial, tecnológica y exportadora muy superior a la india. Nueva Delhi pretende reducir progresivamente esa distancia.
La expansión china hacia el océano Índico preocupa especialmente a los estrategas indios. Puertos, infraestructuras y acuerdos construidos por Pekín alrededor del subcontinente son interpretados como elementos de una presencia estratégica cada vez mayor.
Ahí aparece la importancia del Quad.
La cooperación entre India, Estados Unidos, Japón y Australia proporciona a Nueva Delhi una plataforma para reforzar la seguridad marítima y contener indirectamente la expansión china sin convertirse formalmente en miembro de una alianza militar.
India quiere ayuda para equilibrar a China, pero no quiere que Washington determine su política hacia China.
La diferencia es fundamental.
Estados Unidos descubre el valor de India
Washington lleva años considerando a India una pieza esencial de su estrategia indo-pacífica. La razón resulta evidente: ningún otro país de la región combina una población comparable a la china, armas nucleares, creciente capacidad militar, posición geográfica estratégica y una economía con posibilidades de convertirse en una de las mayores del mundo.
Para Estados Unidos, una India fuerte contribuye al equilibrio asiático.
La relación bilateral ha avanzado en cooperación militar, tecnología, semiconductores, espacio, cadenas de suministro y producción de armamento. Empresas estadounidenses contemplan además India como una alternativa parcial para diversificar cadenas productivas excesivamente concentradas en China.
Pero Washington ha descubierto también los límites de esa aproximación.
Nueva Delhi no quiere convertirse en el equivalente asiático de un aliado europeo tradicional. Su cooperación dependerá de que coincidan los intereses indios y estadounidenses. Cuando no lo hagan, India mantendrá su propia posición.
Esta autonomía puede generar frustración en Washington, pero constituye precisamente una de las razones por las que India resulta tan relevante.
Un país de su dimensión difícilmente aceptará desempeñar simplemente el papel de contrapeso diseñado por otra potencia.
Rusia: una relación que India no quiere abandonar
La relación con Moscú demuestra hasta qué punto Nueva Delhi pretende preservar su independencia.
Rusia fue durante décadas uno de los principales proveedores militares de India y ambos países construyeron una relación estratégica profunda desde la Guerra Fría. Aunque Nueva Delhi ha diversificado progresivamente sus compras de defensa hacia Estados Unidos, Francia, Israel y otros proveedores, el equipamiento de origen ruso continúa teniendo un peso importante.
A ello se ha añadido la energía.
Las sanciones occidentales contra Rusia modificaron profundamente los flujos mundiales de petróleo y permitieron a India aumentar las compras de crudo ruso en condiciones favorables. Nueva Delhi ha defendido esas adquisiciones como una decisión basada en sus intereses económicos y energéticos.
Europa y Estados Unidos han comprobado así que la percepción india de Rusia es diferente de la occidental.
Para muchos dirigentes indios, además, romper completamente con Moscú tendría una consecuencia estratégica indeseada: empujar a Rusia todavía más hacia China.
India quiere evitar una alianza sino-rusa excesivamente estrecha que altere definitivamente el equilibrio continental asiático.
Mantener abiertos los canales con Moscú forma, por tanto, parte también de su política hacia Pekín.
La gran apuesta económica de Modi
La aspiración geopolítica india solamente será sostenible si está respaldada por poder económico.
Ahí se encuentra probablemente el mayor desafío de Modi.
India dispone de una enorme ventaja demográfica. Mientras China, Europa, Japón y Corea del Sur envejecen rápidamente, el país posee una población joven y un mercado interior gigantesco. Pero transformar población en poder requiere empleo, infraestructuras, educación, industria y productividad.
El Gobierno ha intentado acelerar la industrialización mediante programas destinados a atraer producción internacional y convertir India en una alternativa dentro de las estrategias de diversificación empresarial.
El concepto de China+1 ofrece una oportunidad histórica. Numerosas multinacionales quieren mantener presencia en China pero reducir su dependencia de una única base productiva. India aspira a captar una parte importante de esas inversiones.
Sin embargo, todavía debe superar importantes obstáculos: burocracia, diferencias regulatorias internas, infraestructuras insuficientes en algunas regiones, desigualdad, empleo informal y dificultades para proporcionar trabajo cualificado a millones de jóvenes que cada año llegan al mercado laboral.
La carrera para convertirse en gran potencia se decidirá tanto en las fábricas y universidades indias como en sus bases militares.
Europa descubre a un socio imprescindible
La Unión Europea también está modificando rápidamente su relación con Nueva Delhi.
La asociación ya no puede limitarse al comercio. Europa necesita diversificar cadenas de suministro, reducir dependencias estratégicas, fortalecer su presencia en el Indo-Pacífico y construir relaciones con potencias que no estén alineadas automáticamente con China o Estados Unidos.
India encaja perfectamente en esa estrategia.
La profundización de las relaciones comerciales y la cooperación en seguridad y defensa muestran una convergencia creciente. Para Europa, India ofrece un mercado gigantesco y un socio potencial en tecnología, conectividad, energía limpia, seguridad marítima y materias primas. Para Nueva Delhi, la UE proporciona inversión, tecnología y una relación internacional que contribuye precisamente a diversificar sus alianzas.
Pero Europa tendrá que aceptar una realidad: India no se aproximará a Occidente para convertirse en occidental.
La relación funcionará si se construye sobre intereses compartidos y no sobre expectativas de alineamiento político automático.
El portavoz del Sur Global
Existe finalmente otra dimensión fundamental de la estrategia de Modi: presentar India como puente entre las grandes potencias y los países en desarrollo.
Nueva Delhi reivindica una reforma de las instituciones internacionales que refleje mejor el peso de Asia, África y América Latina. Reclama desde hace décadas un asiento permanente en el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas y utiliza foros como el G20 o los BRICS para proyectar su influencia.
La competición con China aparece también aquí.
Pekín ha construido durante años una enorme presencia en el mundo en desarrollo mediante inversiones, infraestructuras y financiación. India intenta ofrecer un liderazgo diferente, basado en su propia experiencia como antigua colonia y país en desarrollo.
El mensaje resulta poderoso: India puede hablar con Washington y Bruselas sin dejar de presentarse como parte del Sur Global.
Esa capacidad para moverse entre mundos diferentes puede convertirse en una de sus principales ventajas diplomáticas.
La tercera potencia de un mundo multipolar
El futuro orden internacional difícilmente será una simple reproducción de la Guerra Fría con Estados Unidos y China sustituyendo a Washington y Moscú. Existen demasiadas potencias con capacidad para impedir una bipolaridad perfecta.
India será probablemente la más importante.
Su población, dimensión económica, arsenal nuclear, posición geográfica y creciente influencia diplomática le proporcionan atributos que ningún otro candidato posee simultáneamente.
Pero convertirse en la tercera gran potencia mundial no está garantizado. India deberá mantener un crecimiento elevado durante décadas, crear millones de empleos, modernizar sus infraestructuras, aumentar su capacidad tecnológica y gestionar enormes desigualdades internas.
También deberá evitar que su rivalidad con China derive en un conflicto que frene su desarrollo.
Si consigue superar esos desafíos, la transformación será histórica.
Durante décadas el mundo preguntó de qué lado estaría India en una eventual confrontación entre las grandes potencias.
Nueva Delhi está empezando a proporcionar su respuesta.
No quiere estar de ningún lado.
Quiere que los demás tengan que preguntarse de qué lado estará India.
Contexto: India combina cooperación estratégica con Estados Unidos y Europa, pertenencia al Quad y los BRICS, una relación histórica con Rusia y una creciente rivalidad con China.
Implicaciones: Su estrategia de autonomía convierte a Nueva Delhi en un actor indispensable para cualquier equilibrio futuro en el Indo-Pacífico y dificulta la consolidación de un sistema internacional estrictamente bipolar.
Perspectivas: Si India mantiene su crecimiento económico, desarrolla su industria y transforma su ventaja demográfica en capacidad tecnológica y militar, puede convertirse durante las próximas décadas en el tercer gran polo del sistema internacional.
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