Distopía ambiental acumulativa

Foto: OMT

Creer que el cambio climático existe es tan esencial que se debería convertir en una letanía social. Las letanías son una especie de recuerdos/súplicas que han estado siempre presentes en el devocionario católico y en otras religiones. Constituyen una serie de figuras simbólicas repetidas una y otra vez; como queriendo abarcar todo lo bueno que deberíamos creer. Son un recurso que recuerda buenas y malas prácticas; a veces intimidatorias. A partir de aquí, nos centramos en nuestra revisión del asunto ecosocial.

Leer que el resultado de una investigación retrata que casi un 78% de la población española cree en el cambio climático con total seguridad, según recoge el portal Econoticias, es para alegrarse; puede ser el motivo/comienzo de una letanía vivencial. El nuevo informe del Observatorio de Transición Justa, impulsado por la Fundación Moeve (ligada a una energética y por tanto no exenta en principio de total ecuanimidad) y coordinado por Red2red (una consultoría), aborda muchas más cuestiones. Tomémoslas en principio como ciertas.

Las distopías cotidianas no siempre son negativas; su reconocimiento puede ejercer de acumuladoras sociales si las revisamos con detenimiento e intentamos resolverlas. En el caso contrario, que aumenten a lo largo de los años, estaríamos poniendo en cuestión la posición colectiva sobre el asunto concreto; también el devenir individual. Esto es, nuestra salvaguarda, y de otras poblaciones mundiales o generaciones futuras. Hemos de señalar que la letanía positiva expuesta en la reseña principal de la investigación no está exenta de interrogantes. La presunta certeza científica no se corresponde con la participación individual en mejoras sociales.

Trascrito de forma textual del informe: “El apoyo a las energías renovables y a la transición ecológica sigue siendo mayoritario, aunque disminuye el respaldo a medidas con impacto económico directo”. Es más, se observa un crecimiento de la desafección, de rechazo social, frente a la mayor parte de las medidas ecológicas que conlleven cargas impositivas directas. Estas podrían consistir en gravámenes verdes o restricciones de movilidad urbana que tienen un impacto económico y social que se recarga de forma individual. De hecho, el porcentaje de personas que afirmaban creer “con total seguridad” en el cambio climático alcanzaba el 84,5 % en el año 2023; en 2026 habría descendido hasta el 77,9 %. Y lo que es peor: consolida así cuatro años consecutivos de caída.

Sea por lo que fuere, la percepción ciudadana sobre la transición ecológica se vuelve cada vez más compleja. Hay quien lo achaca al aumento de información sobre aspectos parciales, que nunca se presentan dentro de un contexto de percepción global separados en actuaciones. Otros piensan que la sociedad se ha vuelto más egoísta en lo individual, ámbito en el que ha aumentado el número de pasotas. No falta quien lo ve como una expresión de la libertad deseada ante las prohibiciones o restricciones de la UE y del Gobierno de España. Sin duda también influyen en la imprescindible transición las

campañas negacionistas de grupos de comunicación o de cadenas de consumo internacionales. Incluso se relacionan con el auge de votantes hacia los partidos no creyentes (la derecha clásica y la ultra derecha emergente) del cambio climático. Sus votantes sienten así una manera (a mi juicio equivocada) de demostrar el descontento individual ante una problemática general. Tendencia que también se produce en la Unión Europea.

Pero también bastantes personas valoran los aspectos positivos que puede incentivar esa anhelada transición justa. “El 56 % de las personas encuestadas considera que la transformación energética y ambiental puede convertirse en un importante motor de empleo. Además, un 62,9 % percibe la transición ecológica como una oportunidad positiva a largo plazo para mejorar la economía, impulsar nuevas actividades productivas y modernizar sectores industriales y energéticos”. Es más, parece claro que la población relaciona sostenibilidad con mejora/deterioro de la salud individual y la calidad de vida colectiva. Lo afirman más quienes ven esos parámetros asociados al día a día de las ciudades.

Un dato elocuente del informe: Los impuestos ambientales pierden diez puntos de apoyo en apenas un año, pasando de cuatro a tres de cada diez personas entre 2025 y 2026. Primera conclusión: No consiste solamente en creer; lo básicamente importante es practicar; aquí estaría el origen de la distopía. Segunda enseñanza e incentivo transformador: No podemos darnos por satisfechos, hemos de ser practicantes convencidos de aquello en lo que parece que creemos. Hemos de mejorar la vida ecosocial para transitar a un estadio compartido que busca la aproximación a la casi segura sostenibilidad.

Me preocuparía no haber dejado claro el estado mental, económico y ambiental de la distopía. Nos invade aquello que también preocupaba a la filósofa Amelia Valcárcel: «No tenemos el derecho a tomarnos el mundo en broma. Lo que ocurre es que invocamos a menudo la idea de tolerancia para aquello para lo que la tolerancia no sirve. Hay cosas que no pueden ser toleradas». En mis clases, a menudo acudía a Julio Verne para que esclareciese al alumnado y a mí el presente imperfecto. En sus tiempos no se hablaba de distopías, pero el escritor francés nos daba la siguiente lección emocional: No hay obstáculos imposibles; hay voluntades más fuertes y menos. ¡Eso es todo!

Volvamos a Amelia Valcárcel y recojamos algo que dijo en más de una ocasión en sus entrevistas: «Soy optimista porque creo que esto va bastante bien con la mala pinta que traía. Hay nostálgicos que quieren volver al pasado y otros que quieren correr sin meta». Y es que, en mi opinión, ninguna sociedad puede volver atrás. Lo que sí puede -e inquieta- es destruir parte del futuro. Frente a esta tensión entre nostalgia reaccionaria e hipertrofia individualista, son muy necesarias dos virtudes imprescindibles: creatividad y prudencia”. Será una buena forma de reducir las distopías vitales.

P.D.: “El mundo que pisamos es frágil y no está consolidado” (A.V.).

https://www.ecoticias.com/cambio-climatico/casi-un-78-de-la-poblacion-espanola-cree-en-el-cambio-climatico-con-total-seguridad

 


Carmelo Marcén Albero
Investigador ecosocial y analista de la Fundación Alternativas

Maestro y Doctor en Geografía. Ha sido profesor de Educación Primaria, Secundaria y Formación del Profesorado. Autor de artículos e investigaciones sobre medioambiente y educación recogidos en revistas especializadas como Cuadernos de Pedagogía, Investigación en la Escuela o Aula de Innovación educativa.

Premio Nacional “Educación y Sociedad” 1992 y 1993 por sus propuestas didácticas en torno al río y el paisaje vividos. Ha publicado varios libros sobre estas temáticas. Investigador colaborador del Dpto. de Geografía de la Universidad de Zaragoza y de la Fundación Alternativas de Madrid. Es miembro del Consejo de Ecodes (Fundación Ecología y Desarrollo).

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