En verdad hace falta ser atrevido para escribir un nuevo libro sobre cambio climático (en adelante CC). Se podrían contar por centenares los dedicados a esta cuestión, a sus múltiples ámbitos y circunstancias. Causas y efectos son tema de comentario en redes sociales y grupos de investigación. Sin duda, el CC ha entrado en nuestras vidas. ¿Realmente era necesario un nuevo libro? Quién sabe, aunque nunca está de más reflexionar sobre asuntos que condicionan la vida global. El que suscribe estas líneas, se dice audaz y se llama a sí mismo escribidor, ha considerado necesario hacerlo desde una nueva dimensión: esa que se afana en reducir lamentos sobre esta cuestión y dar al CC un tratamiento teatralizado.
En el prólogo, Javier Benayas, catedrático de Ecología en la Autónoma de Madrid, alude al recuerdo olvidado de El teatro ecológico y el drama evolutivo, obra de Evelyn Hutchinson (1979). Escribe que este maravilloso texto ya contenía entonces visiones provocadoras e innovadoras sobre los diferentes actores que ocupan los nichos de la biosfera; así como del papel que desempeñan en una obra sometida a continua evolución según las leyes de la naturaleza. Hutchinson nos presenta la idea de un gran “teatro ecológico”, definido por un escenario en el que factores ambientales como el clima o la gea definen el marco donde se desarrolla la obra, mientras que la lucha de las diferentes especies se constituye en los verdaderos actores del “drama evolutivo”.
Lo oculto emerge y resplandece en la pretendida audacia del escribidor de La teatralización, un nuevo mirón del CC. En este caso se manifiesta en forma de una escritura irónica. A la vez, discípulo como se cree del jesuita Baltasar Gracián (1601-1658), quiere hacerle un homenaje cuando se cumplen 450 años de su nacimiento. Por muchas enseñanzas, pero en especial por su Oráculo y manual de la prudencia: un compendio de aforismos de la vida. Tal destreza mostró que fue alabado por Schopenhauer y Niezsthe. De este último se dice que llegó a expresar: “Europa no ha producido nada más fino ni más complicado en materia de sutileza moral que la obra mencionada”. Semejante alabanza ha dado impulso para recoger las ideas de esta nueva versión del CC, bajo la forma de una su teatralización climática (de la vida) a partir de aforismos. Un poco como aquella de la que hablaba Calderón de la Barca en El gran teatro del mundo (diálogo entre el mundo y el autor, que es Dios en el auto sacramental; el ser humano es un simple actor).
Con un atrevimiento sin límites, el escribidor se inventa una suprema energía: el CC tiene ciertas composturas de deidad. En consecuencia, convierte los títulos de sus escenas teatrales en necesidades: ser práctico en la vida; comprender que todas las cosas tienen utilidad, de todas se puede extraer un beneficio, incluso de la privación; que es mejor tener una idea exacta de nosotros mismos y de nuestras posibilidades en relación con el CC; encontrar lo bueno de cada cosa climática o de experiencias colectivas. Así, las paradojas van y vienen junto con los juegos de ideas, la agudeza y el humor. Nos sirven para acercarnos al mundo; sin entender ni poder justificar del todo el complejo (des)orden mundial actual. En él se mezclan guerras que dicen que no lo son, genocidios que no se persiguen, maniobras de los ricos para distanciarse un poco más de los pobres, gobernantes excéntricos que nos atropellan y vicisitudes varias que no entendemos. En fin, saber adaptarse a las situaciones, siendo pragmáticos: a menos daño ambiental, más beneficio ecosocial.
A veces utiliza la teatralización del equívoco: presentar una afirmación controvertida hoy para demostrar lo contrario. Como se cuenta que hacía William Shakespeare en su Comedia de las equivocaciones (1592). Sin embargo, al escribidor le surge la duda de si lo que sucede en el mundo es determinista; se contesta enseguida que no. Pero sí constata que la vida entera es un teatro, representado en el día a día. Es un constante ensayo general para la obra mundial de entender las incertidumbres del clima, con sus múltiples interconexiones.
Convencido de que existe una estrecha relación entre los fenómenos climáticos y quienes los miran o soportan, invita a que no se limiten a la simple contemplación. Todos somos ese público que participa en la cadena de comunicación que establecen los escenarios mediáticos o la simple observación. En cierta manera, sentir el cambio climático es mirarse uno mismo, con sus logros o retos. En suma, el teatro ecológico no admite espectadores pasivos: todos somos actores, conscientes o no, en una obra que se reescribe cada día. El drama evolutivo del que hablaba E. Hutchinson no es un guion cerrado, sino una improvisación constante, donde la armonía y el conflicto son fuerzas que modelan la vida.
El gran embrollo del CC puede ser verdad o ficción. Tiene tal tamaño que no conviene atacarlo de frente; es mejor enfrentarnos a él por los flancos. Parece que este escribidor sí lo ha hecho con algo de ironía. Varias escenas lo atestiguan: dice que el clima global es estático y acaba hablando del variable ecosistema climático; alaba la alta conciencia ecosocial de los países ricos para reprocharles sus varias contaminaciones, que soportan los pobres; se acuerda de que los mensajes electorales olvidaron citar el CC; califica de insistente terquedad de la ciencia para reconocer enseguida su imprescindible seguimiento; se mete con la injusta justicia climática; se detiene en el poder de las “fake news” para criticar que nos tienen “maniambientados”; alaba el postureo de las grandes empresas y administraciones sobre el clima para concluir que es un adorno mentiroso; propone la urgencia de alianzas climáticas pero duda si son posibles en este mundo de patriotismos; y un largo etcétera.
Concluye presentando este escribidor la comedia humana climática en positivo. Para conseguirlo recomienda un cambio de mentalidad, tal que amplíe las percepciones sobre el bienestar individual y el desarrollo/crecimiento colectivo. La cultura, la necesaria educación climática aparece como una herramienta clave. Hay que conseguir que actúe de catalizadora de una mirada más rigurosa por un mejor conocimiento, que lleve a una reflexión más profunda y que configure una sensibilidad más cómplice hacia lo climático. No todo se está haciendo mal. Es más, acaba aventurando que la esperanza climática será la luz que ilumine el futuro, si queremos.
Carmelo Marcén Albero
Investigador ecosocial y analista de la Fundación Alternativas
Maestro y Doctor en Geografía. Ha sido profesor de Educación Primaria, Secundaria y Formación del Profesorado. Autor de artículos e investigaciones sobre medioambiente y educación recogidos en revistas especializadas como Cuadernos de Pedagogía, Investigación en la Escuela o Aula de Innovación educativa.
Premio Nacional “Educación y Sociedad” 1992 y 1993 por sus propuestas didácticas en torno al río y el paisaje vividos. Ha publicado varios libros sobre estas temáticas. Investigador colaborador del Dpto. de Geografía de la Universidad de Zaragoza y de la Fundación Alternativas de Madrid. Es miembro del Consejo de Ecodes (Fundación Ecología y Desarrollo).


