Enrique Cocero, analista político.
¿Es Cuba importante para Donald Trump? Tan importante como pueda serlo para sus colaboradores y donantes. Todos ellos han vivido con la conciencia de un origen robado por el comunismo y una tierra que ha de ser liberada.
Por supuesto la liberación traerá “some perks” para gente que lleva esperando mucho tiempo (de hecho, algunos ya no lo verán) pero el símbolo prevalece y, por tanto, la pulsión de llevar la libertad a una tierra sometida por una dictadura es aún mayor que cualquier precaución sobre quién se hará cargo del gobierno, qué transición habrá, si se desarrollará en modo Las Vegas del Caribe o si será Cuba el 6º estado asociado como lo son Samoa Americana, Guam, Las Marianas Norte, Las Islas Vírgenes o, por si nada de esto hace resonar sus mentes lo suficiente, Puerto Rico.
En realidad Cuba era un símbolo de lucha por la libertad y el retorno a Tierra Prometida en vida de Fidel. Si me dieran 1€ por cada vez que he oído la frase “hay que ir a Cuba antes de que muera Castro”, tendría que devolverlo por cada vez que he tenido la oportunidad de contestar “no visito dictaduras”. Fidel exprimió al máximo el signo de la revolución. Mientras la revolución la detentara él, todo lo demás sería contrario a las ansias de igualdad que sólo el socialismo puede otorgar al pueblo.
En consecuencia, ser contrario a la revolución, no sólo sería fascista y todo ese yadda-yadda, sino que implicaría robarle al pueblo el vivir en una sociedad justa y volver a la época en la que vivía oprimido por los que más tienen… y no me digan que me lo invento o que exagero porque esto lo escuchamos a día de hoy sin pisar Cuba.
Pero murió Fidel, llegó Raúl y, como si la Historia nos forzara a hacer pareados, éste cedió paso a Canel. Tras este trasiego endemoniado de gobernantes, el sustento político de Cuba no es más un sistema desfasado (como si no fuera ya malo sólo lo de ser una dictadura) en el que el pueblo no tienen fuerzas, ganas, ánimo o todo junto para que una nueva revolución pueda llevarse otros 70 años por delante.
Pues bien: nada de todo esto sería materia crítica para Donald Trump pero, seamos realistas, tampoco lo es sólo el interés de colaboradores y donantes. Cuba ha supuesto una agarradera para intentar mostrar que no todo es tan desastroso como Irán o Ucrania puedan hacer parecer.
Lo de Cuba cogió carrerilla tras la extracción de Maduro. Entonces se veía a EE.UU. como capaz de repetir la acción de Caracas en La Habana y, luego, el cielo sería el límite. La llegada de un gobierno títere hizo que a Cuba se le aplicara un embargo casi total de petróleo ya que su principal proveedor era Nicolás Maduro. El embargo dejó sin electricidad al país porque no hay con qué alimentar los generadores ya que las energías alternativas, por lo que sea, no son predominantes en la dictadura. Las consecuencias, pues ya imaginan: no hay procesado de alimentos, luz en hospitales y colegios, viviendas… Esto ha provocado protestas ciudadanas y el Gobierno de Cuba dice, como lleva diciendo desde hace 70 años, que es todo culpa de EE.UU. Pero, insisto, el pueblo cubano está cansado.
Por lo tanto, la probabilidad de una revolución se me antoja que ronda el 15%. Si EE.UU es capaz de deslizar armamento a una insurgencia, esa probabilidad crecería, pero no es el tipo de victoria que necesita Trump. Trump necesita un reconocimiento sin proxies, porque allí donde tiene las manos metidas no está funcionando tan bien como quería: gajes de no liderar la operación, sino que lo haga alguien con una motivación mucho más profunda que la tuya.
Donald Trump necesita que un plan brillante, quirúrgico, que entusiasme a afines, asuste a incautos e indigne a contrarios y ahí radica la verdadera probabilidad de lo que puede pasar en Cuba, Si tarda, supongo que es porque aún no han dado con él y, a tenor de lo ocurrido con Venezuela, la reacción internacional no es una variable a considerar.
Los derechos de este artículo han sido cedidos por el Instituto Franklin.

