Dr. Pedro Francisco Ramos Josa
Profesor investigador en la Universidad Internacional de Valencia, VIU.
Los partidos políticos en Estados Unidos no son las organizaciones pesadas y monolíticas que conocemos en la vieja Europa, donde principios y estructura enmarcan con rigidez la relación entre el electorado y sus representantes en una maraña de identificación ideológica e implantación territorial. Por el contrario, en Estados Unidos los partidos políticos, incluidos los dos principales, el Demócrata y el Republicano, poseen una estructura mucho más líquida, con una maquinaria que en realidad solo se activa para las grandes citas electorales.
La flexibilidad estructural de los partidos estadounidenses tiene una contrapartida social evidente, el nivel de politización de la sociedad estadounidense suele ser también menor, a pesar de vivir en estos momentos una era de creciente polarización política. Por ejemplo, en las últimas elecciones celebradas en 2024, las que concedieron el segundo mandato a D. Trump, hubo más de 154 millones de personas que acudieron a las urnas, el mayor número en unas elecciones presidenciales, pero aun así solo supusieron un 57,8% de participación entre la población en edad de votar (casi 267 millones). Por tanto, según los datos, y a pesar del récord de participación apuntado, tenemos que la abstención, con casi 113 millones, es en realidad la primera fuerza política en Estados Unidos, muy por encima de los 77 y 75 millones de votos para Trump y K. Harris respectivamente1.
Otra diferencia respecto a Europa, y a nuestro país en particular, es que en Estados Unidos los partidos políticos no tienen afiliados, como mucho simpatizantes que pueden donar su dinero a las campañas electorales e incluso registrarse por uno de ellos, lo que da derecho a participar en sus primarias. El Partido Demócrata tiene casi 45 millones de votantes registrados, mientras que los Republicanos no llegan a los 38 millones, es decir, alrededor del 50% de los votantes de los dos grandes partidos no están registrados, mientras que casi 34 millones lo hacen como independientes y otros 5 millones lo hacen por otros partidos2. Precisamente, es esa masa de independientes, votantes indecisos y economía, muy por encima de cuestiones identitarias o ideológicas, es decir, son votantes oportunistas y pragmáticos, no por convicción.
Y ahora llegamos al punto clave: como la estructura y la lealtad partidistas son débiles, ante la heterogeneidad del electorado, los partidos políticos en Estados Unidos han de buscar siempre diferentes coaliciones electorales para poder vencer a sus rivales, no pueden basarse únicamente en sus votantes más leales, sino que han de buscar apoyos en grupos afines solo parcialmente a su programa político. Trump no ha sido diferente. A pesar de que el movimiento MAGA (Make America Great Again) acapara todos los focos mediáticos, en realidad ni siquiera es el grupo más numerosos dentro de la coalición trumpista, siendo superados por los Republicanos tradicionales. Junto a ellos también están los que podemos denominar conservadores antiwoke, los movilizados por cuestiones culturales, y la derecha reluctante, aquellos que eligen republicano pero que no se identifican con el partido ni le aseguran siempre el voto. Los dos primeros grupos suman en torno al 60% del electorado republicano, mientras que los dos últimos el 40% restante, y dentro de ellos los reluctantes ascienden al 20%3.
Trump ganó inicialmente las primarias republicanas y después las elecciones (tanto a H. Clinton como a Harris) bajo un programa electoral muy básico con tres ejes claros: proteger las fronteras del país del narcotráfico y la inmigración ilegal, recuperar la economía nacional con menos intrusismo estatal y una reformulación de la globalización, y dejar de ser el policía mundial evitando nuevas guerras innecesarias. La prioridad nacional sería la guía de su presidencia bajo su famoso “America First”. Pero su intervención en Irán lo ha cambiado todo. Sectores críticos dentro del MAGA le han acusado abiertamente de favorecer a Israel en contra de esa prioridad nacional, mientras que los indecisos ven cómo la economía, el principal motivo de su voto a Trump, comienza a sufrir los golpes de la inflación derivada de la crisis energética.
Hasta noviembre es cierto que aún pueden pasar muchas cosas, pero con sus índices de popularidad y desempeño bajo mínimos, si el conflicto con Irán persiste y Trump no logra sus objetivos, las elecciones de medio mandato, que suelen registrar un voto de castigo al partido gobernante, podrían hacer perder la mayoría republicana en la Cámara de Representantes e incluso en el Senado, provocando el principio del fin del trumpismo. Por tanto, el cierre del estrecho de Ormuz puede estar hundiendo algo más que la economía mundial, acelerando la descomposición de la inverosímil coalición electoral que Trump fue capaz de ensamblar en torno a su populismo nacionalista.
1 “2024 Elections Data Archive”. The American Presidency Project, 31 de diciembre de 2024, www.presidency.ucsb.edu/statistics/elections/2024.
2 “Current United States Population: 349.035.000”. World Population Review, https://worldpopulationreview.com.
3 “Encuesta: Beyond MAGA: A Profile of the Trump Coalition”. More in Common, enero de 2026, p. 4, https://moreincommonus.com/wp-content/uploads/2026/01/More-in-Common-Beyond-MAGA-A-Profile-of-the-Trump-Coalition-Jan-2026-Wave-6.pdf.

