En un momento que el propio embajador define como un “cambio de era” para su país, The Diplomat in Spain conversa con Wenceslao Bunge Saravia sobre la agenda de reformas del presidente Javier Milei, la nueva estrategia exterior argentina y las oportunidades que se abren para las empresas españolas. A lo largo de esta entrevista, Bunge Saravia reivindica la libertad económica como piedra angular del proyecto de Gobierno, lanza un mensaje directo al empresariado español e insiste en que Argentina está decidida a recuperar el lugar que tuvo en el mundo.
The Diplomat in Spain:
Embajador, le agradecemos que nos reciba en la residencia. Argentina atraviesa ahora uno de los momentos más ambiciosos de su historia reciente, tanto desde el punto de vista económico como en su relación con el exterior. En España, una parte de la opinión pública sigue el proceso con ciertas reticencias, mientras que otra lo observa con enorme expectativa. Para empezar, ¿cómo describiría usted la hoja de ruta del presidente Javier Milei, tanto en política interna como en acción exterior?
Wenceslao Bunge Saravia:
Yo creo que lo que se está viendo en Argentina es un cambio de era. Pero, en cierto modo, es un cambio de era para volver a otra en la que el país ya estuvo. Argentina es un país históricamente muy joven al que le fue muy bien muy rápido, pero que no supo integrarse en el mundo en el momento en que podía haberlo hecho. Podríamos haber alcanzado posiciones similares a las que tuvimos en aquel periodo de crecimiento acelerado, y no lo hicimos.
Un ejemplo que me gusta utilizar es esta residencia en la que hoy estamos. Debe de ser una de las tres residencias más bonitas que puede tener un embajador en Madrid, y es un fiel reflejo de lo que Argentina fue. La compramos hace unos 75 años, cuando Argentina era uno de los países más ricos del mundo. Hoy, lamentablemente, casi no podemos mantener una residencia como esta. Es un lujo que pudimos darnos por haber sido un país rico, y es un lujo que, si hubiera que comprarla hoy, no podríamos permitirnos.
Lo que queremos —y digo “queremos” porque me siento parte de este proyecto— es que Argentina recupere la relevancia que tuvo a nivel global y que vuelva a ofrecer a sus ciudadanos la posición que disfrutaron en el pasado. Este Gobierno lo está intentando hacer exactamente de la forma opuesta a como se venía haciendo en las últimas décadas.
A menudo digo que la decadencia argentina no es solo un fenómeno de los últimos veinte años; hablamos de 75 o incluso 100 años de deterioro relativo. Lo que hace ahora el Gobierno es reposicionar al país volviendo a principios que parecen de sentido común, aunque sabemos que el sentido común es muchas veces el menos común de los sentidos. El eje central es la libertad: que quien trabaja pueda recibir los frutos de su esfuerzo y no ver cómo el 60 o el 70% de lo que genera se va a una administración burocrática; que quien quiera exportar pueda hacerlo sin atravesar un laberinto de regulaciones; y que quien decida no trabajar pueda hacerlo, pero asumiendo las consecuencias, sin que sea el “papá Estado” quien cubra esa decisión con los impuestos de quienes sí trabajan.
Es mucho más fácil decirlo que hacerlo, por supuesto, pero esa es la política de la libertad que impulsa este Gobierno. Y eso pasa por romper estructuras que llevaron al país a la situación actual. En apenas dos años de gestión se han hecho cosas que muchos consideraban imposibles de lograr en décadas. En tres meses se corrigió el déficit fiscal y en seis meses se alcanzó superávit. Hoy hay muy pocos países en el mundo con superávit fiscal. Además, las exportaciones han crecido más de un 20%. En términos relativos puede parecer un porcentaje alto, pero en términos absolutos es un número muy bajo. El punto es que Argentina estaba prácticamente fuera del mundo: nuestras magnitudes eran muy pequeñas a escala global.
Lo verdaderamente importante es que se ha vuelto a hablar de Argentina y que el país vuelve a generar esperanza. Estoy convencido de que Argentina puede ayudar a toda la región a volver a ser parte activa del mundo. Y lo que hemos visto ya en estos dos años es solo el comienzo de una nueva etapa. Las elecciones de octubre lo confirmaron: el pueblo argentino estaba cansado de la trayectoria anterior y ha decidido darle una oportunidad a esta nueva Argentina.
Las reformas que menciona, y en general el método del presidente Milei, han generado adhesiones y críticas en buena parte de Occidente. Muchas embajadas y gobiernos no comparten su visión programática. Usted procede del sector privado y lleva unos meses como embajador en Madrid. ¿Cómo está viviendo esa mirada externa sobre el Gobierno y cómo describiría su forma de entender la diplomacia?
Wenceslao Bunge Saravia:
Yo no soy diplomático de carrera; trabajé 35 años en el sector privado antes de asumir este cargo. Eso hace que la diplomacia que me toca ejercer sea muy diferente de la que se venía practicando. Es una diplomacia muy complementaria de la de los cuerpos diplomáticos profesionales, a los que respeto enormemente. Me siento honrado y afortunado de representar a este Gobierno y de ayudar, en un país tan querido y tan hermano como España, a reposicionar a la Argentina.
Mi posición, al venir del sector privado, es distinta de la de un diplomático de carrera. La diplomacia que quiere hacer este Gobierno, sobre todo con aquellos países con los que tenemos más intereses en común —España, Estados Unidos, Israel, Francia—, busca complementar un cuerpo diplomático muy profesional con una red de vínculos empresariales que fortalezca los lazos. Toda la política del presidente se basa en dejar al sector privado hacer lo que mejor sabe hacer: producir riqueza. El Estado debe legislar, proteger, asegurar el marco, pero no sustituir al sector productivo.
Evidentemente hay distintas maneras de ver esto y no todo el mundo está alineado. Pero, en lo que respecta a mi relación con España, puedo decir que no podría ser mejor. Yo ya vivía aquí antes de ser embajador. Tenemos muchas más cosas en común que diferencias.
The Diplomat in Spain:
Esa relación humana entre los dos países también es muy intensa. España es un socio histórico y un destino natural para muchos argentinos, y viceversa. Al mismo tiempo, las empresas españolas han vivido épocas de incertidumbre en Argentina. ¿Cuál es hoy el mensaje que quiere trasladar al empresariado español y cómo se puede reforzar la sensación de estabilidad y previsibilidad?
Wenceslao Bunge Saravia:
España es el país del mundo donde viven más argentinos: más de medio millón. Y, al mismo tiempo, Argentina es el país donde residen más españoles fuera de España, también alrededor de medio millón. Con la Ley de Memoria Democrática se están tramitando miles de nuevos pasaportes: aproximadamente el 40% de todas las solicitudes vinculadas a esta ley provienen de Argentina. Es decir, la relación humana es profundísima, histórica y completamente vigente.
En ese contexto, yo creo que el mensaje al empresariado español es muy claro: si solo miran a la Argentina del pasado, se van a perder la Argentina que viene. Una de las frases que más repite el presidente es “venimos del futuro”. Argentina ha estado tan aislada y ha vivido tanta volatilidad que hoy tiene muy claro que el único camino posible es cambiar el rumbo.
Hace poco nos visitó el ministro de Desregulación —no sé cuántos países tienen un ministro de Desregulación—, y dejó una imagen que me parece muy ilustrativa. Dijo: “Argentina no pretende ser el mejor alumno del último curso; lo que dice es: he sido un mal alumno, pero ahora soy el mejor alumno de primero. Me falta mucho, pero lo que estoy haciendo ahora lo estoy haciendo muy bien”. Hay otra frase que usamos mucho, que no es nuestra, pero que explica bien el momento: “No hay santo sin pasado ni pecador sin futuro”. Argentina es hoy ese “pecador con futuro” que ha entendido que tiene que cambiar de rumbo.
Quien se quede anclado en la Argentina de ayer se perderá la Argentina de mañana. En los últimos meses hemos visto cómo grandes empresas italianas del sector energético anunciaban inversiones en Vaca Muerta, cómo una empresa alemana firmaba un gran acuerdo de gas natural licuado con Argentina, cómo inversores estadounidenses retomaban posiciones en el país. Argentina exporta hoy del orden de 80.000 millones de dólares y tiene superávit comercial, algo que no se veía desde hacía mucho tiempo. Y el volumen de inversiones anunciadas supera ampliamente esas cifras, lo que muestra la confianza en el potencial futuro.
Si los empresarios españoles no se dan cuenta de que estamos ante una nueva Argentina, corren el riesgo de quedarse fuera de un país con el que les resulta muy fácil relacionarse. La buena noticia es que ya estamos viendo grupos españoles —algunos aún sin anunciar públicamente— que se están preparando para este nuevo escenario.
A veces se habla de la inestabilidad argentina como si fuera un fenómeno aislado, pero el mundo entero es hoy mucho menos estable. Yo viví 17 años en el Reino Unido y llevo casi diez en España. Nadie hubiera imaginado la inestabilidad que ha traído el Brexit al Reino Unido, por ejemplo. La diferencia es que Argentina ya ha pasado por muchas de esas turbulencias y está en fase de corrección. La juventud argentina está pidiendo el cambio y está apoyando el rumbo del Gobierno. Es uno de los pocos gobiernos que puede decir: “Yo expliqué a mi electorado lo que iba a hacer; no eran mensajes agradables; me votaron y ahora estoy cumpliendo mi programa”. Me parece un ejemplo bastante único.
The Diplomat in Spain:
Entrando en cuestiones más técnicas: ¿en qué sectores concretos ve usted mayor potencial de crecimiento conjunto entre Argentina y España? ¿Dónde deberían mirar con más atención los inversores españoles?
Wenceslao Bunge Saravia:
Yo diría que hay cuatro grandes verticales, más una quinta muy específica para España. En primer lugar, la agroindustria, que ya está muy desarrollada y donde existe una relación histórica. Siempre habrá que seguir invirtiendo en tecnología, y España puede aportar mucho en ese terreno, pero no es ahí donde está el mayor “alfa” de crecimiento diferencial.
El gran cambio estructural viene por la energía. Argentina ofrece hoy muy pocos casos en el mundo con un potencial de crecimiento comparable en energía. España tuvo en el pasado un papel protagonista en este sector en Argentina, y entiendo que algunas experiencias no fueron fáciles. Pero ahora estamos viendo cómo llegan otras grandes empresas de distintos países. Si yo fuera inversor en energía, habría muy pocos mercados que ofrecieran hoy el potencial que ofrece Argentina.
La tercera vertical es la minería. España no tiene grandes compañías mineras globales, pero la minería arrastra industrias en las que España sí es líder mundial, como la ingeniería y la infraestructura. Si las empresas españolas que ya estuvieron en Argentina no reconocen que estamos ante un país distinto, se perderán una gran oportunidad. Desde la Embajada ya estamos viendo compañías de infraestructuras y de ingeniería que empiezan a mirar de otra forma esta “nueva Argentina”.
La cuarta vertical es la economía del conocimiento y la tecnología. Argentina es el país líder de la región en nuevas tecnologías: tenemos más “unicornios” que la suma del resto de América Latina. Muchas de esas empresas están instaladas en España porque este país es una puerta natural a Europa. Son compañías globales que nacen en Argentina, cubren América Latina y Estados Unidos, y aterrizan en Europa a través de España. Ahí hay una oportunidad enorme de asociación.
Relacionado con esto está todo lo que tiene que ver con centros de datos e inteligencia artificial. Las grandes inversiones se están concentrando donde está la energía, especialmente en el sur de Argentina. Es mucho más fácil “mover datos” que “mover energía”, y por eso el país se está convirtiendo en un polo muy atractivo para estas inversiones.
Y la quinta vertical, muy ligada a España, es el turismo. España es líder mundial en este sector y sus grandes grupos hoteleros ya están mirando de nuevo a la Argentina. Empresas como Meliá han anunciado planes ambiciosos de expansión en nuestro país. Argentina tiene un potencial turístico enorme, diversificado y todavía infraexplotado, y las compañías españolas tienen el know-how y la escala para acompañar ese crecimiento.
A eso se suma la conectividad aérea. Se ha anunciado la ruta Rosario–Madrid, hay tres y pronto cuatro vuelos semanales Madrid–Córdoba, vuelos Barcelona–Buenos Aires, Iberia ha incrementado frecuencias entre Madrid y Buenos Aires y nuevas aerolíneas están entrando en la ruta. Durante la pandemia se perdió, por ejemplo, el vuelo directo a Iguazú, pero esperamos recuperarlo. Grandes ciudades como Mendoza aún necesitan una conexión directa con Europa y eso forma parte de
nuestras prioridades. Estoy convencido de que, como mínimo, durante mi mandato vamos a duplicar el flujo turístico entre España y Argentina.
Ha mencionado varias veces el papel de la Embajada y, en particular, de la sección comercial. Para terminar, ¿cuáles son hoy las principales líneas de trabajo de la Embajada en Madrid? ¿Qué objetivos concretos se han marcado?
Wenceslao Bunge Saravia:
En la Embajada tenemos distintas áreas —comercial, cultural, política, consular—, pero por mi trayectoria en el sector privado trabajamos con una dinámica muy orientada a objetivos. Tenemos reuniones regulares con los equipos y medimos resultados en función de metas concretas.
En materia comercial nos hemos fijado, por ejemplo, el objetivo de duplicar, como mínimo, las exportaciones argentinas hacia España. Tenemos también metas cuantificadas en inversión directa española en Argentina y en flujo turístico en ambas direcciones. Y, además, un objetivo más político, si se quiere, que es el de presencia: integrarnos en los distintos ámbitos de la sociedad española y reforzar los vínculos con todos los actores relevantes.
Me gusta utilizar la palabra inglesa stakeholders, que no tiene una traducción exacta al español. No son solo accionistas, ni solo empleados, ni solo acreedores: son todas las partes que conforman un proyecto. Si pensamos en los stakeholders de la Embajada, hablamos de los argentinos que viven en España, a los que queremos integrar cada vez más en este proyecto de nueva Argentina; hablamos de las empresas argentinas que quieren exportar a España; hablamos de las empresas españolas que queremos llevar a invertir en Argentina; y, por supuesto, del propio Gobierno argentino, al que debemos apoyar en esta misión.
La Embajada está muy enfocada en la dimensión económica porque cuando la economía funciona, todo lo demás es más fácil. Cuando falta el dinero, todo se vuelve mucho más complejo. Nuestro objetivo final es que Argentina vuelva a ser parte esencial del mundo occidental. Como dice el presidente, nuestro eje es Occidente: Estados Unidos, Israel y, por supuesto, Europa, donde España tiene un papel fundamental para nosotros.
