José Antonio Gurpegui
Director del Instituto Franklin-UAH
Lo acontecido en el Despacho Oval el viernes pasado pasará a los anales de la historia diplomática como uno de los episodios más esperpénticos de las relaciones internacionales. La primera cuestión tiene que ver con la eventualidad o intencionalidad de lo acontecido. Particularmente me inclino por lo segundo y considero que todo fue una orquestada opereta desde la “bromita” de Trump al recibir a Zelenski refiriéndose a la “elegancia” de la indumentaria hasta la destemplada invitación para abandonar la Casa Blanca. Un periodista amigo que interviene espontáneamente sin estar en la rueda de prensa, el vicepresidente tomando la palabra sin pedir permiso ni que se lo pida el presidente, la referencia final de Trump al espectáculo televisivo que supuso el incidente, y la negativa a firmar un acuerdo alcanzado cuando la delegación ucraniana pretendía reencauzar la reunión entre bambalinas, me incitan a pensar en ello.
“Estamos en medio de una ruptura, no de una transición”, sentenció el primer ministro de Canadá, Mark Carney, en el foro económico mundial de Davos (20 de enero). El secretario de Estado estadounidense Marco Rubio a su llegada a la 62ª Conferencia de Seguridad de Múnich (13-15 de febrero) reformuló tal apreciación afirmando que “El viejo mundo ha terminado”. El nuevo orden mundial presentaría (presentará) un singular modelo de ordenanza social y equilibrio geopolítico, en clara ruptura con los postulados de la Ilustración de finales del siglo XVIII. En el recién publicado Trumpismo y reconfiguración global: el tortuoso camino hacia un nuevo orden mundial teorizo sobre el fin del paradigma liberal, como lo defino, pues al parecer el modelo que configuró las sociedades y democracias occidentales se ha agotado y resulta ineficaz ante las demandas del nuevo milenio.
La referida afirmación de Rubio en Múnich, además de señalar una transformación estructural del sistema internacional, iba acompañada de una exhortación, dirigida fundamentalmente a Europa, para adaptarse a la nueva realidad global que se está sustanciando en estos momentos históricos. También el vicepresidente J.D. Vance apuntó en ese sentido, en el mismo foro, hace un año. A diferencia de aquel, Rubio ha evitado el choque frontal, optando por un tono más conciliador que el áspero y combativo —en ocasiones incluso ofensivo— de Vance el año pasado con su retórico ultimátum.
Importantes cabeceras europeas recibieron el mensaje de Rubio con cierta desafección. Le Monde editorializaba enfatizando el distanciamiento entre EE.UU. y la UE que proyectaban las palabras de Rubio, tocando a rebato en favor de la unidad europea. El País, por su parte, reconocía que el discurso de Rubio fue más amable que el anterior de Vance, pero que en el fondo ambos lanzaron el mismo mensaje. Para The Guardian la narrativa comedida del secretario de Estado era una suerte de caramelo envenenado, pues condicionaba la relación amistosa a la aceptación de los postulados y principios del programa MAGA. Denunciaba el diario británico que las palabras de Rubio tenían un efecto corrosivo para las democracias liberales europeas.
Más allá de lo pernicioso o bondadoso de su mensaje, Rubio proponía la implícita recomendación sobre la necesidad de que los aliados occidentales se adapten a las nuevas dinámicas globales. Su propuesta sobre la redefinición de la alianza atlántica, por ejemplo, reclamaba la vieja demanda estadounidense del reparto de cargas, enfatizando que el único camino de Occidente para afrontar los nuevos retos a los que se enfrenta es actuar de manera coordinada.
Las propuestas de Rubio, según entiendo, debieran inducir más a la reflexión que a la crítica, pues lo que venía a decir, en síntesis, es que la relación de Estados Unidos y Europa, sus modelos de cooperación, deben ajustarse desde premisas realistas a los nuevos desafíos que se están planteando. Incluso iría más lejos, pues si bien es cierto que exigió mayor responsabilidad en defensa, propuso —ofreció— un futuro más colaboracionista. Su planteamiento giró en torno a la premisa de que los tiempos cambian y los aliados deben replantear su papel conjunto. Desde ese postulado estructuró su concepción del nuevo orden que, a diferencia de Carney, no implica romper con el pasado, sino actualizarlo fortaleciendo
aquello que ha funcionado y corrigiendo lo que ha quedado obsoleto. “Vivimos en una nueva era en geopolítica, y esto requerirá que todos reexaminemos cómo se ve esto y cuál será nuestro papel”, afirmó Rubio, enfatizando la necesidad de revisar supuestos que durante décadas parecían inamovibles.
El mensaje de Rubio combinaba dos ideas centrales. Por un lado, defiende una alianza reforzada entre Estados Unidos y Europa como pilar de estabilidad. Por otro, insiste en que los países europeos deben asumir mayor responsabilidad por su propia defensa y soberanía. Se reclama una redistribución de cargas que viene solicitando Estados Unidos, con cierta contundencia, desde la presidencia de Obama y que adquiere una novedosa significación en un contexto en el que los desafíos son múltiples y heterogéneos. La seguridad ya no es exclusivamente militar y/o económica, pues ahora también interesa esferas tecnológicas y energéticas.
En resumen, la propuesta de Rubio reforzó la idea de una alianza estable y duradera entre Europa y Estados Unidos como garantía de estabilidad para ambas partes, y la necesidad de que los países europeos asuman una mayor responsabilidad. Rubio, al igual que Carney en Davos, puso de manifiesto que se requiere adaptación estratégica y cooperación entre países para enfrentar desafíos complejos. Solo falta que también lo entienda Europa.


