Pablo Rubio Apiolaza,
doctor en Historia Contemporánea, investigador de la Biblioteca del Congreso Nacional de Chile y colaborador de la Fundación Alternativas
La región andina de América del Sur parece ratificar el giro político hacia la derecha en un contexto marcado por la polarización y el desgaste de las instituciones democráticas. Las elecciones presidenciales en Colombia y Perú -abril/junio de 2026- reflejan dinámicas distintas, pero convergentes en algunos aspectos: una creciente demanda de orden, cuestionamientos a las élites políticas tradicionales, en especial de las izquierdas, y sociedades cada vez más divididas entre el centro y la periferia.
En Colombia, el triunfo de Abelardo de la Espriella marca un cambio significativo en el escenario político del segundo país más poblado de la región. Abogado de profesión y sin experiencia política previa, construyó una candidatura con una potente narrativa anti-establishment, favorable a la rebaja de impuestos a las empresas y sustentada en un discurso nacionalista y de recuperación del “orden perdido”. Sin contar con un partido político estructurado, logró articular a los diversos sectores opositores al presidente Gustavo Petro bajo la bandera cohesionadora del denominado “antipetrismo”, respaldado además por el presidente norteamericano Donald Trump.
La primera vuelta presidencial, celebrada el 31 de mayo de 2026, evidenció esta capacidad de articulación. De la Espriella recibió el respaldo de sectores tradicionalmente vinculados al Centro Democrático, partido asociado al expresidente Álvaro Uribe y de profundas raíces en el país. La debilidad de esta colectividad quedó reflejada en el resultado de su candidata, Paloma Valencia, quien obtuvo apenas un 6,92 % de los votos, incluso en territorios considerados bastiones históricos del uribismo, como Antioquia y buena parte del centro del país, votos que se fugaron tempranamente a la candidatura de De la Espriella.
La segunda vuelta, realizada el 21 de junio, confirmó la victoria de De la Espriella, aunque por un margen extremadamente estrecho. Según el preconteo oficial, obtuvo un 49,66 % frente al 48,70 % alcanzado por Iván Cepeda, candidato oficialista y representante del Pacto Histórico. La diferencia, cercana a los 250 mil votos (menos del 1% de los votos), revela un país prácticamente dividido en dos mitades. Mientras De la Espriella arrasó en el centro del país y en partes del norte, Cepeda venció en las costas y en el sur, además de una frágil victoria en la capital, Bogotá. A los desafíos para De la Espriella se suma un Congreso donde el movimiento político de Petro mantiene una representación relevante, configurando un escenario de gobernabilidad complejo y potencialmente conflictivo.
En Perú, las elecciones también reflejan la persistencia de profundas fracturas políticas e institucionales. Keiko Fujimori, en su cuarta candidatura presidencial, consiguió llegar nuevamente al balotaje, esta vez con una estrategia más moderada que en campañas anteriores. En la primera vuelta obtuvo el primer lugar con apenas un 17 % de los votos, cifra que evidencia la fragmentación y debilidad del sistema político peruano.
Su rival fue Roberto Sánchez, de Juntos por el Perú, quien alcanzó cerca del 12 % de las preferencias y representó la continuidad política del sector vinculado al expresidente Pedro Castillo, actualmente en prisión. La campaña de Fujimori mantuvo elementos ya conocidos: una propuesta de mano dura frente a la criminalidad, el llamado a “volver al orden” y la profundización de la inversión privada como eje económico. Diversos analistas han caracterizado esta combinación como una forma de “populismo neoliberal”.
Los resultados también reprodujeron las tradicionales divisiones territoriales del Perú. La costa y especialmente Lima entregaron un amplio respaldo a Fujimori, mientras que la sierra y el sur mantuvieron una fuerte identidad antifujimorista. Se trata de una fractura política, social y cultural persistente, asociada tanto a la figura de Keiko como al legado de su padre, el expresidente Alberto Fujimori, fallecido en 2024, además de las asimetrías existentes en el país.
Aunque el escrutinio oficial aún no concluye, Fujimori se impondría con un 50,11 % de los votos. Su eventual gobierno enfrentaría importantes desafíos. Si bien Fuerza Popular se convirtió en la principal fuerza parlamentaria, cuenta con 41 de los 130 escaños de la Cámara de Diputados, en un Congreso fragmentado que ahora opera bajo una estructura bicameral compuesta por Cámara y Senado.
Las elecciones en Colombia y Perú muestran sociedades crecientemente polarizadas, con escasa disposición a los acuerdos y una profundización de tendencias autoritarias que podrían traducirse en retrocesos sociales y económicos. Sin embargo, también expresan una demanda ciudadana por seguridad, orden y eficacia gubernamental, junto con una creciente crítica tanto a la democracia representativa como a los “mismos de siempre”. En ambos casos, los resultados reflejan países divididos prácticamente en partes iguales, donde la gobernabilidad dependerá de la capacidad de procesar institucionalmente esas fracturas.

