Introducción
El orden comercial internacional que sustentó la globalización durante las últimas décadas se encuentra en un proceso avanzado de fragmentación. Las reglas multilaterales pierden centralidad, las cadenas de valor se reconfiguran en función de afinidades políticas y la lógica económica se subordina cada vez más a consideraciones estratégicas. El comercio ya no es solo intercambio; es instrumento de poder.
En este nuevo contexto, España se enfrenta a un dilema estructural. Como economía abierta, profundamente integrada en los flujos comerciales globales y dependiente de mercados exteriores, el debilitamiento del orden comercial multilateral supone un riesgo directo. Al mismo tiempo, como potencia media sin capacidad para moldear unilateralmente las reglas del juego, su margen de maniobra es limitado. La diplomacia económica española se ve así obligada a operar en un mundo de bloques, tensiones y lealtades selectivas, donde la neutralidad comercial es cada vez más difícil de sostener.
Del libre comercio a la geoeconomía
Durante años, el comercio internacional se articuló en torno a la liberalización progresiva, la reducción de barreras y la resolución de disputas mediante reglas comunes. Ese modelo, con todas sus imperfecciones, ofrecía previsibilidad y estabilidad a economías abiertas como la española. Hoy, ese marco está seriamente erosionado.
Las grandes potencias han incorporado el comercio a su arsenal estratégico. Aranceles, controles de exportación, subsidios industriales y restricciones tecnológicas se utilizan como herramientas de presión política. La seguridad nacional y la resiliencia económica se imponen como criterios prioritarios frente a la eficiencia o la competitividad global.
Este giro hacia la geoeconomía transforma radicalmente el entorno en el que opera España. La fragmentación no es solo comercial, sino normativa: estándares, certificaciones y requisitos divergentes dificultan el acceso a mercados y aumentan los costes de adaptación para las empresas.
La erosión del multilateralismo comercial
Uno de los síntomas más claros de esta fragmentación es el debilitamiento del sistema multilateral de comercio. La Organización Mundial del Comercio ha perdido capacidad para arbitrar disputas y actualizar reglas, atrapada por bloqueos políticos y falta de consenso entre sus principales miembros.
Para España, esta erosión supone la pérdida de un marco protector. Las economías medianas dependen más que las grandes de reglas claras y mecanismos de resolución de conflictos eficaces. En ausencia de estos, el comercio se rige cada vez más por relaciones de fuerza, donde la capacidad de presión bilateral adquiere un peso decisivo.
La fragmentación del sistema multilateral no implica su desaparición inmediata, pero sí una progresiva irrelevancia en los conflictos más sensibles. Las disputas clave se trasladan a ámbitos regionales o bilaterales, donde España actúa casi siempre a través de la Unión Europea.
La Unión Europea como escudo y como límite
La Unión Europea es el principal instrumento de defensa comercial de España. A través del mercado único, la política comercial común y los acuerdos con terceros países, la UE multiplica la capacidad de influencia de sus Estados miembros.
Sin embargo, este escudo también actúa como límite. La política comercial europea es necesariamente consensual, lo que ralentiza la respuesta ante un entorno altamente competitivo. Además, la UE ha incorporado progresivamente objetivos no comerciales —climáticos, sociales, regulatorios— que, aunque coherentes con su identidad normativa, reducen su flexibilidad frente a actores más pragmáticos.
España se beneficia del peso negociador europeo, pero asume también los costes de una política comercial que no siempre prioriza sus intereses sectoriales específicos. La dependencia del marco comunitario limita la posibilidad de una diplomacia económica bilateral más ágil.
Sectores españoles ante un mundo fragmentado
La fragmentación del comercio global tiene un impacto desigual sobre la economía española. Sectores altamente internacionalizados —automoción, agroalimentario, bienes de equipo, turismo, energías renovables— se enfrentan a nuevos riesgos derivados de barreras regulatorias, subsidios discriminatorios y reconfiguración de cadenas de suministro.
La tendencia hacia el friend-shoring y el near-shoring obliga a las empresas españolas a replantear estrategias de inversión y exportación. La diversificación de mercados, tradicionalmente una fortaleza, se vuelve más compleja cuando los accesos están condicionados por alineamientos políticos.
Al mismo tiempo, la competencia entre bloques puede abrir oportunidades si España logra posicionarse como socio fiable en determinados nichos estratégicos. Pero aprovechar esas oportunidades requiere una diplomacia económica proactiva, capaz de anticipar cambios y defender intereses concretos.
Diplomacia económica: de complemento a eje central
En este contexto, la diplomacia económica deja de ser un complemento de la política exterior para convertirse en uno de sus ejes centrales. La defensa de intereses comerciales, la atracción de inversiones y la inserción en nuevas cadenas de valor requieren una coordinación estrecha entre política exterior, económica e industrial.
España dispone de instrumentos diplomáticos, pero su uso ha sido tradicionalmente reactivo. La fragmentación del orden comercial exige un salto cualitativo: identificar prioridades geoeconómicas, definir socios estratégicos y asumir que el comercio es hoy un terreno de competencia política.
Este cambio implica también una mayor capacidad de interlocución con el sector privado, que es quien experimenta de forma directa los efectos de la fragmentación. Sin esa conexión, la diplomacia económica corre el riesgo de quedarse en el plano declarativo.
El Consejo Europeo y la lógica de bloques
La fragmentación del comercio global se refleja también en las dinámicas internas de la UE, especialmente en el Consejo Europeo. Las posiciones de los Estados miembros divergen en función de su estructura económica, su exposición a determinados mercados y su percepción de riesgo estratégico.
España suele situarse en posiciones intermedias: defensora del comercio abierto, pero consciente de la necesidad de proteger sectores sensibles. Esta posición moderada le permite actuar como actor de equilibrio, pero también diluye su visibilidad en debates dominados por las grandes economías.
La creciente politización del comercio dentro de la UE refuerza la lógica de bloques también a nivel interno, dificultando consensos rápidos y respuestas adaptadas a realidades nacionales diversas.
Riesgos estratégicos para una economía abierta
El principal riesgo para España es quedar atrapada entre bloques sin capacidad real de influencia. En un mundo donde el comercio se subordina a la geopolítica, las economías abiertas sin poder estructural suficiente corren el peligro de convertirse en receptoras pasivas de decisiones ajenas.
Además, la fragmentación puede reducir la previsibilidad, aumentar costes y debilitar la competitividad internacional. Para España, cuya recuperación económica depende en gran medida del sector exterior, este escenario supone un desafío estratégico de primer orden.
La tentación de refugiarse exclusivamente en el marco europeo puede ser comprensible, pero insuficiente si no se acompaña de una visión clara sobre cómo posicionarse en un sistema comercial cada vez más politizado.
Perspectivas: adaptarse a un comercio politizado
España no puede revertir la fragmentación del orden comercial global, pero sí adaptarse estratégicamente a ella. Esto implica asumir que el comercio ya no es neutral y que la diplomacia económica debe operar en un entorno de competencia entre bloques.
Reforzar la coordinación entre política exterior, comercial e industrial; identificar sectores estratégicos; diversificar socios con criterios realistas y defender con mayor claridad los intereses nacionales dentro del marco europeo son pasos imprescindibles.
En un mundo donde el libre comercio deja paso a la geoeconomía, la capacidad de España para mantener relevancia dependerá de su habilidad para leer el nuevo tablero y actuar con pragmatismo. La fragmentación no es una anomalía pasajera, sino el nuevo contexto. Ignorarla sería el mayor riesgo estratégico.
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