Análisis | El Sahel: el laboratorio geopolítico donde se decide el nuevo equilibrio de poder en África

Departamento de Análisis del grupo Prensamedia

Durante más de una década el Sahel fue contemplado principalmente como un problema de terrorismo internacional. Hoy esa visión resulta claramente insuficiente. La inmensa franja que se extiende desde Mauritania hasta Chad se ha convertido en uno de los principales escenarios de competencia estratégica del siglo XXI. Allí convergen la lucha contra el yihadismo, la rivalidad entre grandes potencias, el acceso a minerales críticos, las rutas migratorias hacia Europa y el creciente cuestionamiento del modelo occidental de seguridad.

Los acontecimientos registrados durante los últimos meses en Mali, Burkina Faso y Níger confirman que la región atraviesa una nueva fase. Las ofensivas coordinadas de grupos yihadistas, la creciente capacidad militar de las organizaciones insurgentes y las dificultades de las juntas militares para recuperar el control territorial muestran que la prometida estabilización sigue lejos de alcanzarse. La alianza táctica entre el Frente de Liberación de Azawad (FLA) y el grupo yihadista JNIM ha incrementado la presión sobre el régimen maliense y sobre sus aliados rusos, mientras continúan multiplicándose los ataques y la violencia contra la población civil.

El Sahel ya no constituye únicamente una crisis africana. Se ha transformado en un auténtico laboratorio donde se está ensayando un nuevo modelo de competencia internacional cuyos efectos alcanzarán tanto a Europa como al conjunto del sistema internacional.

Del fracaso occidental al vacío estratégico

La retirada progresiva de Francia, seguida posteriormente por la reducción de la presencia estadounidense y europea, modificó profundamente el equilibrio regional. Durante años, París había asumido el liderazgo de las operaciones antiterroristas mediante las misiones Serval y Barkhane. Sin embargo, la ausencia de resultados visibles, el crecimiento del sentimiento antifrancés y la sucesión de golpes militares terminaron erosionando completamente ese modelo.

Las nuevas juntas militares llegaron al poder prometiendo recuperar la soberanía nacional y ofrecer una respuesta más eficaz frente al terrorismo. Para ello rompieron buena parte de sus vínculos con Occidente y buscaron nuevos socios estratégicos.

Ese vacío fue rápidamente aprovechado por Rusia.

La transición desde el Grupo Wagner hacia el Africa Corps, dependiente directamente del Ministerio de Defensa ruso, simboliza la transformación de la presencia rusa en África. Moscú ha dejado atrás el modelo de empresa militar privada para institucionalizar una presencia mucho más estable, vinculada tanto a la seguridad como a sus intereses económicos y geopolíticos.

Sin embargo, la realidad sobre el terreno está demostrando que cambiar de aliado no garantiza automáticamente mejores resultados.

La expansión del yihadismo continúa

Lejos de retroceder, las organizaciones yihadistas han incrementado durante 2026 su capacidad operativa.

El Grupo de Apoyo al Islam y los Musulmanes (JNIM), vinculado a Al Qaeda, continúa consolidándose como la organización insurgente más poderosa del Sahel. Controla de facto amplias zonas rurales, establece mecanismos propios de administración, recauda impuestos, regula la actividad económica e impone su autoridad allí donde el Estado prácticamente ha desaparecido.

Su creciente coordinación con el Frente de Liberación de Azawad representa una de las principales novedades estratégicas del conflicto. Aunque ambos movimientos mantienen objetivos políticos diferentes, comparten un enemigo común: las juntas militares y sus aliados rusos.

Las recientes ofensivas en el norte de Mali han demostrado una capacidad de coordinación mucho mayor que en años anteriores. El empleo de drones, armamento pesado y ataques simultáneos refleja una evolución táctica que preocupa tanto a los gobiernos regionales como a los analistas internacionales.

Mientras tanto, el Estado Islámico en el Sahel mantiene igualmente una importante capacidad ofensiva, especialmente en la región de Menaka y en las zonas fronterizas con Níger, configurando un escenario donde varias organizaciones extremistas compiten entre sí y contra los gobiernos.

Rusia descubre los límites de la fuerza militar

La estrategia rusa perseguía varios objetivos simultáneos.

En primer lugar, consolidar gobiernos aliados que garantizaran estabilidad política favorable a Moscú.

En segundo lugar, asegurar el acceso a recursos minerales estratégicos, especialmente uranio, oro y otros minerales críticos.

Finalmente, utilizar el Sahel como plataforma para ampliar su influencia en el continente africano frente a Europa y Estados Unidos.

No obstante, la evolución reciente del conflicto evidencia importantes limitaciones.

Las fuerzas del Africa Corps han sufrido importantes reveses militares durante las ofensivas insurgentes y, pese al incremento del apoyo aéreo y logístico, no han conseguido revertir la tendencia general del conflicto. Diversos informes también mantienen las denuncias sobre violaciones de derechos humanos cometidas durante operaciones conjuntas con el ejército maliense, circunstancia que alimenta aún más el resentimiento local.

La experiencia del Sahel confirma una realidad conocida desde hace décadas: ninguna estrategia exclusivamente militar puede estabilizar territorios donde el Estado prácticamente ha desaparecido.

Europa vuelve a descubrir su frontera sur

Para la Unión Europea, el Sahel continúa siendo una región absolutamente estratégica.

No solo por razones de seguridad.

También porque constituye el principal corredor migratorio hacia el Mediterráneo occidental y central, alberga importantes reservas de materias primas críticas y representa una de las principales líneas de contención frente a la expansión del terrorismo hacia África occidental.

Sin embargo, Bruselas ha perdido buena parte de su capacidad de influencia.

La salida de las misiones europeas de entrenamiento, el deterioro de las relaciones diplomáticas con las juntas militares y la creciente presencia de Rusia, Turquía, China y diversos actores del Golfo han reducido considerablemente el margen de actuación europeo.

La consecuencia es paradójica.

Europa continúa dependiendo de la estabilidad del Sahel, pero dispone hoy de mucha menos capacidad para influir sobre su evolución.

La Alianza de Estados del Sahel cambia el tablero regional

Otro elemento decisivo ha sido la creación de la Alianza de Estados del Sahel (AES), integrada por Mali, Burkina Faso y Níger.

La organización pretende construir un nuevo sistema regional de cooperación militar, política y económica al margen tanto de la Comunidad Económica de Estados de África Occidental (CEDEAO) como de buena parte de las estructuras impulsadas durante décadas por Occidente.

Más allá de sus limitaciones actuales, la AES refleja un cambio mucho más profundo.

Numerosos gobiernos africanos reivindican una mayor autonomía estratégica y rechazan las tradicionales relaciones de dependencia respecto a las antiguas potencias coloniales.

Este fenómeno conecta con una tendencia global: el creciente protagonismo del llamado Sur Global en la redefinición del orden internacional.

Mucho más que una crisis africana

El futuro del Sahel tendrá implicaciones muy superiores a las fronteras regionales.

Si las juntas militares consiguen consolidarse pese al deterioro de la seguridad, otros regímenes podrían interpretar que la legitimidad internacional resulta cada vez menos relevante.

Si Rusia logra mantener una influencia estable, reforzará su presencia sobre uno de los principales espacios geopolíticos africanos.

Si el yihadismo continúa expandiéndose, aumentará la presión sobre los países costeros de África occidental y, con ella, crecerán también los riesgos para Europa.

Y si la crisis humanitaria sigue agravándose, los movimientos migratorios hacia el norte volverán a intensificarse.

En realidad, el Sahel concentra prácticamente todos los grandes desafíos del siglo XXI: terrorismo, competencia entre potencias, cambio climático, presión demográfica, recursos estratégicos, debilidad institucional y transformación del orden internacional.

Quien pretenda comprender hacia dónde evoluciona la geopolítica mundial no necesita observar únicamente el Indo-Pacífico o la guerra de Ucrania.

Debe mirar también hacia el Sahel.

Porque en esa inmensa franja semidesértica se está definiendo una parte esencial del nuevo equilibrio de poder mundial. En ella se ensayan nuevas alianzas internacionales, nuevos modelos de intervención exterior y nuevas formas de competencia estratégica que probablemente marcarán la política africana durante las próximas décadas. Para Europa, ignorar esa transformación supondría asumir que una de sus fronteras estratégicas evolucione sin capacidad de influencia. Para las grandes potencias, el Sahel ya no es una periferia olvidada: es uno de los escenarios donde comienza a escribirse la geopolítica del siglo XXI.

Claves estratégicas

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