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Home Noticias Diplomacia con historia

La canonización de San Isidro: un asunto de Estado que movilizó a Reyes, Papas y embajadores

Redacción
15 de mayo de 2026
en Diplomacia con historia, Noticias, Portada
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La canonización de San Isidro: un asunto de Estado que movilizó a Reyes, Papas y embajadores

San Isidro Labrador. / Foto: Anónimo de fines del siglo XVII/www.academiacolecciones.com

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Eduardo González

En marzo de 1622, el Papa tomó la inusual decisión de canonizar de una sola vez a cuatro personas de un mismo país. Tres de ellas ya gozaban por entonces de un indudable prestigio internacional: nada menos que los dos santos jesuitas, Ignacio de Loyola y Francisco Javier, y la celebérrima carmelita Teresa de Jesús. El cuarto canonizado fue un modesto labrador medieval de alcance local que, de repente, se convirtió en el santo ideal para una Monarquía que había decidido hacer de la Villa de Madrid uno de sus principales referentes políticos. Hablamos de Isidro Labrador, cuya festividad se celebra precisamente hoy.

Isidro nació en Madrid a finales del siglo XI y falleció en 1172. Cuarenta años después, en 1212, se descubrió su cuerpo incorrupto en el cementerio de la Iglesia de San Andrés y, ese mismo año, el rey Alfonso VIII de Castilla decidió pasar por Madrid para venerar sus restos y para agradecerle la victoria en Las Navas de Tolosa. Fue entonces cuando comenzó el culto popular a ese modesto labrador a quien el pueblo ya había canonizado mucho antes que la Iglesia y a quien ya llamaba “San Isidro”.

Desde entonces, el fervor religioso por su vida y milagros (incluidos los milagros póstumos) se fue incrementando con los años, pero, de momento, no pasaba del ámbito meramente popular y local. Y así se habría de mantener durante mucho tiempo, incluso cuando las autoridades decidieron trasladar su cadáver incorrupto a la capilla del Cuerpo de San Isidro en las primeras décadas del siglo XVI.

El proceso para la verdadera canonización papal de Isidro (hasta entonces, su canonización había sido “popular”) comenzó de forma oficial en 1562, pero se aceleró sobre todo a partir de 1593, cuando, según el profesor Esteban Ángel Cotillo Torrejón, el rey Felipe II tuvo noticia de la mediación de Isidro en su curación cuando era niño y decidió, en agradecimiento, escribir al Papa Clemente VIII solicitando la canonización de su protector. Para ello contó con la ayuda de fray Domingo de Mendoza, un dominico del convento madrileño de Atocha que tuvo un papel destacado en las causas de varios candidatos españoles a la santidad.

La canonización de Isidro se enfrentó a dos importantes problemas: por una parte, tras el Concilio de Trento, el Vaticano decidió endurecer los procesos de canonización, que quedaron en manos exclusivas del Papa, a fin de evitar situaciones anómalas y esquivar las críticas de los luteranos. Por otra parte, Isidro no solo era un seglar, sino que su historia era demasiado antigua y difusa y estaba escasísimamente documentada (se basaba en la tradición oral), lo cual dificultaba sobremanera la búsqueda de actuaciones y milagros que justificasen la canonización.

Su situación era, por tanto, muy diferente a la de los otros tres santos españoles de 1622: Ignacio de Loyola, Francisco Javier y Teresa de Jesús (o de Ávila), fallecidos pocos años antes y fundadores de unas órdenes religiosas de alcance internacional.

Por todo ello, tanto Felipe II (impulsor de la causa) como su hijo Felipe III (quien le sucedió a su muerte, en 1598) decidieron mover cielo y tierra en el Vaticano para conseguir su propósito de tener un santo exclusivamente vinculado a la Monarquía Hispánica y, de forma más específica, a su capital, Madrid, como revelan los estudios de la profesora María José del Río.

Un santo para la Villa y Corte

Entre 1593 y 1622 se desplegó una ingente correspondencia diplomática española dedicada exclusivamente a la causa de San Isidro, consistente, sobre todo, en cartas de postulación enviadas por los Reyes de España a la curia romana. La Santa Sede admitió su caso a trámite en 1596, tres años después de que comenzara la recogida de testimonios sobre su fama de santidad en Madrid y se enviaran las primeras cartas postulatorias. Entre 1593 y 1598, se realizaron tres procesos informativos en Madrid y algunos pueblos de la comarca, pero la causa se paralizó en los años finales del pontificado de Clemente VIII (fallecido en 1605) y solo fue reanudada por Paulo V, quien recibió no solo numerosas cartas postulatorias de las principales instituciones civiles y eclesiásticas de Madrid y Castilla, sino también del muy insistente Felipe III.

Las cartas tenían como corresponsales, principalmente, a los Reyes de España y a sus embajadores en la Santa Sede, aunque también se incluyen algunas procedentes de las Cortes de Castilla, del Cabildo del Clero y del Ayuntamiento de Madrid. En 1593, Felipe II escribió a su embajador en Roma, el duque de Sessa, para trasladarle una misiva del Ayuntamiento en la que se definía a Isidro como “un santo hombre”. En otra carta posterior a Sessa, el Rey Prudente pedía al Papa “que no se difiera más esto” y se le trasladaba el deseo de “estos Reinos y yo, por la devoción que le tengo”, de que se acelerase la canonización.

Felipe III mantuvo el mismo tono y volvió a pedir al duque de Sessa que hablara con el Papa para que se “proceda a su canonización”. En una de sus respuestas (octubre de 1599), el embajador daba cuenta de sus dificultades para tratar con el Pontífice por haber habido algunas “disensiones” entre “el Rey y Su Santidad”, posiblemente por la decisión del Papa de reconocer al Rey Enrique IV de Francia, pese a sus inicios protestantes.

En una de las respuestas del embajador al Papa, en la que éste le preguntó si el Rey quería “canonizar a todos los santos de España”, se aprecia una de las claves del interés de los Reyes: “Por ser tan santo (Isidro) y estar en la corte de España, se había de dar lugar”. Dicho con otras palabras, Felipe III estaba especialmente interesado en la canonización de Isidro porque era muy venerado, precisamente, en la ciudad en que se ubicaba su Corte, Madrid.

Una buena muestra de ello es que la propia causa de Isidro sufrió un importante declive, precisamente, en 1601, cuando la Corte se trasladó a Valladolid (donde permaneció hasta 1606). Por ese mismo motivo, y en justa correspondencia, la causa volvió a acelerarse después del regreso de la Corte a Madrid. En 1606, estimulado por la elección de un nuevo Papa (Paulo V) bastante más propicio a los intereses españoles, Felipe III escribió a su embajador, duque de Escalona, y al propio Pontífice para pedir que “se acabe la canonización del beato Isidro”.

En 1610, una nueva carta del Rey a su embajador, en este caso el conde de Castro, dejaba muy a las claras las intenciones políticas y al mismo tiempo religiosas de este proceso: Isidro debía ser canonizado “por la devoción que yo tengo a este glorioso santo” y por “ser natural de Madrid, donde yo nací, y porque, de ordinario, reside mi Corte en aquella Villa”. Por tanto, Isidro estaba destinado no solo a ser el santo de la Villa de Madrid, sino de la Corte.

En la última década de su reinado, Felipe III envió decenas de cartas a Roma relacionadas con la canonización de Isidro, para lo cual solicitó el apoyo de los cardenales españoles Antonio Zapata y Gaspar de Borja, este último embajador en la Santa Sede entre 1616 y 1619 (de acuerdo con la citada María José del Río, a quien seguimos fundamentalmente), y remitió numerosas peticiones al Pontífice a través de los varios embajadores que se sucedieron en Roma hasta 1619, cuando fue nombrado el duque de Alburquerque.

Beatificación y canonización

Gracias al nuevo impulso, y para alegría del propio Paulo V, en 1619 había concluido la parte meramente burocrática y “lo que queda ahora es meramente de gracia”, según escribió el Papa a su embajador en Madrid. La gracia papal se alcanzó en 1619 no con la canonización, sino a través de un breve de beatificación en el que no solo se autorizaba a Madrid a rendir a Isidro los honores litúrgicos propios de un santo patrón, sino que se permitía su culto en España y sus posesiones de ultramar. A pesar de tal generosidad, impropia de una beatificación, el deseo de los Reyes era la canonización, y la correspondencia diplomática de la época revela claramente su decepción.

Para intensificar aún más el problema, en el otoño de 1619 se atribuyó a la intercesión del Beato Isidro la curación de Felipe III de una grave enfermedad que había contraído durante un viaje a Portugal. En un momento de desesperación, se trasladó el cuerpo incorrupto de Isidro al Palacio Real para que el Rey pudiera verlo, tocarlo y rogar directamente su curación.

Esta milagrosa curación se sumó a los argumentos esgrimidos por el Monarca en la media docena de cartas que envió a Roma en 1620, en una de las cuales instaba al embajador, duque de Alburquerque, a convencer a “Su Santidad para que acabe de perfeccionar esta obra, y ponga al bienaventurado en el lugar que merece”.

En octubre de 1620, Alburquerque envió un despacho urgente para comunicar que el Papa había tomado la decisión de canonizar a Isidro. La muerte del Papa en 1621 y la elección de Gregorio XV (a quien el Rey escribió en varias ocasiones a través de sus embajadores) no fue óbice para que el Vaticano mantuviera su compromiso, pero sí introdujo, como gran novedad, la exigencia de que ese mismo día fueran canonizadas otras cuatro personas, incluidos los tres españoles antes citados.

Finalmente, Isidro Labrador fue proclamado santo el 12 de marzo de 1622 por Gregorio XV, aunque la bula de su canonización no fue publicada hasta 1724, bajo el Pontificado de Benedicto XIII. El patrón de la Villa acababa de convertirse también en el santo de la Corte, solo cinco años después de que Teresa de Jesús, también canonizada ese día, fuera proclamada copatrona de España junto al apóstol Santiago.

Desde entonces, San Isidro es venerado el 15 de mayo, el mismo día en el que, según la tradición, su cuerpo incorrupto fue trasladado desde el cementerio a la propia Iglesia de San Andrés. Su patronazgo se ha extendido a otras muchas poblaciones, normalmente rurales, tanto en España como en Iberoamérica, como Triquivijate (Fuerteventura), La Llosa (Castellón), Puntalón de Motril (Granada), Rota (Cádiz), Yecla (Murcia), Cuncumén (Chile), San Isidro de Carampa (Perú), San Isidro de Lules (Argentina), Sibarco (Colombia) o San Juan del Río y Xoxo (México), entre otras. San Isidro es también el patrón de los agricultores, ingenieros agrónomos e ingenieros técnicos agrícolas.

 

 

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