El 3 de enero de 2026, en Caracas, una operación militar del gobierno de los Estados Unidos, capturó y destituyó del poder al presidente de Venezuela, Nicolás Maduro, junto a su esposa Cilia Flores, acusados de narcoterrorismo, conspiración para introducir cocaína en Estados Unidos y delitos vinculados al tráfico de armas. Se trata de un acontecimiento histórico de enorme relevancia para la política latinoamericana contemporánea, cuyas implicancias pueden proyectarse en el largo plazo.
El presente análisis preliminar, pasado un mes de ocurrido los acontecimientos, aborda este proceso en curso a partir de cuatro ejes fundamentales.
En primer lugar, la salida de Nicolás Maduro de la presidencia representa una fractura histórica en el proceso político venezolano iniciado con Hugo Chávez en 1999. La interrupción de su mandato simboliza el cierre de una etapa de dictadura caracterizada por la erosión sistemática de la democracia, la violación de los derechos humanos y de las libertades civiles, así como por la destrucción del aparato económico y productivo del país, que derivó en una crisis migratoria sin precedentes en la región. A ello se suma que, tras desconocer los resultados de las elecciones presidenciales de 2024, el régimen perdió reconocimiento internacional, incluyendo el de Estados Unidos desde 2019. La captura de Maduro constituye, por tanto, un acontecimiento inédito, tanto por la forma abrupta en que termina su gobierno como por las eventuales oportunidades de apertura política que se abren, considerando el peso histórico de Venezuela en América Latina durante las últimas décadas.
La segunda dimensión del análisis se centra en el rol desempeñado por Estados Unidos y en las características de esta intervención. Denominada Operation Absolute Resolve, la captura de Maduro fue una acción previamente sondeada por organismos de inteligencia —con participación del FBI y la CIA— y ejecutada directamente por fuerzas militares estadounidenses. Se trató de una intervención limitada, unilateral, sin autorización del Congreso de Estados Unidos ni de organismos internacionales, y aparentemente con escasos costos humanos, restringidos a la guardia presidencial de origen cubano. Desde una perspectiva histórica, constituye una intervención directa inédita de Estados Unidos en América del Sur en más de dos siglos de relaciones hemisféricas, lo que tensiona las dinámicas tradicionales del sistema internacional.
Si bien esta acción remite a la tradición intervencionista estadounidense iniciada con la Doctrina Monroe en 1823 y desarrollada con mayor intensidad desde el corolario de Roosevelt (1904), la mayoría de esas intervenciones se concentraron en América Central y el Caribe, no en América del Sur. Las comparaciones con Panamá en 1989, Irak en 2003 o Libia en 2011 que han planteado algunos analistas resultan limitadas, dado que aquellas fueron ocupaciones militares prolongadas en contextos culturales e históricos muy distintos. En el caso venezolano, la operación fue breve y se produjo en una sociedad relativamente
homogénea, con una trayectoria democrática más extensa que la de otras regiones intervenidas.
El contexto de 2026 obliga a considerar variables geopolíticas más amplias, como la política exterior de Donald Trump y la competencia estratégica de Estados Unidos con otros actores globales. La intervención pareciera inscribirse en el nuevo enfoque expresado en la Estrategia de Seguridad Nacional de diciembre de 2025, conocida como doctrina “Donroe”, que redefine a América Latina como un espacio prioritario de influencia, reactivando la noción del hemisferio occidental como “patio trasero” estratégico.
El tercer eje se refiere al petróleo y a los recursos naturales venezolanos. Aunque Venezuela posee enormes reservas de crudo —cerca del 19% de las reservas mundiales— y abundantes recursos estratégicos como gas, oro, coltán y otros minerales críticos, el petróleo por sí solo no explica la intervención. La industria petrolera venezolana se encuentra en una profunda crisis, agravada durante el mandato de Maduro, y Trump ha manifestado interés en incentivar la participación de empresas estadounidenses. Sin embargo, el petróleo venezolano representa una fracción marginal del consumo estadounidense y Venezuela produce apenas el 1% del crudo mundial. Más que un factor único, el petróleo debe entenderse como parte de una conjunción de intereses económicos, ideológicos y geopolíticos, vinculados especialmente a la competencia con China y Rusia, y a la preocupación por gobiernos de izquierda con posturas antinorteamericanas en la región.
El discurso anticomunista del actual secretario de Estado, Marco Rubio, se ha convertido en un componente central de esta política exterior, con potenciales consecuencias que podrían extenderse a otros regímenes de larga duración, como el cubano. En este sentido, la acción contra Venezuela revela una estrategia más amplia orientada a recuperar influencia y poder en América Latina dentro de un sistema internacional multipolar.
Finalmente, el cuarto eje aborda las consecuencias internas de la intervención para el régimen político venezolano. La captura de Maduro no implicó el colapso del madurismo, sino su reconfiguración sin su líder máximo. El régimen ha sobrevivido a través de su estructura burocrática, militar, partidaria y económica, que mantiene un profundo arraigo social y político. Tras el 3 de enero de 2026, Delcy Rodríguez asumió como presidenta encargada, quien junto a figuras centrales del régimen como Diosdado Cabello y Vladimir Padrino López, han optado por establecer un diálogo directo con el gobierno de Trump.
La Administración estadounidense ha privilegiado una estrategia cautelosa y pragmática, centrada en la estabilidad interna y la negociación petrolera, sin priorizar explícitamente un cambio de régimen o una transición democrática inmediata. Tanto la CIA como diversos analistas habían advertido previamente sobre la fortaleza estructural del madurismo y la debilidad de la oposición. Esta situación ha generado confusión y expectativas contradictorias dentro de Venezuela y críticas internas en Estados Unidos sobre la falta de un plan claro. No obstante, Trump ha optado por una línea realista de negociación, reforzada por encuentros de alto nivel, como la reunión entre el director de la CIA y Delcy Rodríguez el 15 de enero de 2026, que simboliza un reconocimiento explícito de la nueva Administración venezolana. En los últimos días, Estados Unidos ha dado pasos para iniciar una transición, liberando algunos presos políticos y estableciendo algunas libertades.
En síntesis, Venezuela atraviesa un cambio político fundamental que altera las relaciones de poder, pero que no implica necesariamente una transformación de régimen. La salida de Nicolás Maduro abre una etapa marcada por la negociación, el gradualismo y la incertidumbre, en un proceso aún dinámico y en pleno desarrollo.
Pablo Rubio Apiolaza,
doctor en Historia Contemporánea, investigador de la Biblioteca del Congreso Nacional de Chile y colaborador de la Fundación Alternativas


