Introducción
El sistema multilateral atraviesa una de sus fases más delicadas desde el final de la Guerra Fría. Las instituciones diseñadas para ordenar las relaciones internacionales, prevenir conflictos y arbitrar disputas económicas funcionan hoy con dificultad creciente, bloqueadas por rivalidades entre grandes potencias y por una pérdida generalizada de confianza en las reglas comunes. En este contexto, España mantiene una apuesta firme por el multilateralismo como eje central de su política exterior. Sin embargo, en 2026 esa apuesta se enfrenta a una paradoja incómoda: defender las reglas ya no garantiza influencia, y el capital político invertido en el sistema multilateral no siempre se traduce en capacidad real de decisión. La cuestión no es si España debe abandonar el multilateralismo, sino cómo adaptarse a un entorno en el que este ya no ordena el mundo como antes.
El desgaste estructural del orden multilateral
El debilitamiento del multilateralismo no es un fenómeno repentino, sino el resultado de una erosión prolongada. Las grandes potencias han dejado de considerar las instituciones internacionales como espacios neutrales de gestión colectiva y las utilizan, cada vez más, como escenarios de confrontación o bloqueo. La Organización de las Naciones Unidas es el ejemplo más visible: su Consejo de Seguridad permanece paralizado ante los principales conflictos internacionales, incapaz de ejercer su función central de garante de la paz y la seguridad.
A esta parálisis política se suma un deterioro funcional en otros ámbitos. La Organización Mundial del Comercio, pilar del sistema económico multilateral, sufre un bloqueo que limita su capacidad para hacer cumplir las reglas del comercio internacional. El resultado es un sistema donde las normas existen, pero su aplicación depende cada vez más del poder relativo de los actores, no de la legitimidad institucional.
Un mundo que ya no premia el respeto a las reglas
En este nuevo entorno, el respeto escrupuloso al derecho internacional ya no es necesariamente una ventaja competitiva. Las grandes potencias actúan con creciente unilateralismo, asumiendo que los costes reputacionales son asumibles frente a los beneficios estratégicos. Esta lógica ha normalizado comportamientos que hace apenas una década se consideraban excepcionales: sanciones unilaterales, uso instrumental de organismos internacionales o desprecio abierto a resoluciones multilaterales.
Para países de tamaño medio como España, esta evolución plantea un desafío profundo. El multilateralismo ha sido históricamente el marco que permitía amplificar su influencia, compensando la ausencia de poder duro con legitimidad normativa y capacidad diplomática. Si ese marco se debilita, el riesgo es quedar atrapado en un sistema donde la voz cuenta menos que la fuerza, y donde la coherencia con las reglas no garantiza resultados.
La posición española: coherencia, reputación y límites
España ha construido su política exterior reciente sobre una defensa consistente del multilateralismo, el derecho internacional y la cooperación institucional. Esta posición le ha permitido proyectar una imagen de actor fiable, previsible y comprometido con la estabilidad global. En foros internacionales, España se presenta como defensora del orden basado en reglas, incluso cuando ese orden es cuestionado por actores con mayor peso político o militar.
Sin embargo, en 2026 esta coherencia tiene límites evidentes. La defensa del multilateralismo no siempre se traduce en capacidad de influencia efectiva en la toma de decisiones. En ocasiones, España se encuentra alineada con posiciones mayoritarias desde el punto de vista normativo, pero minoritarias en términos de poder real. Esta brecha entre legitimidad y eficacia plantea una pregunta incómoda: ¿hasta qué punto puede una política exterior basada casi exclusivamente en principios sostener intereses nacionales en un sistema cada vez más transaccional?
Multilateralismo selectivo y geometría variable
Uno de los rasgos del nuevo escenario internacional es la proliferación de formatos alternativos al multilateralismo clásico. Grupos reducidos, alianzas ad hoc y coaliciones de intereses sustituyen a los grandes foros universales. Este “multilateralismo selectivo” permite avanzar a quienes tienen capacidad de liderar o de fijar agenda, pero deja en una posición más débil a quienes dependen de marcos inclusivos para amplificar su voz.
España participa en muchos de estos formatos, especialmente a través de la Unión Europea, pero su margen de maniobra sigue estando condicionado por decisiones colectivas. En ausencia de una estrategia clara para combinar multilateralismo clásico y alianzas flexibles, existe el riesgo de que España quede relegada a un papel de acompañamiento, más reactivo que propositivo. La defensa de las reglas sigue siendo necesaria, pero ya no es suficiente como única estrategia.
El dilema europeo y su impacto en España
La crisis del multilateralismo coincide con un momento de redefinición del papel internacional de Europa. La UE aspira a ser un actor normativo global, pero se enfrenta a dificultades para traducir sus valores en poder efectivo. Para España, esta tensión es especialmente relevante. Su proyección internacional está estrechamente ligada al marco europeo, que actúa como multiplicador de influencia pero también como límite a la autonomía estratégica.
Cuando la UE logra actuar de forma cohesionada, el multilateralismo sigue siendo una herramienta útil. Cuando la fragmentación interna paraliza la acción exterior europea, la defensa de las reglas pierde fuerza frente a actores que operan con mayor libertad estratégica. España se ve así atrapada entre la lealtad a un enfoque multilateral coherente y la necesidad de proteger intereses concretos en escenarios cada vez más competitivos.
¿Adaptación o inmovilismo?
El debate de fondo para la política exterior española no es ideológico, sino estratégico. Persistir en una defensa retórica del multilateralismo sin adaptarse a sus límites actuales puede derivar en una pérdida progresiva de relevancia. Pero renunciar a ese marco implicaría abandonar uno de los principales activos de la acción exterior española: su credibilidad como actor comprometido con el derecho y la cooperación.
La clave está en la adaptación. Esto implica reforzar la presencia española en los espacios donde aún se toman decisiones relevantes, invertir capital político en alianzas concretas y asumir que, en determinados contextos, la influencia se construye más a través de la capacidad de negociación que de la apelación a principios abstractos. Defender las reglas sigue siendo necesario, pero debe ir acompañado de una lectura realista del poder.
El riesgo de la irrelevancia silenciosa
Uno de los mayores peligros para España es la irrelevancia silenciosa: seguir estando presente en todos los foros, pero sin capacidad real de incidir en los resultados. En un mundo donde el multilateralismo ya no ordena por sí solo las relaciones internacionales, la visibilidad y la iniciativa adquieren un valor estratégico creciente. Limitarse a ocupar espacios sin liderar agendas puede erosionar, a medio plazo, la influencia acumulada durante décadas.
España dispone de activos importantes: reputación diplomática, experiencia multilateral y capacidad de interlocución en distintos ámbitos regionales. Pero estos activos deben ser utilizados de forma más estratégica, combinando coherencia normativa con pragmatismo político. El reto no es abandonar el multilateralismo, sino evitar que se convierta en un refugio cómodo frente a un mundo cada vez más competitivo.
Conclusión: defender las reglas en un mundo que ya no se rige por ellas
La crisis del multilateralismo plantea a España uno de los dilemas más complejos de su política exterior reciente. Defender el orden basado en reglas sigue siendo coherente con sus valores y sus intereses a largo plazo, pero ya no garantiza influencia ni resultados inmediatos. En 2026, el desafío consiste en defender las reglas sin quedar atrapado por sus límites, adaptando la acción exterior a un entorno donde el poder y la negociación han recuperado centralidad.
España no puede permitirse ni el abandono del multilateralismo ni el inmovilismo estratégico. La eficacia de su política exterior dependerá de su capacidad para combinar principios y pragmatismo, coherencia y flexibilidad. En un mundo donde las reglas ya no ordenan automáticamente las relaciones internacionales, la influencia se construye, se disputa y, sobre todo, se ejerce.
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