Se cumple un año desde que Donald Trump ocupa la presidencia de los Estados Unidos. Doce meses bastan, en política, para fijar un estilo; en este caso, también para delinear una fisonomía moral del poder. No tanto a partir de un corpus ideológico reconocible como de una serie de ademanes reiterados, de inflexiones discursivas y decisiones que, consideradas en conjunto, revelan una forma singular de entender la autoridad: inmediata, personalista y refractaria a cualquier mediación que no sea la del propio impulso.
Este primer año no ha sido escaso en iniciativas. Al contrario: ha sido prolífico hasta el exceso. Órdenes ejecutivas firmadas en cadena, cambios abruptos de posición, declaraciones que desmienten a los propios portavoces oficiales y una permanente sensación de provisionalidad han definido el clima político de Washington. El denominador común no es la coherencia programática, sino la aceleración. Gobernar, en este esquema, equivale a imprimir movimiento constante, incluso cuando ese movimiento carece de dirección clara.
Decisionismo y erosión institucional
Desde los primeros compases de su mandato, Trump ha hecho del decreto un instrumento preferente de gobierno. La reversión inmediata de políticas de la administración anterior —en materia migratoria, climática o sanitaria— no respondió tanto a un debate de fondo como a una lógica de borrado simbólico. Importaba menos el contenido que la señal: aquí empieza algo radicalmente distinto.
La reinstauración de políticas migratorias restrictivas, los intentos de limitar el acceso al asilo, la presión sobre el sistema judicial para acelerar deportaciones o la politización explícita de agencias federales tradicionalmente técnicas forman parte de un mismo movimiento: la subordinación del procedimiento a la voluntad. El marco institucional aparece así como un armazón incómodo, tolerable solo mientras no interfiera con la decisión presidencial.
Esta lógica no es ajena a una tendencia más amplia de las democracias contemporáneas, donde la impaciencia social se traduce en desconfianza hacia los mecanismos deliberativos. Como ha señalado Slavoj Žižek, el autoritarismo actual no se presenta como ruptura frontal con la democracia, sino como su versión “eficiente”: menos discusión, más resultados; menos normas, más acción. El problema surge cuando la eficacia se mide exclusivamente en términos de impacto mediático.
Política exterior: el mundo como escenario de fricción
Si hay un ámbito donde este primer año ha resultado especialmente revelador es el de la política exterior. Trump ha abordado el sistema internacional no como un entramado de equilibrios complejos, sino como una sucesión de relaciones bilaterales sometidas a lógica transaccional. Aliados históricos pasan a ser socios sospechosos; compromisos multilaterales, cargas prescindibles.
La retirada —o amenaza de retirada— de acuerdos internacionales, la constante presión sobre la OTAN en términos puramente financieros, la imposición de aranceles a socios estratégicos y la oscilación permanente entre el halago personal y la amenaza explícita han configurado una diplomacia de alta fricción. No se trata solo de una redefinición de prioridades, sino de un cambio de lenguaje: el derecho internacional cede terreno a la metáfora del trato comercial.
La consecuencia no ha sido una mayor capacidad de maniobra estadounidense, sino una creciente incertidumbre sistémica. Estados Unidos deja de funcionar como actor previsible y se convierte en una variable inestable. La diplomacia, privada de continuidad, se vuelve reactiva, casi episódica. Cada cumbre es un acontecimiento aislado; cada declaración, potencialmente revocable al día siguiente.
Paradójicamente, esta volatilidad se exhibe como fortaleza estratégica. La imprevisibilidad como disuasión. Sin embargo, el efecto acumulado ha sido una erosión de la confianza, incluso entre socios tradicionalmente alineados. El liderazgo se transforma en dominio momentáneo; la influencia, en imposición ruidosa.
Verdad, exceso y política del agravio
El rasgo más inquietante de este primer año no reside, quizá, en ninguna medida concreta, sino en la atmósfera discursiva que las envuelve. Trump no gobierna únicamente mediante decisiones, sino mediante una saturación constante del espacio simbólico. Declaraciones hiperbólicas, afirmaciones desmentidas sin rectificación posterior, insultos a adversarios políticos y a medios de comunicación, acusaciones genéricas de conspiración: todo ello conforma un ecosistema donde la verdad deja de operar como criterio ordenador.
No se trata de imponer una falsedad concreta, sino de disolver la distinción misma entre verdad y mentira. En ese terreno, la exageración, la incorrección y el agravio no son fallos, sino herramientas. El exceso retórico cumple una función política precisa: desplazar el foco del análisis racional hacia la reacción emocional. Indignar, polarizar, fidelizar.
La descalificación personal del adversario —jueces, periodistas, gobernadores, incluso miembros de su propio partido— no es un mero rasgo de carácter, sino un mecanismo de poder. Al reducir el disenso a enemistad, el conflicto político se moraliza. Ya no se discuten políticas, sino lealtades. En ese marco, cualquier crítica puede presentarse como ataque ilegítimo.
La chabacanería, lejos de ser un accidente, se convierte en signo de autenticidad. El lenguaje deliberadamente tosco opera como rechazo performativo de las élites ilustradas, aunque el ejercicio del poder permanezca firmemente anclado en los resortes clásicos de la autoridad. El resultado es una política que se legitima no por su coherencia, sino por su capacidad de generar ruido.
Inventario provisional
Durante este primer año, Trump ha firmado órdenes ejecutivas que restringen derechos migratorios, ha cuestionado públicamente la independencia judicial, ha utilizado la política arancelaria como instrumento de presión indiscriminada, ha amenazado con abandonar compromisos internacionales de largo recorrido y ha convertido la comunicación presidencial en un flujo constante de provocación. Cada uno de estos actos, tomado aisladamente, puede ser defendido o criticado. En conjunto, sin embargo, dibujan una pauta: la normalización de lo abrupto.
Conclusión
Un año basta para comprender que esta presidencia no es una anomalía excéntrica, sino la manifestación coherente de una forma contemporánea de ejercer el poder. No hace falta cargar las tintas ni exagerar sus derivas. Basta con observar el encadenamiento de decisiones, palabras y silencios.
Cuando la política se convierte en escenario permanente, el exceso deja de escandalizar y pasa a formar parte del decorado. Y es ahí, quizá, donde reside el riesgo mayor: no en cada locura aislada, sino en la facilidad con la que termina por resultar familiar.

