La captura de Nicolás Maduro —ejecutada por Estados Unidos y presentada como una operación de alcance jurídico-penal, aunque de consecuencias inequívocamente políticas— no clausura el conflicto venezolano: lo desplaza. No resuelve nada; reordena las piezas. Y, sobre todo, obliga a mirar más allá del hecho puntual, hacia el escenario en el que ese hecho se vuelve inteligible.
Porque lo sucedido en Venezuela no es, en sentido estricto, un acontecimiento venezolano. Es un episodio del orden global en transición, una escena más —particularmente explícita— de la mutación del poder internacional en un mundo que ha dejado atrás el consenso multilateral sin haber encontrado aún una arquitectura alternativa estable.
Desde un punto de vista estético, el gesto resulta brutal. Grosero, incluso. La intervención directa, la exhibición de fuerza, la desactivación de un jefe de Estado extranjero por parte de otra potencia evocan una lógica colonial que creíamos archivada. Donald Trump aparece, una vez más, como la encarnación de ese desdén por las formas, por los rituales diplomáticos, por la cortesía institucional que durante décadas funcionó como maquillaje del poder.
Y, sin embargo, es precisamente ahí donde se abre la aporía.
Porque si se suspende —no se niega, pero sí se suspende— el juicio estético, y se analiza el movimiento desde la racionalidad estatal, el panorama cambia. No mejora moralmente, pero se vuelve coherente. Estados Unidos actúa conforme a una lógica que no es excepcional, sino estructural: la preservación de su potencia material como condición de posibilidad de su forma de vida.
Aquí conviene ser brutalmente honestos: esa forma de vida descansa todavía, de manera decisiva, sobre el petróleo. No como fetiche, sino como infraestructura. El petróleo no es solo energía; es movilidad, logística, producción, información, defensa. Es la base invisible de aquello que luego se sublima en derechos, libertades y principios.
Sin petróleo no hay libertad de prensa. Sin petróleo no hay deliberación pública. Sin petróleo no hay ética posible, porque no hay espacio material donde ejercerla. ¿Por qué ir a la guerra si no es por el petróleo? El petróleo, el petróleo… el petróleo es lo único.
Planteado en estos términos —toscos, elementales, casi obscenos— el problema deja de ser moral para convertirse en ontológico. No se trata de si es justo intervenir, sino de si un Estado puede permitirse no hacerlo cuando está en juego el sustrato material de su continuidad. Y la respuesta histórica es clara: no puede.
Por eso la intervención estadounidense en Venezuela, por más que se revista de legalismo penal o de retórica antinarcóticos, responde a una racionalidad clásica: asegurar el acceso, directo o indirecto, a un recurso estratégico situado en una región geopolíticamente sensible y crecientemente disputada por otras potencias. Rusia, China e Irán no son nombres abstractos en este tablero; son fuerzas reales que erosionan el equilibrio heredado de la posguerra fría. Y es que -y aquí suscribiré las palabras de un Venezolano-, ni los Rusos ni los Chinos han ido a Venezuela en busca de la receta de la arepa.
Desde esta perspectiva, Trump no es un desvarío del sistema, sino su expresión sin ornamentos. Donde otros administraron el poder mediante el lenguaje del multilateralismo, él lo hace mediante el gesto. Donde otros hablaron de normas, él habla de intereses. La diferencia no es de fondo, sino de estilo.
Y es aquí donde Benjamin Constant resulta esclarecedor, si se lo lee con cuidado. En La libertad de los antiguos comparada con la de los modernos, Constant no afirma que el comercio sea simplemente otra forma de guerra, sino algo más inquietante: que el comercio desplaza la guerra, la racionaliza, la despersonaliza. La vuelve menos heroica, menos sangrienta, pero también más constante, más estructural.
La guerra de los modernos no necesita siempre ejércitos: le basta con sanciones, bloqueos, controles financieros, operaciones jurídicas extraterritoriales. No busca la gloria; busca la eficacia. No apela al sacrificio ciudadano, sino al cálculo administrativo. Es, en ese sentido, más fría —y quizá más implacable— que la guerra antigua.
Estados Unidos no actúa fuera de esta lógica. La encarna de manera particularmente visible, y por eso incomoda. Pero incomoda no porque sea irracional, sino porque es demasiado racional. Porque hace explícito aquello que preferimos mantener implícito: que el orden internacional no se sostiene sobre valores, sino sobre equilibrios de fuerza; y que esos equilibrios, en última instancia, se miden en capacidad material.
De ahí la tensión irreductible entre estética y razón. Estéticamente, Trump es detestable: vulgar, impositivo, desconsiderado con la soberanía ajena. Racionalmente, es consistente: prioriza el interés de su Estado sin disimulo, sin complejos, sin pedir permiso a una legalidad internacional que ya no tiene capacidad real de coerción.
Muchos objetarán que ese interés se construye “a costa de otros”. Es cierto. Pero la alternativa no es un interés sin costes, sino un coste asumido por otros sujetos. La geopolítica, como recordaba Gustavo Bueno, no atiendo una ética universal, sino que es un campo de fuerzas estatales en equilibrio inestable. En el campo de la geopolítica (y aquí no se habla de otros casos que los de la pura geopolítica) no hay decisiones sin víctimas; solo hay decisiones que eligen dónde sitúan a sus víctimas.
La captura de Maduro, entonces, no es tanto una anomalía como un síntoma. Señala el agotamiento de las mediaciones clásicas, la fragilidad del multilateralismo y el retorno de una política internacional menos hipócrita y más desnuda. Una política que renuncia a justificarse moralmente y se afirma en su necesidad.
La aporía permanece. Y no se resuelve. Podemos —y quizá debemos— rechazar estéticamente esta forma de ejercer el poder. Pero no podemos fingir que no responde a una racionalidad profunda, histórica, casi estructural. Porque en el mundo que habitamos, el Estado que renuncia a preservar los fundamentos materiales de su existencia no se vuelve más ético; no se vuelve nada, sencillamente, desaparece.
Ahora bien, yo siempre he vivido mi vida desde un punto de vista estético, ni siquiera ético y mucho menos racional. A mí las cosas me tocan, no sé a ustedes. A Trump sé que no.


