El ataque militar de Estados Unidos contra objetivos estratégicos en Venezuela y la posterior captura de Nicolás Maduro abren una fase inédita en la crisis venezolana, marcada no solo por la incertidumbre política y el riesgo de fragmentación interna, sino también por el peso determinante del petróleo en la ecuación estratégica. La transición, el control de los recursos energéticos y la reacción de los actores globales definirán las próximas semanas, con implicaciones directas para Europa, América Latina y el equilibrio internacional.
Un punto de no retorno político e institucional
La captura de Nicolás Maduro supone una ruptura definitiva en el ciclo del chavismo como sistema de poder personalista. El régimen pierde su figura central, su eje simbólico y el principal mecanismo de cohesión entre facciones civiles, militares y económicas. A diferencia de crisis anteriores, no existe una sucesión natural ni una continuidad política viable bajo las mismas reglas.
Sin embargo, la caída del liderazgo no implica la desaparición inmediata del entramado de poder. Durante más de dos décadas se ha consolidado una red de intereses profundamente imbricada en las Fuerzas Armadas, los servicios de inteligencia y la gestión opaca de los recursos energéticos. Ese entramado conserva capacidad de resistencia y negociación. El escenario inmediato es el de una transición desordenada, con un vacío de poder disputado por actores que buscan preservar posiciones económicas y garantías personales.
El comportamiento del estamento militar será determinante. Su alineamiento con una autoridad transitoria reconocida internacionalmente podría facilitar una salida relativamente contenida. Su fragmentación, por el contrario, abriría la puerta a escenarios de violencia localizada, pérdida de control territorial y colapso institucional parcial.
Estados Unidos: seguridad, geopolítica y petróleo
Para Estados Unidos, la operación combina una victoria táctica con un desafío estratégico de largo alcance. En el plano inmediato, elimina a un adversario histórico y rompe la inercia de unas sanciones que no lograron provocar un cambio de régimen. Pero el trasfondo es inequívocamente energético.
Venezuela posee las mayores reservas probadas de petróleo del mundo, hoy infrautilizadas y degradadas. Para Washington, la normalización —bajo control político fiable— del sector petrolero venezolano ofrece ventajas claras: diversificar suministros, estabilizar mercados en un contexto global volátil y reducir la influencia de actores extrahemisféricos hostiles.
El dilema estadounidense reside en el “día después”. Una transición percibida como impulsada exclusivamente por el interés petrolero erosionaría su legitimidad. Pero prescindir de la dimensión energética sería irreal. La reconstrucción de Venezuela pasa necesariamente por el petróleo, y quien marque ese proceso condicionará el nuevo equilibrio de poder.
Riesgos internos: economía extractiva y poder armado
El petróleo es al mismo tiempo oportunidad y amenaza. Durante años ha alimentado una economía extractiva capturada por élites políticas y militares. En el nuevo escenario, el control de pozos, refinerías y rutas de exportación puede convertirse en un factor de disputa entre facciones, especialmente si la autoridad central es débil.
A ello se suma un contexto social extremo: pobreza estructural, colapso de servicios básicos y una población exhausta. La combinación de recursos estratégicos, armas y vacío institucional configura un terreno propicio para conflictos de baja intensidad, economías ilícitas y criminalización del poder local.
América Latina: el efecto dominó sobre Cuba y Nicaragua
En América Latina, el impacto de la caída de Maduro va más allá de Venezuela. Cuba y Nicaragua, los dos aliados políticos más estrechos del chavismo, quedan directamente expuestos. Para La Habana, la pérdida del respaldo venezolano —energético, financiero y logístico— supone un golpe estratégico de primer orden, en un momento de extrema fragilidad económica y social. El colapso del eje Caracas–La Habana obligará al régimen cubano a redefinir su supervivencia interna y su relación con Estados Unidos.
En el caso nicaragüense, el aislamiento del régimen de Ortega se profundiza. Sin el paraguas político y simbólico del chavismo, Managua pierde capacidad de maniobra regional y queda más expuesta a la presión internacional.
En el resto del continente, la reacción será ambivalente: alivio político en algunos gobiernos y preocupación estratégica en otros. La intervención directa de Estados Unidos, asociada además al control de un recurso estratégico, genera inquietud por el precedente que establece. La coordinación regional será clave para evitar que Venezuela se convierta en un escenario de tutela externa prolongada.
Europa ante el dilema energético y el papel de España
Para la Unión Europea, la crisis plantea un dilema complejo entre principios normativos y realismo estratégico. Europa necesita diversificar fuentes energéticas y reducir vulnerabilidades, pero también preservar su discurso sobre legalidad internacional, transición democrática y multilateralismo.
En este contexto, España puede desempeñar un papel singular. Por historia, vínculos políticos y conocimiento del terreno, España está en condiciones de actuar como puente diplomático entre Europa, América Latina y Estados Unidos. Madrid puede liderar una posición europea que combine apoyo a una transición democrática, asistencia institucional y participación ordenada en la reconstrucción energética, evitando una lógica puramente extractiva.
Además, España podría asumir un rol relevante en misiones civiles, observación electoral y apoyo técnico-administrativo, reforzando la presencia europea en un proceso donde otros actores tratarán de imponer su agenda.
Escenarios abiertos: transición condicionada por el petróleo
A medio plazo se perfilan tres escenarios. El primero, una transición negociada en la que el petróleo funcione como palanca de reconstrucción bajo supervisión internacional. El segundo, un periodo prolongado de inestabilidad, con control fragmentado de los recursos y débil autoridad central. El tercero, el más preocupante, una tutela externa de facto que subordine la soberanía venezolana a intereses energéticos y de seguridad.
La captura de Maduro no resuelve la crisis venezolana: la transforma. El verdadero pulso será político, económico y energético. En ese terreno, petróleo y poder vuelven a caminar juntos, con consecuencias que se sentirán mucho más allá de Caracas.
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