<h6><strong>Redacción Aquí Europa </strong></h6> <h4><strong>Desde el 1 de enero y hasta el 30 de junio de 2026, Chipre asume por segunda vez la Presidencia del Consejo de la UE con un lema tan programático como defensivo —“Una Unión Autónoma. Abierta al mundo”— y con una hoja de ruta marcada por tres fuerzas que tiran a la vez: el giro geopolítico, la batalla por el próximo marco financiero y la presión por simplificar una Unión que promete mucho y ejecuta lento.</strong></h4> La Presidencia chipriota llega en un momento en que “autonomía” ya no es consigna, sino método: más capacidad de acción exterior, más herramientas de seguridad y defensa, y más resiliencia económica sin renunciar a la apertura comercial y a las alianzas. En su propio programa, Chipre pone nombre y apellidos a esa ambición: avanzar de forma significativa la negociación del Marco Financiero Plurianual 2028-2034 —con la vista puesta en cerrar un acuerdo a finales de 2026—, empujar la agenda de simplificación regulatoria con especial atención a las pymes y blindar valores, Estado de derecho y confianza ciudadana. La lectura política es clara: si el presupuesto es el esqueleto de la Unión, la simplificación es su sistema circulatorio; ambos determinan si la UE podrá moverse con rapidez en la próxima crisis, sea energética, militar o tecnológica. En el capítulo exterior, el semestre chipriota está condenado —en el buen sentido— a mirar al este y al sur. La Presidencia subraya el apoyo continuado a Ucrania y sitúa la defensa como una exigencia de “preparación” hacia 2030, con un enfoque de 360 grados que va de la disuasión a la protección de infraestructuras críticas y de las cadenas de suministro. En el vecindario meridional, Nicosia quiere capitalizar su condición de frontera geográfica y puente diplomático: impulsar el nuevo Pacto por el Mediterráneo, estructurar la relación con los países del Golfo y sostener el vector humanitario vinculado a la guerra en Gaza. No es un matiz menor para un Estado miembro que, por posición, vive la seguridad marítima como política interior; de hecho, Chipre ha intensificado en los últimos años su cooperación de defensa en el Mediterráneo oriental en un contexto regional altamente tensionado. La oportunidad para la UE es evidente: convertir una Presidencia “pequeña” en un laboratorio práctico de coordinación mediterránea en energía, conectividad, rutas marítimas y estabilidad regional, sin que la agenda quede secuestrada por la urgencia permanente. <h5><strong>Asilo y migración</strong></h5> El frente interno europeo —y probablemente el más ingrato— estará en Justicia e Interior. El programa chipriota promete acelerar la implementación del Pacto de Migración y Asilo antes de su plena operativización, reforzar los mecanismos de retorno, la cooperación con terceros países y las capacidades policiales frente al crimen organizado y las amenazas asociadas al desarrollo tecnológico, con atención explícita a la protección de menores. En paralelo, Economía y Finanzas se orientará a la llamada “autonomía financiera”, con el impulso a la Unión de Ahorros e Inversiones y a piezas clave del proyecto de mercados de capitales y de la unión bancaria. En fiscalidad y aduanas, la prioridad será el “desbroce” normativo y la modernización de la Unión Aduanera. Traducido: Chipre intentará que la UE sea más atractiva para invertir y producir, menos frágil ante shocks externos y menos lenta en trámites, sin abrir guerras ideológicas que bloqueen el Consejo. El desafío es doble: la fragmentación política entre Estados miembros y la fatiga legislativa tras años de paquetes, planes y excepciones; la oportunidad, reordenar prioridades con un semestre de gestión sobria y acuerdos parciales, especialmente en competitividad, digitalización y comercio. La política doméstica chipriota añade una capa de complejidad que Nicosia tendrá que administrar sin contaminar el expediente europeo. El presidente Nikos Christodoulides, de perfil centroderecha, afronta la Presidencia en vísperas de las elecciones legislativas, convocadas para el 24 de mayo de 2026, en pleno tramo final del semestre europeo. Eso significa campaña, tensión partidista y un Parlamento especialmente sensible a asuntos identitarios y de seguridad. En ese contexto, el llamado “problema de Chipre” —la división de la isla— seguirá presente como telón de fondo, y la Presidencia buscará exhibir credenciales de fiabilidad regional y europeísmo pragmático. También asoma una carta de oportunidad interna con proyección comunitaria: la aspiración de avanzar hacia la integración en el espacio Schengen en 2026, un objetivo políticamente simbólico para un país que vive la frontera como realidad cotidiana. La clave para Aquí Europa no es si la Presidencia chipriota inventará grandes ideas, sino si logrará algo quizá más europeo que grandilocuente: encadenar avances concretos en presupuesto, simplificación, migración, seguridad y Mediterráneo con un estilo de mediación honesta, sin perder el control del calendario cuando la política nacional y la geopolítica aprietan a la vez.