Un diplomático estadounidense en la Semana Santa sevillana del siglo XIX

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Stephen Bonsal./ Foto: Public Domain

 

Eduardo González. 30/03/2018

 

La vida del diplomático, historiador y periodista estadounidense Stephen Bonsal (1865–1951) estuvo más relacionada con Cuba que con España, ya que no sólo cubrió como corresponsal del New York Herald la guerra hispano-norteamericana que concluyó con la pérdida de la isla en 1898, sino que tuvo el honor de ser el padre del último embajador de Estados Unidos en La Habana hasta el triunfo de la revolución castrista, Philip W. Bonsal.

 

No obstante, lo que ahora nos interesa de Bonsal sucedió en España, concretamente durante el periodo en que ejerció como secretario de la Embajada de Estados Unidos en Madrid, entre octubre de 1893 y junio de 1895, en el que aprovechó para darse unas cuantas escapadas turísticas por el país que se plasmaron, en julio de 1898 (pocos meses después de que Washington declarara la guerra a Madrid por el hundimiento del acorazado Maine), en la publicación por parte de la revista  estadounidense The Century Magazine de un artículo titulado La Semana Santa en Sevilla.

 

Con un estilo sobrecargado y lleno de tópicos (valgan como muestra las primeras palabras del artículo, a partir de la traducción de Francisco Javier Sánchez Angulo, de la Universidad de Sevilla: “La avutarda vuela rumbo a la ciudad que, según dicen, Hércules construyó, para maravilla de todo el mundo”), y por supuesto dirigido al lector norteamericano, Bonsal comienza su relato con una descripción de la Procesión de las Palmas del Domingo de Ramos: “No se puede imaginar nada más majestuoso e imponente”.

 

“No hay un solo hombre, mujer o niño que duerma en Sevilla”, explica Stephen Bonsal sobre La Madrugá

 

En las procesiones de la tarde del Domingo de Ramos, Bonsal fue testigo de un acto de protesta de los cofrades contra la tacañería del Ayuntamiento, que se tradujo en un retraso de nada menos que cuatro horas en el inicio de las procesiones. “Las oscuras miradas del señor alcalde y del gran número de regidores y alguaciles presentes eran aún más negras que los singulares capirotes”, relata el diplomático y periodista.

 

Tras explayarse con los tópicos sobre  la “indolencia” de los andaluces (que con “orgullo” presumen de no ejercer nunca de costaleros y de dejarles la tarea a los “gallegos importados”) y después de describir las procesiones del Jueves Santo y las visitas a los Sagrarios y a los oficios celebrados en la Catedral, Bonsal se detiene en La Madrugá, con la salida de las Hermandades del Silencio y del Gran Poder, entre otras.

 

Ha pasado la medianoche, ya es la mañana del Viernes Santo y no hay un solo hombre, mujer o niño que duerma en Sevilla. Es como si hubiera salido algún edicto del emperador, y ellos, en obediencia a él, se hubiesen congregado por millares en las grandes plazas y lugares públicos, en la calle delas Sierpes y en la plaza de San Francisco, para ser testigos en decoroso silencio de las extrañas e inusuales visiones que a punto estaban de serles reveladas”, escribe.

 

Con la Hermandad del Gran Poder, una “extraña y fantasmal procesión” según Bonsal, se saca la imagen del Cristo del Gran Poder, “el más popular y al que más se le reza”, seguida de un “ejército de penitentes” que “van ocultos de manera que los espectadores ociosos no sepan quiénes son los pecadores arrepentidos ni hagan conjeturas sobre cuáles pueden ser sus pecados”.

 

“Aunque falte el dinero para comprar pan, siempre hay lo suficiente para pagar una corrida de toros”

 

En la descripción de los oficios del Viernes Santo en la Catedral, el diplomático se pone de lo más literario: “Fatigados por sus largas vigilias, sus ayunos y sus muchas visitas a los sagrarios, los fieles, con una actitud de cansancio similar a la muerte, se tienden sobre las frías tumbas de reyes hace tiempo olvidados, posando sus desesperanzados ojos sobre los altares y las capillas, en las que reina una oscuridad impenetrable”.

 

De repente, y en pleno éxtasis poético, Bonsal relata “un incidente, tan extraño, tan llamativo y tan imprevisto, que se hablará de él en Sevilla en los años que están por venir”: la aparición de una sombra producida por “una gran Cruz que hay afuera, en las almenas de la Fortaleza-Catedral”, y que desapareció ”cuando la luna se elevó un poco más y las nubes se interpusieron”. Las multitudes que asistieron a “aquella señal de gracia” comprendieron que aquella cruz “no se había  colocado allí en vano”, y que aquella noche, tras siglos de inactividad, había cumplido “su misión”.

 

El resto del artículo, dedicado al Sábado Santo y al Domingo de Resurrección, es toda una sucesión de tópicos (“todo buen cristiano de Sevilla debe asistir a la corrida de Pascua de Resurrección”, porque “aunque en Sevilla falte el dinero para comprar pan, siempre hay lo suficiente, incluso en el erario del pobre, para pagar el coste de la corrida de toros”) entre los que hace desfilar a Don Juan Tenorio, el poeta Marcial, Almanzor, Don Juan de Austria y Fernando VII y que concluye con un elogio a las bailarinas andaluzas (“las sevillanas visten colores alegres, desde la cuna hasta la tumba”) y un encendido “¡Ole, Viva mi Tierra! La tierra de María Santísima”.

 

 

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