Santa María la Blanca, Sinagoga Mayor de la aljama de Toledo

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Texto y foto: Eduardo González

 

Se dice que el rey castellano Alfonso VIII simpatizaba tanto con los judíos que provocó, muy a su pesar, una revuelta antisemita en 1178 en la que perdió la vida su bella amante hebrea, la Judía de Toledo, a quien la literatura del Siglo de Oro habría de bautizar como Raquel.

 

La vieja capital visigoda, y con ella su modesta judería, había sido conquistada por Alfonso VI apenas un siglo antes, en 1085. De inmediato, la comunidad judía empezó a crecer y prosperar hasta convertirse en la aljama más importante de Castilla gracias al propio Alfonso VI, quien otorgó a los judíos los mismos privilegios que a los cristianos en premio por el apoyo que le habían prestado durante la conquista. Pese a todo, pocos años después se registraron los primeros pogromos y asesinatos antisemitas y apenas tres décadas más tarde se abolió la igualdad de derechos.

 

La aljama volvió a conocer un periodo de esplendor a mediados de siglo XII con la llegada masiva de judíos que huían del avance de los almohades por la península. Entre los llegados figuraban numerosos científicos, poetas, gramáticos y filósofos que no sólo elevaron el prestigio de Toledo, sino que contribuyeron a que Alfonso VII (en realidad su canciller, Raimundo de Toledo) pusiera en marcha la prestigiosísima Escuela de Traductores de Toledo, cuyo auge habría de llegar con otro Alfonso, el Sabio.

 

Fue en este contexto cuando, entre finales del XII y principios del siglo XIII, Alfonso VIII patrocinó la construcción de la Sinagoga Mayor de la Judería de Toledo. En conjunto, se trata de un templo cuya extraña planta irregular está dividida en cinco naves separadas por arcos de herradura. Por esas paradojas de la historia, algunos de sus principales méritos arquitectónicos son de influencia almohade, como sus 32 pilares octogonales, los capiteles decorados de piñas y volutas o los motivos geométricos que ornan la parte superior de los arcos.

 

A principios del siglo XV, las prédicas antisemitas del dominico valenciano fray Vicente Ferrer en Castilla obligaron a muchos judíos a convertirse a la fuerza al cristianismo y muchas sinagogas fueron abandonadas o transformadas en iglesias. Éste fue el caso de nuestra sinagoga, que en 1411 fue asaltada y transformada en parroquia de Santa María la Blanca, nombre que tomó de una imagen que presidía su altar y que había sido copiada de la Virgen Blanca que figuraba en el coro de la catedral.

 

Desde entonces, este bellísimo lugar fue Refugio de Penitencia para mujeres arrepentidas (a finales del siglo XVI), cuartel de Infantería y almacén de la Real Hacienda (ambos usos en el XVIII), hasta que a mediados del XIX fue cedido a la Comisión de Monumentos, que inició su restauración. Fue declarado Monumento Nacional en 1930. El pasado mes de octubre, Santa María la Blanca albergó una vigilia católica de oración en conmemoración por la fiesta judía del Yom Kipur.

 

 

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