Pedro Arrupe, el testigo español de la bomba atómica de Hiroshima

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Pedro Arrupe, poco después de llegar a Japón.

 

The Diplomat. 06/08/2018

 

Hoy se cumplen 73 años de la explosión de la primera bomba atómica en Hiroshima. El padre Arrupe, el que fuera máximo responsable de los jesuitas entre 1965 y 1983, fue testigo –quizás el único español- de aquella catástrofe con la que se puso fin a la Segunda Guerra Mundial en el Pacífico.

 

Nacido el 14 de noviembre de 1907 en Bilbao, Arrupe se fue de misionero a Japón como San Francisco Javier, uno de los fundadores de la Compañía de Jesús. Llegó a este país asiático en 1938 y de inmediato se puso a aprender la lengua y costumbres japonesas. El 8 de diciembre de 1941, unas horas después de la entrada de Japón en la contienda, fue arrestado y encarcelado por las autoridades locales bajo la acusación de ser espía. Fue liberado al cabo de unas semanas y al poco tiempo, nombrado maestro de novicios en Nagatsuka, una pequeña localidad situada a siete kilómetros de lo que luego sería el epicentro de la explosión nuclear en el centro de Hiroshima.

 

Arrupe plasmó en un libro –‘Yo viví la bomba atómica’- sus vivencias del día de la tragedia y los meses posteriores. El 6 de agosto de 1945 se encontraba en una casa con 35 jóvenes y varios padres jesuitas, cuando a las 08:15 horas vio “una luz potentísima, como un fogonazo de magnesio, disparado ante nuestros ojos”.

 

Al abrir la puerta del aposento, que daba hacia Hiroshima, “oímos una explosión formidable, parecido al mugido de un terrible huracán, que se llevó por delante puertas, ventanas, cristales, paredes endebles…, que hechos añicos iban cayendo sobre nuestras cabezas”. Fueron tres o cuatro segundos “que parecieron mortales”, aunque todos los allí presentes salvaron sus vidas. Sin embargo, no había rastro de que hubiera caído una bomba por allí.

 

 Arrupe se encontraba a siete kilómetros del epicentro de la explosión cuando vio una “luz potentísima”
“Estábamos recorriendo los campos de arroz que circundaban nuestra casa para encontrar el sitio de la bomba, cuando, pasado un cuarto de hora, vimos que por la parte de la ciudad se levantaba una densa humareda, entre la que se distinguían, claramente, grandes llamas. Subimos a una colina para ver mejor, y desde allí pudimos distinguir en donde había estado la ciudad, porque lo que teníamos delante era una Hiroshima completamente arrasada”, relata Arrupe.

 

Ante ellos se extendía “un enorme lago de fuego” que con el paso de los minutos dejó a Hiroshima “reducida a escombros”. Los que huían de la ciudad lo hacían “a duras penas, sin correr, como hubieran querido, para escapar de aquel infierno cuanto antes, porque no podían hacerlo a causa de las espantosas heridas que sufrían”.

 

Arrupe, que había estudiado medicina, y el resto de los jesuitas improvisaron un hospital en la casa del noviciado. Allí lograron acomodar a más de 150 heridos, de los cuales lograron salvar a casi todos, aunque la gran mayoría de ellos sufrieron los devastadores efectos de la radiación atómica en el ser humano. Más de 70.000 personas murieron el día de la bomba en Hiroshima y otras 200.000 quedaron heridas. A finales de 1945, la cifra de muertos había ascendido a 166.000 personas.

 

 

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