Acueducto y Plaza del Azoguejo: el mirador del Arpa de Piedra

Segovia acueducto 1

 

Texto y foto: Eduardo González

 

Pocos lugares hay en el mundo en los que ver y ser visto es casi la misma cosa. El Acueducto de Segovia no es sólo una majestuosa obra de ingeniería de la época más esplendorosa del aún joven Imperio Romano, sino que constituye uno de los miradores urbanos más espectaculares de Castilla, con la bulliciosa y mesonera Plaza del Azoguejo a sus pies.

 

El Acueducto, de 30 metros de altura y que consta de 167 arcos, fue construido a principios del siglo II después de Cristo para conducir el agua desde la Sierra de Guadarrama (a la que podemos contemplar al fondo de la imagen) a lo largo de un recorrido de 16.222 metros que concluía en el antaño castro celtibérico y entonces municipio romano de Segovia.

 

Miguel de Unamuno se perdió menos en tecnicismos a la hora de describirla y le dedicó unas palabras mucho más acordes con la belleza de aquella “arpa de piedra”, entre cuyas arcadas “no canta el viento” pero “chirlean los vencejos”. “Esas piedras, amontonadas tácticamente sin argamasa alguna, achaflanadas por aguas y soles y vientos de siglos, conservan su individualidad cada una de ellas y son como otros tantos soldados de una legión en orden de batalla quieta”.

 

A ambos lados del Acueducto se encuentran la Plaza de la Artillería y la Plaza del Azoguejo, que es la que aparece en la imagen y que alberga el celebérrimo Mesón Cándido, santuario del cochinillo asado.

 

La plaza es un antiguo lugar de mercado (su nombre deriva del término árabe suq, zoco) en el que se reunían tratantes, labradores y ganaderos y en el que paraban y paran las diligencias y los autobuses. Aparte, la plaza también tiene su cita literaria, en su caso nada menos que en el Quijote.

 

En el capítulo tres, Donde se cuenta la graciosa manera que tuvo don Quijote en armarse caballero, se narra cómo el ventero, “que como está dicho, era un poco socarrón y ya tenía algunos barruntos de la falta de juicio de su huésped”, se decidió a “seguirle el humor” y a contar que también él, “en los años de su mocedad, se había dado a aquel honroso ejercicio” de la caballería andante en lugares tan exóticos (y por lo general vinculados con la picaresca y la prostitución) como los Percheles de Málaga, la Rondilla de Granada, las Ventillas de Toledo o el Azoguejo de Segovia, en los que se dio a conocer “por cuantas audiencias y tribunales hay casi en toda España”.

 

 

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